-Wagner es algo inaudito, probablemente el mayor talento de la historia del Arte — Thomas Mann

***

LA BATUTA dirige hoy su Ratón de Biblioteca a través de las polvorientas estanterías señaladas con el dedo del índex de todas las épocas; allí, archivado tras la mortecina luz de los anatemas, reposa uno de los panfletos más controversiales de su siempre reverenciado y detestado autor: Richard Wagner no ha sido tan sólo uno de los más grandes integrantes del divino panteón de la música (como compositor y director de orquesta); su prolija actividad artística e intelectual abarca también las actividades del dramaturgo, director teatral -inherente a su propia personalidad-, filósofo, poeta y literato. Como escritor de brillante estilo y aguda percepción, dio vida a lo que podríamos entender como la lógica silogística del Sí y del No, y su consecuente resultado: radical visionario, su pensamiento y opinión no conocen los puntos medios. De ahí la veneración que por él experimentan diversos círculos de la intelectualidad, simultáneamente con el aborrecimiento de otros, más por desconocimiento e incomprensión de la extensión de su genio infinito.

El panfleto al que hacemos referencia no es otro que el conocido por el título de “El Judaísmo en la Música”, donde Wagner discurre con su torrencial estilo acerca de su opinión (no muy favorable) sobre la presencia del pueblo Judío en la sociedad alemana y europea del Siglo XIX, específicamente en el campo de las Artes y las Letras.

La cuestión no es en modo alguno baladí; las corrientes decimonónicas de pensamiento fueron especialmente hostiles al elemento hebreo, actuante e influyente, en todos los ámbitos de la cotidianidad de aquellos tiempos. Por doquier brotaban grupúsculos de fisonomía antisemita -bien de orden político, bien de orden religioso o mixtura de ambos- que promulgaban por la total erradicación de dicho elemento, considerado disociador y disolvente de los valores y el poder natural de la Naciones. De manera resuelta, se acusaba a los judíos de ser un estado dentro de los estados y cuya voracidad minaba a los pueblos donde se establecían. Y a partir de la opinión, en muchos casos se procedía a la agresión y la violencia física y propagandística.

El nuevo siglo trajo consigo la consolidación de este statu quo.  En 1902 fue publicado en la Rusia zarista, un libelo aún hoy conocido como Los Protocolos de los Sabios de Sión, especie de recopilación de una serie de actas que constituían un programa político para la dominación mundial por parte del Judaísmo, empleando como armas las más oscuras estrategias tendientes a socavar la estabilidad y la moral de las sociedades no judías. Aunque dicho libelo tuvo sus entusiastas quienes no dudaron de su autenticidad, y sus detractores que lo consideraron apócrifo, el texto parece haber circulado en borrador desde 1895 hasta caer en manos de Sergey Nilus, quien tradujo el texto y lo presentó al Zar como una advertencia del peligro que se cernía sobre Rusia, en la mira de los judíos. Este sin embargo, no le prestó atención, considerándolo una falsificación de su propia Policía Secreta. Años más tarde, los sucesos de la Revolución Bolchevique de 1917 fueron utilizados por muchos nacionalistas como la prueba de que tal obra sí era auténtica y debió habérsele prestado atención en su momento, a fin de evitar tan calamitosa realidad: la instalación del Comunismo en Rusia.

La influencia de este texto antisemita fue menor en la Alemania Nacionalsocialista, aunque de cualquier manera no pasó desapercibido. Por increíble que parezca, el Führer Adolf Hitler pese a creer en la autenticidad de los Protocolos, no se valió de ellos para su irrestricto anti judaísmo. El punto sin embargo, es que estos famosos Protocolos de los Sabios de Sión, son un eslabón más de esta cadena de larga hostilidad contra los judíos, que venía forjándose de mucho tiempo atrás con la exacerbación política y social obvia, hasta desembocar en la Segunda Guerra Mundial: Richard Wagner, con su escrito que hoy nos ocupa, participó de esta corriente antisemita y no se debe olvidar que él mismo era el compositor predilecto de Hitler.

No se trata de endilgar al compositor del Anillo, ningún tipo de delito. Esto sería, ridículo, absurdo y sin conexión alguna con los hechos ocurridos posteriormente a su muerte, acaecida en 1883.

Pero Wagner era un hombre político también. En 1871 celebró fervorosamente la victoria prusiana contra los franceses y la constitución del Imperio Alemán, el Reich de Otto von Bismarck. Para entonces eran ya conocidas sus posturas contrarias al Judaísmo, aunque nunca dejó de servirse de judíos en su actividad musical: Hermann Levi fue un entusiasta wagneriano, que participó en el estreno de Parsifal, en 1882. Su ambigüedad en este punto es inevitablemente notoria.

El Judaísmo en la Música fue escrito por Wagner en 1850, publicándose en dos partes en la Leipziger Musikzeitung (Revista Musical de Leipzig), los días seis y siete de septiembre del mismo año. Dadas las circunstancias personales y políticas que pesaban sobre el Maestro, su estrategia fue ocultar su identidad firmando el escrito con un seudónimo: K. Freigendank; esto es sumamente curioso, ya que Freigedank significa “Libre Pensamiento”.  Wagner reivindica así, su derecho a la libre conciencia y expresión.

La publicación del artículo tuvo lugar con el auge de su Ópera Lohengrin, lo cual generó muchas suspicacias sobre el nombre real del autor. Esto causó suma conmoción en los medios musicales, por lo que el editor de la Revista, Herr Brendel, debió renunciar a su plaza en la Sociedad Docente del Conservatorio de Leipzig. Por otra parte no debe olvidarse que en el estreno de Lohengrin, estaba presente Meyerbeer, judío él mismo y sujeto de muchas antipatías de parte de Wagner (se lo confesó abiertamente a Franz Liszt, en una misiva fechada el 18 de abril de 1851), quien lo consideraba un detractor de su obra: en algunos pasajes de El Judaísmo en la Música, es evidente que el maestro alemán hace ejemplo y sujeto de sus ataques la compositor francés, sin nombrarle directamente. Felix Mendelssohn también acusa gran desprecio (este sí en forma directa) del afamado teutón.

En 1869 Wagner hizo una nueva publicación de su ensayo, aunque en esta oportunidad firmó con su verdadero nombre. Allí hace una especie de apéndice al texto original, que no significa una retractación del mismo. El provocador estilo wagneriano por única vez lanzó un ataque contra el comentarista musical anti wagneriano Eduard Hanslick, a quien Wagner acusa de judío y patrocinador de los intereses de su pueblo. Habiendo revelado definitivamente su sentir antisemita, el Mago de Bayreuth enardeció los ánimos de una sociedad ávida de controversia y debate.

LA BATUTA ha querido traer este escrito de Richard Wagner, a fin de hacer luz que ilumine la verdad: durante dos siglos, el Maestro ha sido el blanco de muchísimos ataques, tanto a su condición humana como a su obra gigantesca. Sin embargo, una personalidad tan compleja como la de este genio sin límites es frecuentemente incomprendida, siendo que la mayoría de sus detractores jamás han leído una sola línea de sus escritos. Fácil resulta vituperar desde la insidiosa barrera de la ignorancia. Y aunque para quien esto escribe, el nombre de Richard Wagner está fuera del alcance de quienes sólo anhelan su vilipendio y ostracismo, el deber de presentar su pensamiento vertido a través de las letras, a fin de abogar por su lectura con desapasionamiento y rigor crítico, resulta una misión ineludible.

 

LA BATUTA dedica hoy su entrega, a todos los buenos espíritus.

 

***

 

EL JUDAISMO EN LA MÚSICA

POR

RICHARD WAGNER

En la Neue Zeitschrift (Nueva Revista), se habló últimamente de un gusto artístico hebreo; esta expresión no podía dejar de provocar un ataque y una defensa. Me parece de suma importancia estudiar desde más cerca el fondo de este asunto, del cual la crítica solamente se ocupo en forma indirecta, o bajo la influencia de la pasión. No se trata aquí de decir algo novedoso, sino más bien de explicar la impresión inconsciente de repulsión intima que se manifiesta en el pueblo contra el espíritu judío, expresando así claramente una realidad existente. No se tratará, de ninguna manera, de dar vida artificial a algo irreal por la fuerza de la imaginación. La crítica desconoce su misión cuando, en el ataque o la defensa, quiere actuar en otra forma.

Como en estas páginas vamos a buscar el motivo de la aversión popular que se manifiesta, aún en nuestros días, hacia el elemento judío, únicamente en lo que respecta al arte y sobre todo a la música, no examinaremos este fenómeno en el campo de la religión y de la política. Desde hace mucho tiempo, en cuanto a la religión, los judíos ya no son para nosotros enemigos odiosos, gracias a todos los que, en el mismo seno de la religión cristiana, se atrajeron el odio popular.

En el terreno de la política pura, no estamos en conflicto real con los judíos; hasta les hemos acordado la facilidad de fundar un reino en Jerusalén, y en cuanto a esta materia, tuvimos que lamentar que el Sr. Rothschild sea demasiado inteligente para convertirse en Rey de los judíos, y haya preferido, al contrario, como se sabe, quedar como el judío de los reyes.

No es lo mismo allí en donde la política se convierte en una cuestión social: la situación particular de los judíos provocó desde hace tiempo nuestra necesidad humana de justicia, a partir del momento en que se despertó en nosotros la conciencia más clara de nuestra aspiración hacia la liberación social. Pero cuando luchábamos por la emancipación de los judíos, combatíamos más bien por un principio abstracto que por un caso determinado. Del mismo modo que todo nuestro liberalismo no era más que el juego de un espíritu un poco nebuloso, cuando defendíamos al pueblo sin conocerlo y aún evitando todo contacto con él, nuestro celo en reclamar la igualdad para los judíos era más el resultado de una excitación producida por un estado de espíritu general que de una real simpatía; y a pesar de todos nuestros discursos y de todos nuestros escritos en favor de la emancipación de los judíos,  sentíamos siempre, en nuestro contacto material y práctico con ellos, una repulsión  involuntaria.

Llegamos aquí al punto que nos acerca a nuestro tema: debemos explicarnos la repulsión involuntaria que nos provoca la persona y la manera de ser de los judíos, a fin de justificar esta aversión instintiva que, lo sabemos claramente, es más fuerte y más poderosa que nuestro ardor consciente por liberarnos de ella.

Aún ahora nos ilusionamos deliberadamente en este aspecto, cuando creemos deber declarar ilícito e inmoral el hecho de dar curso públicamente a nuestra aversión natural hacia el elemento israelita. Hace sólo poco tiempo que pareciera que comenzamos a comprender que es más razonable liberarnos de la traba  que significa esta auto-ilusión y examinar a sangre fría el objeto de nuestra pretendida simpatía, con el fin de explicarnos esta aversión que persiste pese a todas nuestras ilusiones liberales.

Descubrimos entonces, con extrañeza, que en nuestras luchas liberales planeábamos en el espacio y combatíamos en las nubes, en tanto que el suelo magnífico de la realidad encontraba un poseedor que se divertía mucho con nuestros saltos peligrosos, pero que nos consideraba demasiado insensatos como para resarcirnos de la realidad que usurpaba. Insensiblemente, el “acreedor de los reyes”, se convirtió en el “rey de los creyentes”, y hoy encontramos extremadamente cándido el pedido de emancipación de ese rey, cuando somos nosotros quienes nos encontramos en la necesidad de luchar para emanciparnos de los judíos.

En el orden presente de las cosas de este mundo, el judío ya está  más que emancipado: reina y reinará mientras que el dinero siga siendo la potencia contra la cual se estrelle toda nuestra actividad y todos nuestros esfuerzos. De qué manera la histórica miseria de los judíos y el grosero pillaje de los poderosos cristiano-germanos hicieron que esta potencia haya pasado a propias manos de los hijos de Israel, es cosa inútil de exponer aquí.

Pero de qué modo la imposibilidad en que nos encontramos de producir en las artes, dada la base actual de su desarrollo, todo lo que sea natural, necesario y realmente hermoso, sin un vuelco radical, ha entregado hasta el gusto artístico público en las manos  industriosas de los judíos, es lo que ahora vamos a examinar. El tributo que el siervo pagaba antiguamente, entre la tortura y la miseria, a los amos del mundo romano y de la edad media, el judío la ha transformado hoy en dinero: y ¿quién es el que nota que esos pequeños trozos de papel, con aspecto inocente, están manchados con la sangre de innumerables generaciones? Lo que los héroes del arte, pagando el alto precio de esfuerzos que devoran el placer y la vida, arrancaron al demonio enemigo del arte en veinte siglos de infortunio, el judío hoy en día hace de ello un trafico de arte comercial: ¿quién se da cuenta que las débiles producciones amaneradas del arte actual están hechas con el esfuerzo desesperado del genio de veinte siglos?

No necesitamos dar la prueba de que el arte moderno se ha judaizado; el hecho salta a la vista. Tendríamos que remontarnos demasiado alto si quisiéramos encontrar las pruebas en la historia de nuestro arte. Pero, si bien comprendemos que lo más urgente es emanciparnos de la opresión judía, debemos reconocer que la cosa más importante es estimar nuestras fuerzas en vista de esta lucha en pro de la liberación. No sacaremos estas fuerzas de una definición abstracta  de este fenómeno, sino de un conocimiento exacto de la naturaleza de ese sentimiento innato e involuntario que se manifiesta en nosotros por una repugnancia instintiva hacia el elemento judío: ese sentimiento invencible nos revelará, si lo reconocemos francamente, lo que odiamos en ese elemento. A lo que conozcamos con precisión, podremos presentarle lucha; hasta es permitido esperar que ante su sola presencia se logre ahuyentar al demonio del terreno en que solamente consigue mantenerse gracias a la semi-oscuridad de que nosotros mismos, buenos humanitarios, lo rodeamos para hacer que su vista nos resulte menos repugnante.

El judío que, como es sabido, tiene su Dios muy particular, nos sorprende primero, en la vida ordinaria, por su aspecto exterior; a cualquier nacionalidad europea que pertenezcamos, él presenta algo desagradablemente extraño a esa nacionalidad: involuntariamente deseamos no tener nada en común con un hombre que tiene esa apariencia. Hasta el presente, esa particularidad era considerada como un infortunio para el judío; pero en estos tiempos, debimos reconocer que a él no le molestaba; después de su existencia, le es permitido considerar como una superioridad  lo que le diferencia de nosotros. Sin tener en cuanta el lado moral del efecto producido por esta fantasía caprichosa de la naturaleza, nos limitaremos a decir aquí, desde el punto de vista artístico, que ese aspecto físico no nos parecerá nunca un objeto que el arte pueda producir: cuando el arte plástico quiere representar a judíos, saca casi siempre sus modelos de la imaginación, ennobleciéndolos prudentemente o suprimiendo todo lo que en la vida ordinaria caracteriza para nosotros precisamente la fisonomía judía. Nunca el judío se aventura sobre un escenario teatral: las excepciones a esta regla son muy raras y con una particularidad tal que no hacen más que confirmarla. No podemos imaginar sobre la escena a un personaje antiguo o moderno, ya sea un héroe, ya un enamorado, representado por un judío, sin sentir involuntariamente todo lo impropio, que llega hasta el ridículo, de una tal idea[1]. Esto es muy importante: No podemos considerar como susceptible de manifestarse artísticamente a un hombre cuyo aspecto exterior juzgamos que es impropio para una realización artística, no solamente en tal o cual personaje, sino en general, y a causa de su raza.

Es incomparablemente más importante y hasta decisivo, tomar en consideración el efecto producido por el judío sobre nosotros, por su lenguaje; y es precisamente desde ese punto de vista esencial que se logrará desentrañar las causas de la influencia judaica en la música.

El judío habla la lengua de la nación en la que vive, y en la que vivieron varias generaciones anteriores a él, pero lo hace siempre como un extranjero. Como lo que nos importa aquí es encontrar las razones de este fenómeno, no podemos acusar a la civilización cristiana de haber mantenido al judío en su aislamiento huraño; y no buscamos tratar los resultados de este aislamiento de los judíos.

Nuestra única meta es poner en evidencia el carácter estético de esos hechos.
En primer lugar, el hecho de que el judío solo hable las lenguas europeas modernas como lenguas aprendidas y no como una lengua materna, debe en general impedirle toda facultad de expresarse en cada una de ellas conforme a su genio, con originalidad y personalidad. Una lengua, así como su facultad de expresión, no es la obra de individuos, sino de una comunidad histórica: solamente el que ha crecido inconscientemente en esta comunidad toma parte, él también, en sus creaciones. Pero el judío se mantenía fuera de tal comunidad, solo con su Jehová, en una raza y en una tribu dispersa y desarraigada, a la que toda evolución debía serle negada y cuya lengua particular (el hebreo) debía convertirse en una lengua muerta. Hasta aquí siempre fue imposible, aún para los más grandes genios, hacer obra de verdadero poeta en una lengua extranjera; por otra parte, toda nuestra civilización y todo nuestro arte europeo se han convertido para el judío en una lengua extranjera; el infortunado, sin patria, fue a lo sumo un espectador frío, hasta hostil, de la formación de aquélla así como del desarrollo de éste, de los cuales no participó. En esta lengua, en este arte, el judío solamente puede repetir, imitar, pero no hablar realmente como poeta, ni tampoco crear obras de arte.

Lo que nos repugna particularmente es la expresión física del acento judío. La civilización no logró, a pesar de un contacto de dos mil años con las naciones europeas, vencer la persistencia sorprendente de lo judío nativo en lo que respecta a las particularidades del acento semítico. Nuestro oído se ve afectado de manera extraña y desagradable por el sonido agudo, chillón, seseante y arrastrado de la pronunciación judía: un empleo de nuestra lengua nacional complemente impropio y una alteración arbitraria de las palabras y de los modismos dan a su modo de hablar el carácter de una farfulla confusa e insoportable, y nos obliga durante una conversación, a prestar más atención a ese cómo desagradable del hablar judío que a su qué. Hay que reconocer y retener la importancia excepcional de este hecho para explicar la impresión que nos hacen las obras musicales de los judíos modernos. Cuando oímos hablar a un judío, la ausencia de toda expresión puramente humana en su discurso nos hiere a pesar nuestro: la fría monotonía de su gemir específico no se eleva en ninguna circunstancia hasta el acento animado de la pasión. Si sucede que seamos nosotros los que nos animemos al hablar con un judío, siempre se escabulle ya que es incapaz de replicar en el mismo tono. El judío jamás se anima en un intercambio de impresiones con nosotros, solamente lo hace cuando interviene el interés puramente egoísta de su vanidad y de su provecho; y esta animación, dado el acento caricaturesco de su lenguaje, produce siempre un efecto ridículo y no despierta en nosotros ninguna simpatía por el interlocutor.

Aunque debamos admitir que en sus relaciones personales, y sobre todo en la familia, en donde el sentimiento puramente humano se revela, los judíos logran ciertamente dar a sus sentimientos una expresión adecuada al menos para ellos, no lo tendremos en cuenta aquí, ya que solo hacemos comparecer al judío que nos habla directamente en el comercio de la vida y del arte.

Si como lo hemos mostrado, su lenguaje impide casi completamente al judío expresar sus sentimientos y sus ideas por medio del discurso, con más razón una manifestación semejante le resultaría imposible por el canto. El canto es el discurso llevado al más alto grado de la pasión; la música es la lengua de la pasión. Si al judío le sucede de elevar el tono de su discurso hasta el canto, su animación nos parece ridícula, y como nunca toma el acento de una pasión susceptible de emocionarnos, se nos convierte en absolutamente insoportable. Todo lo que nos disponía en su exterior físico y en su lenguaje, lograría que al cantar saliéramos huyendo, si no fuera por que la bufonería de ese fenómeno nos retendría.

Es natural que la aridez natural de la naturaleza judía alcance su apogeo en el canto, considerado como el medio de expresión más vivaz y más incuestionablemente verdadero de la sensibilidad individual; y de acuerdo a la naturaleza de las cosas  deberíamos negar al judío toda capacidad artística en todos los campos del arte y no solamente en el que tiene por base al canto.

La facultad de concepción concreta de los judíos no les ha permitido nunca ver surgir entre ellos a artistas plásticos. En todo tiempo su vista se interesó en cosas más prácticas que la belleza y la sustancia ideal del mundo de las formas. Según creo, en nuestros días nunca hemos oído hablar de un arquitecto o de un escultor judío: dejo que los árbitros de la profesión decidan si los pintores modernos de origen judío fueron realmente creadores en su arte; pero es muy probable que esos artistas no hayan podido, en el arte plástico, adoptar otra posición que la tomada en la música por los compositores judíos modernos, posición que trataremos ahora de precisar.

El judío, que es incapaz de revelarse artísticamente a nosotros, por su apariencia exterior y por su lenguaje, con más razón por su canto, a pesar de eso logró imponerse en el gusto popular en cuanto a la música, que es la categoría del arte moderno más difundida.
Examinaremos primero, para poder explicarnos este fenómeno, de qué modo fue posible al judío convertirse en músico.

A partir del momento de nuestra evolución social en que cada vez más abiertamente, el dinero confiere nobleza y da realmente poder, ya no fue posible negar a los judíos -los que hasta entonces tenían un único oficio, el de obtener ganancias sin trabajo verdadero, es decir, la usura- el título de nobleza de la sociedad moderna ávida de dinero,  que por otra parte, lo aportaban ellos mismos.

Nuestra cultura moderna, que sólo es accesible para el hombre de fortuna, no les resulta algo prohibido sobre todo teniendo en cuenta que le había caído el fango de convertirse en un artículo comercial de lujo. A partir de entonces, aparece en nuestra sociedad el judío cultivado, cuya diferencia con el judío inculto y grosero debe subrayarse. El judío cultivado se tomó todo el trabajo posible para despojarse de las señas características de sus vulgares correligionarios: en muchos casos juzgó necesario para alcanzar su meta, ayudarse por medio del bautismo cristiano para lavar todo rastro de su origen. A pesar de todo su celo no recogió los beneficios esperados, y solamente contribuyó a aislar completamente al judío cultivado haciendo de él un hombre seco, árido, a tal punto que perdimos nuestra antigua simpatía por él y por el destino trágico de su raza.

En compensación del lazo que lo unía a sus antiguos compañeros de sufrimiento, y que había roto orgullosamente, le fue imposible anudar otros con la sociedad a la que se izaba. Solamente está en comunión con los que necesitaban su dinero; pero el dinero nunca logró aunar vínculos fecundos entre los hombres. Extranjero e indiferente, el judío cultivado se encuentra en medio de nuestra sociedad, que no comprende, con las tendencias e inclinaciones con las que no simpatiza, y cuya historia y evolución le han quedado cerradas.

En esa situación, hemos visto surgir pensadores de entre los judíos: el pensador es un poeta que mira detrás de él; pero el verdadero poeta es el profeta anunciador del porvenir. A semejante papel de poeta lo habilita la simpatía  más profunda y ardiente con una gran comunidad que persigue las mismas metas, de las que el poeta, según su propio genio, revela justamente la expresión inconsciente. Excluido totalmente de esta comunidad por la naturaleza misma de su situación y habiendo roto todo lazo con su propia raza, la cultura adquirida y pagada del judío cultivado no podía ser más que un objeto de lujo, considerando que, en suma, no sabía qué hacer con ella. Pero una parte de esta cultura está formada ahora por nuestras artes modernas, y entre éstas figura la que se aprende con mayor facilidad, la música; y precisamente está música, que separada de sus hermanas en el arte, y gracias a los esfuerzos y a la potencia de los más grandes genios, ha adquirido la facultad de expresión más generalizada, hasta el punto que puede expresar lo sublime en una síntesis con las otras artes, también puede expresar la peor de las chaturas y la trivialidad más baja si persiste en su aislamiento.

Lo que  el judío cultivado, en la situación anteriormente citada, tenía para expresarse si quería manifestarse en el arte, no podía ser más que chatura y trivialidad, puesto que todo su instinto artístico no era más que lujo y futilidad. Era libre para expresarse de tal o cual modo, según lo inspirara su capricho o un interés extraño al arte; ya que nunca algo determinado, necesario o real, lo impulsaba a expresarse. Solamente experimentaba la necesidad de hablar, poco le importaba de qué, mientras no tuviera que preocuparse más que del cómo.

Ningún arte ofrece con más generosidad que la música la facultad de hablar para no decir nada, porque los más grandes genios ya le han hecho expresar todo lo que podía ser dicho en cuanto al arte especial absoluto. Una vez dicho esto, sólo podía ser repetido y machacado en forma penosa hasta obtener la ilusión semejante a la de los loros que repiten las palabras y las frases humanas, con tan poca expresión y sentimiento verdadero como el de esos pájaros ridículos. Se observa una sola particularidad en ese lenguaje simiesco de nuestros compositores judíos: la elocución judía que ya hemos caracterizado anteriormente.

Las particularidades del lenguaje y del canto hebraico en su original masa notable, se observan en el judío del montón, el que quedó fiel a su raza; aunque el judío cultivado pone un cuidado increíble para desembarazarse de ellos, pareciera que se apegan a él con una obstinación insolente. Este infortunio se debe sin duda a razones puramente fisiológicas, pero la posición social ya indicada del judío cultivado contribuye igualmente. Aunque nuestro arte de lujo continúe casi exclusivamente en las nubes de nuestra imaginación arbitraria, subsiste una fibra que lo une y ata sólidamente a su suelo natural, al verdadero espíritu del pueblo. El verdadero poeta, en cualquier categoría de arte que cree, no saca jamás su inspiración de otra manera que de la contemplación concienzuda y simpática de la vida espontánea, de esa vida que sólo se le revela en el pueblo.

¿En dónde puede encontrar a ese pueblo el judío cultivado? Seguramente que no en el medio social en donde desempeña su rol de artista. Sólo puede estar unido a esta sociedad por una excrecencia de ésta completamente desligada de su cepa verdadera y sana, siendo este lazo indiferente y poco importante; se dará cuenta de esa indiferencia cada vez más, a medida que baje al fondo de esa sociedad para buscar un alimento para su creación artística. Acá todo le resulta no solamente extraño y más incomprensible, sino que entonces la repugnancia involuntaria del pueblo hacia él se hace evidente con toda su crudeza hiriente, porque esta repugnancia no se debilitó ni se destruyó por un cálculo interesado o por la consideración de ciertos intereses comunes, como sucede entre los ricos.

Rechazado en la forma más hiriente por ese pueblo, el judío cultivado, que por otra parte es completamente incapaz de comprender su espíritu, es devuelto a su propia raza, cuya comprensión permanece para él mucho más  fácil. Que lo quiera o no, debe nutrirse  en esa fuente, pero solamente puede absorber un cómo, pero nunca un qué.

El judío jamás poseyó un arte propio. En consecuencia, tampoco una vida suministrando materia al arte. Una materia de arte de significación humana general no puede, aun hoy, ser encontrada en la vida judía por un buscador; éste sólo encontraría el modo extraño de expresarse que ya hemos caracterizado. Por lo tanto, para el compositor judío la celebración musical del culto de Jehová constituye la única expresión musical de su pueblo; la sinagoga es la única fuente en donde puede obtener para su arte motivos populares que le sean accesibles. Por más inclinados que estemos en figurarnos la nobleza y la belleza de este servicio religioso en su pureza original, debemos reconocer con evidencia que sólo se  trasmitió hasta nosotros con las alteraciones más repugnantes. Allí, después  de miles de años, nada se desarrolló por efectos de una vida interior, sino que todo, como en el judaísmo en general, ha quedado rígido y estático tanto en el fondo como en la forma. Pero una forma que nunca fue vivificada por la renovación del fondo está ordenada; una expresión cuyo objeto no es desde hace mucho tiempo un sentimiento vivaz, pierde toda significación y muere.

¿Quién no tuvo la ocasión de convencerse de lo absurdo y grotesco del canto religioso en una sinagoga popular? ¿Quién no fue embargado por la impresión más repugnante, mezclada con horror  ridículo, al escuchar esos zurridos y gorgoritos, ese piar, esos gimoteos, que confunden el sentido y el espíritu y que ninguna caricatura intencional lograría hacer más repulsivo que lo que se muestra allí, en toda su seria candidez?

En estos últimos tiempos, el espíritu de reforma trató de restaurar esos cantos para darles nuevamente su pureza primitiva; pero lo que intentó en ese caso la inteligencia judía superior y consciente no fue, conforme a su naturaleza, más que un esfuerzo infructuoso desde arriba hasta abajo. Esta tentativa no podía echar raíces lo suficientemente fuertes como para que el judío cultivado, que busca en el pueblo la propia fuente de la vida para satisfacer  su necesidad artística, pudiera ver surgir a esta fuente como el espejo de sus esfuerzos inteligentes. Busca lo espontáneo y no lo reflexionado, que es precisamente su especialidad; siendo esta expresión contorsionada la única que se le ofrece en cuento a elemento espontáneo.

Si esta vuelta a la fuente popular representa para el judío cultivado, como para todo artista en general, algo no intencional, y ordenado tan sólo por la naturaleza de las cosas por una necesidad inconsciente, se vuelca entonces en sus producciones artistas y ejerce, en consecuencia, un verdadero poder invencible sobre su manera de ver.

Estos ritmos del canto de la sinagoga acaparan su imaginación musical, de la misma manera que la posición innata de las melodías y de los ritmos de nuestra canción y de nuestro arte vocal y de nuestra música instrumental. Dada la facultad de percepción musical del judío cultivado, lo único que puede asimilar es el ciclo inmenso de nuestra música, tanto popular como artística y es lo que recibe de modo comprensible: lo único comprensible para él, es decir comprensible al punto de poder utilizarlo artísticamente, es lo que se acerca por alguna analogía a las particularidades de la música judía. Si el judío, en presencia de la esencia de nuestro arte, cándido o sabio, se esforzara por sondear el corazón y los nervios vitales, estaría obligado a ver que no hay nada allí en verdad que se acerque de su naturaleza  musical, y todo lo que le es completamente extraño en este arte, debería hacerlo retroceder hasta perder toda gana de colaborar en nuestras creaciones artísticas. Pero su situación entre nosotros no permite al judío penetrar tan íntimamente en nuestro ser: sea con intención, (en cuanto ha tomado conciencia de su posición con relación a nosotros), o ya sea involuntariamente (cuando es incapaz de comprendernos), presta sólo una atención muy superficial a nuestro arte  y a su vivificante organismo íntimo y es a causa de esta audición indiferente que puede imaginar que encuentra analogías exteriores con lo que hay de únicamente perceptible para su manera de ver, propia de su naturaleza. La apariencia fortuita de las obras, en el campo musical de la vida y del arte, se le aparecerá entonces como la esencia misma de sus producciones. Es la razón por la que si quiere ofrecernos sus impresiones como artista, nos parecen extrañas, frías, raras, indiferentes, antinaturales y desfiguradas. Es así como las obras musicales judías producen a veces la impresión que nos daría, por ejemplo, un poema de Goethe recitado en jerga judía.

Del mismo modo que en esta jerga, con una indigencia de expresión notable, las palabras y las construcciones se mezclan sin orden una sobre las otras, así también el músico judío enreda las formas y los estilos diferentes de todos los maestros y de todos los tiempos. Encontramos allí, amontonadas en el caos más confuso, las particularidades formales de todas las escuelas. Como en todas estas producciones sólo se trata de hablar y nunca de unos temas que valga la pena ser expresado, resulta que esta charla solamente puede convertirse en algo un poco atrayente para el oído si a cada instante se ofrece alternando medios exteriores de expresión, una nueva provocación a la atención.

La emoción interior, la verdadera pasión, encuentra su lenguaje particular en el instante en que, luchando por hacerse comprender, busca comunicarse: el judío, ya caracterizado en detalle anteriormente en este aspecto, no siente ninguna pasión verdadera, y menos aún una pasión capaz de darle el deseo de la creación artística.

No hay serenidad posible cuando esta pasión está ausente. La verdadera y noble serenidad no es otra cosa que la pasión domada por la resignación. Cuando la pasión no ha precedido la calma, solamente encontramos la inercia; pero lo contrario de la inercia  es esa agitación febril que observamos de un extremo al otro en las obras musicales judías, a excepción de los lugares en que deja lugar a la inercia de las ideas y del sentimiento.

El resultado de las pretensiones artísticas de los judíos tendrá necesariamente un carácter de frialdad y de indiferencia llegando hasta lo ridículo y trivial, y debemos designar al periodo histórico del judaísmo dentro de la música moderna, como el de la esterilidad completa y del equilibrio roto.

Todo eso lo vemos muy claramente en las obras de un músico de origen judío a quien la naturaleza había dotado de disposiciones musicales excepcionales. Todo lo que suministró argumentos para el análisis de nuestra antipatía por la naturaleza judía, todo lo que esta naturaleza presenta en cuanto a contradictorio en si misma y frente a nosotros, toda su incapacidad al no ser de nuestro suelo y no poder mezclarse con nosotros en ese suelo y al no poder cultivar los elementos  que encierra, todo eso es lo que produjo un conflicto verdaderamente trágico en la naturaleza, en la vida y en la producción de un artista muerto prematuramente, como Felix Mendelssohn-Bartholdy.

Ese nos mostró  que un judío puede estar dotado del talento específico más hermoso, poseer la educación más perfecta y más amplia, la ambición más elevada y más delicada, sin poder jamás, por medio de todas esas dotes, obtener ni una sola vez que nuestro corazón y nuestra alma se vieran embargados por esa impresión incomparable que esperamos del arte, puesto que sabemos que éste es capaz de eso, porque lo sentimos un número infinito de veces en cuanto un héroe de nuestro arte abría la boca, por así decirlo, para hablarnos. Los críticos de profesión que están compenetrados por la misma convicción que nosotros, deben confirmar -puesto que es a ellos a quienes  toca hacerlo- por medio de pruebas sacadas de la particularidades de las obras artísticas de Mendelssohn, ese fenómeno que tiene una certeza incuestionable. Se bastará aquí, para explicar nuestro sentimiento general, recordar que no podíamos sentirnos cautivados al oír música de este compositor, si solamente se presentaba a nuestra imaginación, siempre más o menos ávida de distracciones, la exposición, el arreglo, la confusión de los motivos más finos, más hermosos y más artificiales, como en un calidoscopio con formas y colores en movimiento, pero que nunca fuimos alcanzados en momentos en que esas figuras de estilo deberían haber expresado sentimientos del corazón más íntimos y más profundamente humanos[2].

Allí, toda facultad de crear formas cesaba para Mendelssohn; es el motivo por el que, en el oratorio intentó el drama, debiendo recurrir muy abiertamente a cada una de las particularidades formales propias como una marca individual característica, de tal o cual de sus predecesores que tomaba como modelo de estilo. Además es notable que al hacer esto, el compositor elegía con preferencia como modelo para imitar con su inexpresiva lengua moderna, a nuestro viejo maestro Bach. El lenguaje musical de Bach se forma en un período de nuestra historia de la música en el que el lenguaje musical en general se esforzaba aún por adquirir la facultad de una expresión más individual y más cierta, está tan tratado todavía en lo puramente formal y el pedantismo, que fue recién con Bach, y gracias  a la fuerza inmensa de su genio, que encontró por primera vez su expresión puramente humana. El lenguaje de Bach es al lenguaje de Mozart y de Beethoven, lo quela Esfingeegipcia es a la estatua griega: así comola Esfingecon figura humana se esfuerza todavía por despojarse de la forma animal, así también la noble cabeza de Bach se esfuerza por desembarazarse de la peluca.

Es necesaria toda la incoherencia fútil e increíble del gusto contemporáneo en favor de una música de lujo, para soportar al mismo tiempo el lenguaje de Bach al lado del de Beethoven y para sostener que entre el lenguaje de los dos compositores surge una diferencia debida solamente a la individualidad del estilo y no al grado de cultura histórica. Sin embargo, la razón es fácil de comprender: el lenguaje de Beethoven sólo puede ser hablado por un hombre completo, fuerte y ardiente, porque era precisamente el lenguaje de un músico tan completo que, sobrepasando con un impulso necesario la música absoluta, a la que había medido y llenado hasta sus límites extremos, nos mostró el camino de la fecundación de todas las artes por la música, como siendo su única extensión eficaz.

El lenguaje de Bach, al contrario, puede ser imitado por un músico muy hábil, aún en otro sentido, porque lo formal reina todavía en él y porque la expresión puramente humana no predomina con bastante  claridad, como para que  él sólo no pueda o no deba ser expresado por él, que está todavía enfrascado en la elaboración del cómo. Si Mendelssohn, en sus esfuerzos por expresar de manera tan interesante como deslumbrante un tema vago y casi insignificante, no inventó la delicuescencia y lo arbitrario de nuestro estilo musical, sin embargo, los llevó a su apogeo. El último en la cadena de nuestros verdaderos héroes de la música, Beethoven, con una voluntad sublime y con una fuerza  milagrosa, lucha  por una expresión más nítida, más segura,  de una sustancia indecible, creando formas musicales bien precisas  en sus cuadros sonoros, pero Mendelssohn, por el contrario, hace desaparecer  en sus producciones  las imágenes adquiridas y las trasforma en sombras vagas y fantásticas; ante su débil luz, nuestra imaginación caprichosa se excita arbitrariamente, pero nuestra aspiración íntima, puramente humana, de contemplar algo claramente artístico, está apenas aflorada por la esperanza de ser satisfecha. Solamente allí en donde el sentimiento opresivo de esta incapacidad parece apoderarse del alma del compositor, llevándolo a expresar una resignación más noble y más melancólica, Mendelssohn logra representarse característicamente  en el sentido  subjetivo de una individualidad fina y tierna, que en presencia  de lo imposible, manifiesta su debilidad. Como lo hemos dicho, ese es el lado trágico del caso de Mendelssohn; y si en el campo del arte tuviéramos que brindar al individuo nuestra simpatía, deberíamos  hacerlo  en gran medida  con Mendelssohn, aún si la fuerza de esa simpatía fuera debilitada al considerar que lo trágico de su situación era inherente a Mendelssohn mismo, aunque él no tuviera una conciencia real, dolorosa y purificadora de ello.

Sin embargo, ningún otro compositor judío logra despertar en nosotros  semejante simpatía. Un compositor judío contemporáneo, universalmente  conocido, se dirigió en sus obras a una parte  de nuestro público cuyo gusto ya no se podía corromper, sino solamente  explotar. El público de nuestros  teatros modernos de ópera ha perdido poco a poco y desde hace mucho tiempo, el hábito de ser exigente en cuanto a la obra dramática o a cualquier otra obra de buen gusto en general. Las salas  de esos lugares  de esparcimiento están generalmente  llenas con esa fracción de nuestra sociedad  burguesa para quienes  la única  razón  de sus acciones es el hastío. Pero la enfermedad  del hastío no se cura con el goce del arte: el hastío  no se combate, solamente se lo ilusiona en sí mismo variando sus formas. Ese celebre compositor de óperas tuvo como única meta para su misión de artista la preocupación por producir esa ilusión. Es inútil caracterizar con más detalles el empleo de los medios  artísticos que eligió para alcanzarla: bastó, y el éxito lo prueba, que pudiera dar la ilusión y que lo haya logrado al imponer a su auditorio de ociosos 6, esa jerga definida por nosotros como una picante expresión moderna de todas las trivialidades, que ya le habían servido tantas veces  con su inocencia natural. Ese compositor busca y emplea en su obra sacudidas y efectos que producen las catástrofes sentimentales; eso es muy natural cuando es sabido que las personas que se aburren adoran las sensaciones de ese estilo; nadie debe extrañarse entonces, que dadas esas pautas, se obtenga siempre un resultado exitoso.

Ese compositor ilusionista llega tan lejos, que hasta se ilusiona a sí mismo y es probable que su intención sea la de engañarse a sí mismo tanto como lo hace con su público de gente aburrida. Creemos sinceramente  que él querría crear obras de arte, pero que sabe que le es imposible: para salir  de este penoso conflicto entre querer y poder, escribe óperas para la ciudad de París, haciéndolas ejecutar luego con facilidad en el resto de mundo; es el medio más seguro hoy en día de procurarse  la gloria artística sin ser artista. Bajo la presión de esta auto-ilusión, que  debe ser bastante  penosa, se nos aparece casi con aspecto trágico: pero el lado puramente  personal en el interés herido, le da al personaje un viso tragicómico. El célebre  compositor nos revela los caracteres del judaísmo en el campo de la música, al dejarnos una impresión de frialdad y de verdadero ridículo.

Del atento examen de los hechos enumerados anteriormente y que  pudimos conocer al tratar de justificar nuestra antipatía invencible por el espíritu judío, sobresale principalmente la prueba  de la esterilidad de nuestra época en el arte musical. Si los dos compositores judíos  a los que apuntamos hubiesen llevado nuestra música  a un desarrollo más elevado, deberíamos confesar que nuestro atraso con respecto a ellos  se debe a una incapacidad orgánica inherente a nuestra naturaleza: pero ese no es el caso; al contrario, la facultad individual puramente musical se revela hoy, comparada a la de otras épocas anteriores, más bien aumentada que disminuida. La esterilidad reside en el espíritu de nuestro arte mismo, que reclama otra cosa más que esa vida aparente que se le conserva artificialmente.

La esterilidad del arte musical se nos aparece en el esfuerzo artístico de Mendelssohn, ese músico extraordinariamente dotado;  pero la nulidad de todo nuestro público, su constitución y sus gustos esencialmente anti-artísticos, nos son demostrados de la manera más evidente por el éxito obtenido por el célebre compositor judío de óperas. Tales son los puntos principales que deben fijar  exclusivamente la atención  de todos los que  tienen una alta idea del arte: es con esa base que debemos buscar, averiguar y adquirir una concepción clara.  En cuanto al que se asusta ante la tarea y se aleja de la búsqueda, ya sea porque no lo obliga la necesidad, ya sea porque le teme a las consecuencias que lo obligarían tal vez a salir de su huella cómoda de una rutina vacía de pensamiento y sentimiento, nosotros lo englobamos precisamente en la categoría del “judaísmo en la música”.

Los judíos no podían apoderarse de ese arte antes que se hubiera impuesto lo que ellos aportaron incuestionablemente: la ausencia completa de vida. Durante todo el tiempo en que la música, considerada como arte particular, poseyó en sí misma una verdadera necesidad orgánica de vida, es decir, hasta la época de Mozart y de Beethoven, no se encuentra un solo compositor judío: era imposible que un elemento completamente extranjero a ese organismo  vital participara en las creaciones de esta vida. Sólo en el momento en que la muerte  interior de un cuerpo es evidente, los elementos externos toman bastante fuerza como para apoderarse  de él, con el fin de descomponerlo: entonces la carne de ese cuerpo puede muy bien disolverse en la vida destructora de los gusanos. Pero ¿quién, de acuerdo a su aspecto, lo considera todavía con vida?

El espíritu, es decir, la vida, huyó de ese cuerpo para reunirse  con su análogo, esto es, él mismo: solamente en la vida real podemos encontrar el  espíritu del arte y no en su cadáver  devorado por los gusanos.  Dije anteriormente que los judíos no habían tenido nunca un poeta verdadero. Ahora debemos hablar de Heinrich Heine. En la época en que Schiller y Goethe escribían, no oímos que se citen a  poetas judíos; pero en la época  en que en nuestro país  la poesía se convirtió en mentira, en que nuestra vida antipoética fue capaz de producir de todo salvo un verdadero poeta, fue un judío muy dotado poéticamente, quien  se encargó de poner  al desnudo, con una burla cruel, esa indigencia insondable y esa hipocresía jesuítica de nuestros copleros con pretensiones poéticas. También flageló despiadadamente  a sus célebres correligionarios músicos, por su pretensión de querer ser artistas; nunca se ilusionó. Sin tregua fue empujado por el demonio implacable de la negación y renegó de todo lo que le pareció deber renegar, a través de todas las ilusiones de nuestra mentira moderna, pero se mintió a sí mismo al creerse poeta, recibiendo como castigo sus mentiras rimadas, puestas con música por nuestros compositores.

Fue la conciencia del judaísmo, como el judaísmo es la mala conciencia de nuestra civilización moderna.

También debemos hablar de otro judío que se produjo entre nosotros como escritor. Salió de su posición particular de judío para buscas la redención entre nosotros; no la encontró y debió confesar que no  podría encontrarla hasta el día en que nosotros también, convertidos en verdaderos hombres, estuviéramos salvados.

Pero convertirse en hombre al mismo tiempo que nosotros, significa, en primer lugar para un judío, dejar de ser judío.

Es lo que hizo Böhme. Pero su ejemplo enseña precisamente que esa redención no puede ser conquistada en la quietud y en el bienestar frío e indiferente y que por el contrario, cuesta sudor, miseria, angustias, penas y dolores, como nos sucede a nosotros.

Tome parte usted sin prevención en esta obra de redención en donde la destrucción regenera y entonces estaremos unidos y semejantes.

Pero tenga en cuenta que existe un sólo medio de conjurar la maldición que pesa sobre ustedes: la redención de Ahasverus, el anonadamiento.

Por

Richard Wagner
_____

 


[1] A este respecto hay muchas cosas que decir a consecuencia de ciertos hechos recientes, sobre la actividad de los actores judíos; pero no me detendré en ello. Los judíos no solamente  han logrado acaparar la escena, sino que también han escamoteado al poeta sus creaciones dramáticas; un actor judío, célebre en sus “papeles de carácter”, ya no representa a los personajes creados por Shakespeare,  Schiller, etc. Los sustituye por creaciones de su espíritu, tendenciosas y apuntando hacia el efecto, lo que produce más o menos la misma impresión que haría un cuadro dela Crucifixión en donde el Salvador hubiese sido recortado y reemplazado por un judío demagogo. La falsificación de nuestro arte ha llegado al colmo de los engaños. Es el motivo por el cual se hablará sólo de Shakespeare y de sus émulos en cuanto a su utilización condicional en el teatro. (Nota de Richard Wagner).

[2]Hablaremos luego a propósito del sistema neo judaico que ha sido bosquejado a propósito de ese carácter de la música de Mendelssohn, y para la justificación de ese caso artrítico. (Nota de R. Wagner)

Mi vocación es cantar a lo sublime; para ello, Dios me ha concedido una lengua y puso conocimiento en mi corazón — Johann Christian Friedrich Hölderlin.

 

El símbolo es uno de los protagonistas por antonomasia de la obra de Richard Wagner. Presente y en permanente fusión dentro de la filosofía musical wagneriana, el símbolo amortaja significados tras significados, cifrando así las verdades eternas del Hombre y su ontología, en abierta comunión con la infinidad universal.

Así es como el Cisne -noble criatura de delicada presencia- supone un doble aspecto iluminador presente en la Filosofía musical del Genio de Bayreuth: desde antiguo se le considera el símbolo del Conocimiento Superior -la etapa previa a Sophia- por un lado; por otro, es el rostro de la Poesía cuyos sonidos mágicos viajan libremente a través del fragante rocío que perfuma los espacios, dignificándolos y elevándolos hacia los sublimes arquetipos de la Idea. Como en un inevitable continuum del Ser, su existencia traduce la unión entre lo físico y lo espiritual bajo los ropajes de un estado onírico revelador,  cuya embriaguez no es otra cosa que la meta largamente anhelada por los Eternos Buscadores de la Sapiencia Griálica: un plano de conciencia superior, expandido, amplio, tan Humano como Divino.

Aún inserta dentro de la que podríamos aventurarnos a llamar “la etapa intermedia de Wagner” (en una forma quizá un poco impropia), esta Ópera de inobjetable belleza, Lohengrin es la expresión musical más vívida de la realidad descrita. Hija de la evolución experimentada por su autor (aún no culminada), supone el reflejo de la conciencia de este y la manifestación anhelante de una Humanidad en cuyo corazón aún pervive una gran añoranza, que sólo podríamos una vez más, calificar como la Idea en el sentido platónico del término.

No podía ser de otra manera: ávido lector y buscador de Conocimiento, Wagner se consideraba a sí mismo como portador de una iluminación ancestral -receptor de la Luz vespertina- que reclamaba su ámbito de expresión a través de la Música. Su concepción del Arte Total era a la vez una mirada y un reflejo hacia el pasado, el presente y el futuro de los Hombres y su unión con el Cosmos, en un sentido trascendente y ciertamente universal, cuya tendencia era constituirse en la Unión entre el mundo sensible y el suprasensible.

Lohengrin es el producto de esta iniciación, al paso que participa en la etapa más Romántica del Mago de Bayreuth, momento artístico que abría las puertas a la grandilocuencia wagneriana cuyos sones titánicos aún estaban por venir. Al cerrar un capítulo de su vida artística (pese a que como hombre aún padecía las miserias de este mundo), Wagner introdujo en su obra los leitmotivs que regirían su pensamiento y su sentir en lo sucesivo, merced a lo que los esoteristas han llamado la Búsqueda del Grial, expresión tan mal comprendida por las masas pero muy bien asimilada por este Genio Musical: Lohengrin es precisamente -repito- esa búsqueda incesante de los Peregrinos del Ansia.

Lohengrin o la Dualidad. Semejando un pulso irrefrenable que todo lo domina y controla, esta Ópera está atravesada por la simbología de las fuerzas universales contrarias, los polos opuestos cultivados en el Zoroastrismo (Mazdeísmo) y el Maniqueísmo. Por un lado tenemos al luminoso Caballero Lohengrin, quien viaja desde tierras muy lejanas donde custodia, junto con otros como Él, la preciosa Reliquia llamada el Grial; acompañado de un Cisne -dulce ser que como se ha dicho, es el Símbolo de la Tradición que en sí misma contiene el Conocimiento Superior- este radiante Mensajero de la Justicia es la esencia misma de los más altos valores del cuerpo, el alma y el espíritu; en posición contraria, tenemos al Conde Friedrich von Telramund, aristócrata del pueblo de Brabante quien no es más que una marioneta de su esposa, la furiosa bruja Ortrud, hechicera de los cultos paganos solares pre-cristianos*, quien controla a su consorte para que mediante la pérfida mentira y el blasfemo engaño, recuperen de los dioses del panteón nórdico el favor perdido con la cristianización. Son estas las fuerzas antagónicas que se alzan por encima de lo sensible, estando en medio de ellas el Hombre mismo, representado en este caso por el Pueblo de Brabante, el Rey Heinrich der Vogel (Enrique I el Pajarero) y la propia Elsa von Brabant, mujer de dulzura e inocencia casi sumisas.

Toda la Ópera cae bajo la égida del dios Janus de la antigua mitología Romana, deidad que carece de equivalente en la Grecia Antigua. Sus dos caras están presentes como el Principio y el Fin de la Duda y la Certeza que se dan cita en esta bella Obra. La doble faz hace su inevitable juego en los soldados que acompañan a Heinrich, valientes guerreros que por una parte, rinden (engañados por maya, la ilusión de los sentidos)  total respeto y tributo de reconocimiento a Telramund (el aspecto más plomizo del Hombre y la ferruginosa sociedad) y por otro, se maravillan ante la Luz que emana de Lohengrin, en quien experimentan una sensación de bienestar divino, algo que no alcanzan a comprender pero que les bendice en lo más profundo de su ser: las Verdades Eternas.

Wagner inició la composición de Lohengrin en 1845, cuando se encontraba en Marienbad, un balneario situado a unos pocos quilómetros de Praga, en Bohemia. La Ópera estuvo definitivamente finalizada en 1848, estrenándose en el Hoftheather de la ciudad de Weimar, el 28 de agosto de 1850 bajo la entusiasta batuta de  Franz Liszt. Aunque Wagner describió esta obra como “Ópera Romántica”, situándola en un plano jerárquicamente inferior a Tannhäuser, la cual es “Gran Ópera Romántica”, lo cierto es que por su estructura y rico tema caballeresco, evocador de las más nobles sagas medievales, Lohengrin también merece ser tenida en cuenta como  “Gran Ópera”, en honor sus altos ideales más que a su formal criterio teórico musical, inmenso sin duda alguna, como inmenso es toda creación de la mente de Richard Wagner.

***

Después de muchísimos días desde que la última publicación de LA BATUTA conociera la luz, situación motivada por los insoportables torbellinos del Kali-Yuga que amenazaron con hacer que la misma pasara como agua lustral por los vericuetos de la Historia,  esta nueva entrada se eleva jubilosa como exaltación del Fuego Prometeico que aún arde e ilumina desde los confines del Universo. Para LA BATUTA es profesión de fe descender una vez más al Foso de Bayreuth, para traer esta joya del Arte Universal, Lohengrin, cuyo argumento es el que sigue:

***

Argumento de la Obra:

La piadosa exaltación mística de este Testamento Musical, se expresa en el Preludio, suave y delicado como la presencia de misma de los Seres celestiales que descienden de los Cielos en medio de límpida Luz; en sus manos llevan el Grial, el cual será entregado a la más insigne Orden de Caballeros Sacerdotes para su fiel custodia.

Primer Acto:

Estamos en Amberes, en la primera mitad del siglo X. Es una apacible pradera a orillas del Scheldt, se dan cita las falanges valerosas del Rey Heinrich der Vogel, quien ha acudido a la región para pedir el apoyo del pueblo de Brabante en la inminente guerra que se avecina en contra de los húngaros, quienes amenazan la estabilidad de todos los pueblos que a sí mismos se consideren alemanes. Los brabanzones claman jubilosos su lealtad al que consideran el símbolo del Germanismo.

Antes de partir hacia las tierras de Maguncia, el Rey desea ante todo impartir justicia en aquellos asuntos que aún requieren un Juez de su talante, en medio de la población. Con gran decisión y soberbia se adelanta Friedrich von Telramund, Conde muy respetado en su medio, a fin de formular una terrible acusación: relata cómo antes de morir el Duque de Brabante, le confió la tutoría de sus pequeños hijos Elsa von Brabant y Gottfried; un  día los dos hermanos salieron de paseo y tan sólo regresó Elsa, quien con “fingida preocupación” anunció la muerte de su hermano, cuyo cuerpo jamás fue hallado. Por ello está convencido que Elsa es la asesina de Gottfried y con vehemencia le imputa el crimen, ante el asombro del Rey y todos los presentes.

Telramund, en virtud del oprobioso cargo formulado, reclama para sí el gobierno de Brabante, considerándose legitimado por ser el pariente más cercano del difunto Duque. Habrá de compartir el cetro con su esposa Ortrud, heredera de los antiguos príncipes frisios.

El Rey escucha con horror la imputación y exige la presencia de Elsa. Esta hace su entrada con tanta dulzura que a todos les cuesta creer en las palabras de Telramund, conmovidos ante la suave presencia de la mujer. Elsa, relata entonces, como si de un desvarío se tratara, cómo ha visto en sueños a un reluciente Caballero, quien acude en medio de un halo de luz para defenderla en juicio, prometiendo ser su campeón. Al anunciar que entregará su mano a ese luminoso ser, Heinrich anuncia el inicio de Los Juicios de Dios.

Ante la visible molestia de Telramund y Ortrud, el Heraldo real da un paso al frente y en voz alta convoca al hipotético Caballero que habrá de defender la inocencia de Elsa; sin embargo, un turbador silencio es la respuesta al llamado. El Heraldo repite su consigna pero una vez más un ominoso silencio impera. Esto es tomado por Telramund como la prueba indiscutible de la veracidad de su acusación: Elsa eleva una piadosa plegaria al cielo, implorando su protección.

De repente, la escena parece detenerse y el tiempo y el espacio de reducen en un instante de sublime exaltación: en medio de una luminiscencia imposible de describir mediante las palabras, por el río se acerca una barca tirada por un Cisne, y cuyo pasajero en un altivo caballero de reluciente armadura e imponente espada. Los presentes emocionados anuncian el milagro, mientras el visitante despide a su fiel compañero que habrá de retornar a las lejanas tierras de donde han venido.

Acto seguido se presenta como el defensor soñado por Elsa, que le ha convocado en sus sueños. Declara que ha sido injustamente acusada por impíos, pero que antes de defenderla, la noble mujer deberá jurar que jamás preguntará ni tratará de saber el nombre, origen ni linaje del reluciente Caballero; Elsa jura, con lo cual sella su compromiso matrimonial.

El Rey Heinrich le da la bienvenida y le anuncia que deberá batirse con Telramund: el vencedor, merced a la mano de Dios, probará la inocencia o culpa de Elsa. Los brabanzones dudan que Telramund pueda enfrentarse con éxito al Caballero, pero en Conde insiste, considerando al recién llegado como un impostor. Se proclaman las reglas de los Juicios de Dios que todos saludan, excepción hecha de Ortrud.

El fiero combate inicia: Telramund ataca ferozmente al Caballero, sin poder propinarle un solo golpe; este se defiende valerosamente hasta que su brillante espada logra domeñar al Conde, quien cae abatido y a merced de su vencedor. El Caballero anuncia que le perdonará la vida, a fin de permitirle redimirse por medio de la penitencia. La inocencia de la dulce Elsa ha sido demostrada y el Rey así lo acepta. Estallan cánticos jubilosos entre los brabanzones. Todos se retiran dejando solos a Ortrud y a Telramund, quienes lamentan la pérdida de su honra y el respeto de la población.

Segundo Acto:

Es de noche. En el cielo brilla la redonda luna y su reflejo se percibe en el agua. En las gradas de la Catedral se encuentran Ortrud y un descorazonado Telramund. Este increpa a su esposa, reprochándole ser la causante de su deshonra al instigarle a mentir ante el pueblo, asegurando que Elsa realmente había asesinado a Gottfried. La malévola mujer no se inmuta: sabe que tiene en sus manos a su esposo y por medio de él aún recuperará el gobierno de Brabante para sus dioses paganos. Por ello planea recuperar el elemento sorpresa: pregonarán que el Caballero ha vencido gracias a la práctica de algún tipo de magia negra y por tal razón oculta su nombre a todos. De ahí que se encargará de sembrar la duda en la benevolente Elsa, a fin de llevarla a que formule las preguntas fatales a su benefactor; si tal estrategia falla, bastará que Telramund corte el más pequeño de los miembros del Caballero, con lo que su poder se esfumará. El Conde acepta el plan pero amenaza a su esposa con matarla si resulta engañado una vez más. Luego se retira.

A solas, Ortrud invoca a sus dioses paganos para que acudan en su ayuda y recuperen el culto de quienes han dejado de adorarlos por abrazar el Cristianismo. Entonces llega Elsa y contempla la desesperación (fingida) de Ortrud. En medio de palabras premeditadas, la hechicera logra obtener la generosa compasión de Elsa, quien se apiada de ella y acepta perdonarla: la maligna mujer insinúa entonces que muy probablemente el Caballero con quien pretende casarse, no sea más que un impostor y por ello oculta su identidad. Luego ambas mujeres se retiran.

Despunta el Alba. El pueblo de Brabante, el Caballero y el Rey Heinrich acuden en masa a la Catedral. Una vez allí, el Heraldo anuncia que por decreto real, el Conde Telramund ha sido desterrado y en su lugar, como protector de esas tierras, ha sido designado el futuro esposo de Elsa. La boda se habrá de celebrar de inmediato y el augusto Caballero partirá hacia tierras al sur de Alemania, a fin de enfrentarse a los húngaros en batalla. Un puñado de hombres empero, masculla su descontento: ante ellos se presenta Telramund, asegurando que hará una acusación más ante el pueblo, esta vez contra el hombre que todos aclaman como su nuevo héroe.

Se inicia uno de los momentos más brillantes de la Obra: la Procesión hacia la Catedral. Elsa se encamina hacia el altar, acompañada de un séquito de bellas damas entre las que se encuentra Ortrud. Cuando se disponen a entrar, la hechicera da un paso adelante y se interpone entre todos. Anuncia que tiene prevalencia sobre Elsa, pues es la esposa de un hombre respetable que ha sido proscrito merced a un falso juicio de Dios, en el cual venció un hombre sospechoso al que Elsa ni siquiera puede llamar por su nombre.

El Caballero escucha atento las palabras de la repulsiva mujer y se enfrenta verbalmente a ella. Telramund hace su aparición y ante toda la estupefacta comunidad, acusa a su rival de ser un hechicero pagano que invoca falsamente el nombre de Dios, lo cual le ha permitido triunfar en los Juicios. Le apoyan algunos fieles a él hasta la muerte. Para el Caballero se hace evidente la confusión en que queda sumida Elsa e intenta confortarla. El Conde increpa a todos pidiendo que se le corte un dedo al  nuevo héroe de Brabante, con lo cual este perderá su mágico poder y quedará en evidencia ante todos; y para que no queden dudas, exige que sea la propia Elsa quien cumpla con este pedido.

La dulce mujer declara que su amor por el Caballero es infinito y está por encima de la duda, por lo que no accederá a una propuesta tan absurda. Sin embargo intentan influenciarla, reforzando en ella la intención de romper su promesa y averiguar por la identidad de su esposo. Este avanza y la aparta de los conspiradores. Se reinicia el cortejo nupcial y todos ingresan en la Catedral. Fuera, la soberbia Ortrud eleva sus brazos, en señal de la victoria que ella juzga inevitable.

Tercer Acto:

Luego de un vibrante Preludio, tienen lugar los Coros Nupciales que sellan la unión entre el Caballero y Elsa. Hombres, mujeres y el propio Rey asisten al magno enlace.

Una vez solos, se inicia un diálogo amoroso entre los esposos. El idilio transcurre límpido, pero en el corazón de Elsa ya ha sido sembrada la duda. Insinúa al Caballero que le gustaría conocer más sobre Él y poder pronunciar con sus labios, el que quizás sea el más dulce de los nombres. Este intenta persuadirla de desistir, recordándole su juramente y asegurando que ha llegado a Ella “desde el esplendor y el placer”, pero la creciente obsesión se apodera de la ingenua mujer, quien sospecha que su esposo tal vez sea un mago o brujo, por lo cual algún día habrá de abandonarla. Ninguna palabra del sincero Caballero parece tener efecto frente a la insidia de Ortrud que ha germinado en el corazón de Elsa, quien empieza a alucinar con el bello Cisne que una vez trajera a su esposo por las dulces aguas del río, desde un lugar desconocido.

El punto de no retorno hace su efecto: Elsa, corroída por las dudas sembradas en su corazón, formula las preguntas prohibidas ante la incredulidad del Caballero: ¿Cuál es tu nombre? ¿De dónde procedes? ¿Cuál es tu linaje?

En ese instante irrumpe Telramund junto a los conspiradores:  le ataca con su espada pero es rápidamente abatido de muerte por el Caballero. Ante el escándalo, las mujeres ingresan en el aposento: los conspiradores atemorizados, se llevan el cadáver de Telramund.

Visiblemente consternado, el Caballero ordena a las Damas que engalanen a Elsa y convoquen al pueblo, para presentarse ante el Rey Heinrich. En solemne sesión, revelará su nombre, origen y linaje.

Interludio orquestal: se anuncia un nuevo amanecer, apacible y repleto de luz aunque luctuoso por los últimos hechos. Heinrich der Vogel hace su entrada acompañado por su real séquito.

Ante los ejércitos de Heinrich, hacen su entrada los conspiradores portando el cuerpo sin vida de Telramund. Tras ellos entra Elsa con sus damas, en silencio y sumida en la tristeza.

En seguida llega el Caballero y anuncia para la consternación general, que no guiará a los ejércitos en la guerra contra los húngaros. Luego informa de la conjura orquestada por Telramund, cuyo cuerpo yace ante todos y cómo fuera atacado por él durante la noche, en compañía de aquellos que llevan el cadáver. También declara que ha sido traicionado por Elsa, quien ha atendido pérfidos consejos y ha roto su juramento.

Y empieza su relato:

En una tierra lejana, inaccesible para vosotros,
hay un castillo conocido como Montsalvat,
en él hay un templo lleno de luz,
lo más bello del mundo;
en ese templo, hay un cáliz de maravillosa bendición
el cual es vigilado como una Santa Reliquia:
para que los hombres más puros pudieran custodiarle,
una hueste de ángeles lo trajo allí;
cada año, una paloma desciende de los Cielos,
para robustecer su maravilloso poder:
Se llama el Grial, y la fe más pura y más bendita
se concede a través de él a la Hermandad de Caballeros.
Aquél que es elegido para servir al Grial,
se le otorga su poder sobrehumano;
las flechas del demonio se ven incapaces de atravesarle,
una vez lo ha visto, la sombra de la muerte le abandona.
Incluso aquél que es enviado por él a tierras lejanas,
como defensor de la virtud,
no se verá privado de su santo poder,
siempre que, como su caballero,
permanezca allí sin que nadie le reconozca.
La bendición del Grial es tan maravillosa,
que cuando se revela, evita a los no iniciados.
Así pues, ningún hombre debe dudar del caballero,
pues si es reconocido tendrá que abandonarlos.

¡Ahora, oíd cómo recompenso la pregunta prohibida!
Fui enviado a vosotros por el Grial:
mi padre Parzival lleva su corona,
yo, su caballero… me llamo Lohengrin.

La escena se tiñe de añoranza. El Rey Heinrich y los hombres ruegan a Lohengrin que permanezca con ellos, ya que Él es su más noble esperanza pero todo es inútil: Lohengrin debe obedecer los designios del Grial y marcharse.

Entonces regresa la barca tirada por el Cisne: Lohengrin se dirige doliente a Elsa y le revela que si hubiesen permanecido juntos por un año, un terrible encantamiento se habría roto, y su hermano Gottfried, al que todos creen muerto, habría regresado. Dicho esto, hace entrega a Elsa de su anillo, su cuerno y su espada.

Cunde general incertidumbre por las afirmaciones del luminoso héroe cuando entra Ortrud pregonando su triunfo, que no es otro que el castigo de los dioses paganos, los cuales han tomado justa venganza por haber sido abandonados por el pueblo. Sin dudarlo, revela que el Cisne de Lohengrin es el propio Gottfried, sumido en ese estado gracias a un hechizo que ella misma le lanzó muchos años atrás, a fin de deshacerse de Él y luego culpar de su falsa muerte a Elsa; ahora, gracias a la torpeza de esta, Gottfried deberá regresar a Montsalvat sin que el encantamiento pueda ya romperse.

Lohengrín eleva sus brazos al cielo y al punto, la blanca paloma del Grial desciende sobre ellos; el Caballero libera al Cisne de la barca, lo acerca a todos, y en su lugar aparece radiante el propio Gottfried, vistiendo una brillante armadura. Ante el fracaso de sus designios, Ortrud cae fulminada al suelo mientras el héroe parte en la barca. Un grito de dolor recorre toda la campiña. Elsa contempla emocionada a su hermano por unos segundos, antes de caer también, sostenida por Él. El milagro ha sido consumado. Guiado por la dulce paloma del Grial, Lohengrin desaparece silencioso en el horizonte.

Una vez más, la Minne ha cumplido su misión.

***

*Frecuentes son las apreciaciones erróneas que califican el pensamiento de Wagner como incoherente, merced a su reivindicación del Cristianismo en la mayoría de sus Óperas, al paso que evoca Dioses y seres de la Mitología Nórdica así como temas esotéricos en las mismas, ora glorificándolos, ora vituperándolos, como sucede en obras del corte de Tannhäuser y el presente Lohengrin. Tal contradicción es mera apariencia y una acusación así sólo proviene de círculos que desconocen por completo el complejo Universo Wagneriano, en donde inevitablemente se han de desorientar.

Wagner no reivindica el Cristianismo por encima del Paganismo pre-cristiano: tan sólo emplea ambas corrientes como vehículos conductores de sus argumentos operísticos, en los cuales cifra su intención de rechazar el reduccionista sentir religioso y filosófico actual, tan carente de sentido y espíritu, para sustituirlo por un retorno a las fuentes primigenias de pensamiento, donde reside la inmutable Tradición que a ojos de los hombres modernos, se ha desvanecido en una bruma espesa e infranqueable. Para Richard Wagner, el sentido está en la Búsqueda de aquellos lazos que vinculen los tiempos modernos con las épocas ancestrales, recuperando las emanaciones del Saber Eterno por medio de todo lo que subyace al cascarón externo de los Credos. Así, evocando al maestro René Guenon, diríamos que Wagner comprende que “todas las tradiciones particulares, no son en suma más que adaptaciones de la Gran Tradición Primitiva”.

***

Tan sólo para sellar esta entrada, dedicada a una de las más bellas obras wagnerianas, este obsequio de la Procesión a la Catedral que forma parte del Acto II, en una emocionante interpretación orquestal, acompañada de hermosísimas pinturas de William Bouguereau (1825 – 1905):

 


Academia de Canto de Berlín; marzo de 1829. Uno de los mayores fiascos musicales se avecina con su amenazante rostro. Así lo creen muchos. Allí, en ese adusto salón, el compositor Félix Mendelssohn-Bartholdy ensaya una música desconocida para el público; una obra de dimensiones tan insólitas y desproporcionadas, que sólo puede haber sido compuesta por un loco, para ser interpretada por otros tan locos como él y admirada por locos aún peores.

Se trataba de una Pasión basada en el Evangelio de Mateo y compuesta hacía 100 años. La obra resultaba tan pesada, que exigía para su cabal ejecución, dos conjuntos orquestales tradicionales, solistas vocales y coros. Mendelssohn era el descubridor de esta pieza olvidada tras el polvo de los años acumulado en las viejas estanterías. La había encontrado por casualidad cinco años atrás, en la biblioteca de uno de sus maestros y al hacerlo, se convenció de tener en sus manos la mayor reliquia musical del período Barroco; con ella -pensaba Él- se abriría una nueva era en la comprensión y admiración de la Música de dicho tiempo, además de reivindicar la memoria de su insigne compositor también olvidado desde hacía décadas: Johann Sebastian Bach (1685-1750).

Para muchos sin embargo, el pretender presentar en concierto esta partitura era tan inmensamente estúpido como orgulloso era el pueblo prusiano.  La composición era tan sumamente desmedida que sería imposible que los músicos la asimilaran de la manera correcta y menos aún, que el público berlinés la apreciara. Aún así, Mendelssohn se sostuvo en su posición y siguió adelante con el proyecto.

Sin embargo, quienes presagiaban un estrepitoso fracaso se equivocaban. Para el día del concierto, la expectativa generada dio como resultado que todos los puestos del teatro estuviesen ocupados. Cuando Mendelssohn empuñó la batuta e inició con el majestuoso Primer Coral, los oyentes se vieron atrapados por una emocionante ola de emoción interna: un silencio profundo y atento fue la respuesta a los recitativos, las arias y los corales que se sucedían unos tras los otros con una armonía tan sublime como inesperada. El público tenía la sensación no sólo de escuchar sino también de vivir la narración evangélica que la Música de Bach ofrecía. No era tan sólo Gran Música en toda la extensión del término: era una auténtica experiencia para los estados del espíritu, que en los momentos más notables de La Pasión según San Mateo, hizo brotar lágrimas de los presentes en el teatro: cuando Cristo hablaba, un delicado y emocionante rumor de las cuerdas acompañaba sus palabras, mientras las contemplativas arias expresaban la profundidad religiosa de una humanidad doliente, al paso que los corales -bien sonoros, bien suplicantes- transmitían la vívida sensación del peso de la Cruz.

Tal fue el éxito de esta velada, que el concierto debió ser repetido varias veces. El Genio de Bach nuevamente ocupaba el lugar que le correspondía en la Historia de la Música, junto con su mayor virtud: pese a ser un lenguaje propio, circunscrito a un momento y un entorno histórico, tenía empero características universales: aún hoy Bach habla a la Humanidad entera y su mensaje no conoce fronteras de ninguna especie. Se encuentra tan vigente como esta magnífica obra que hoy nos ocupa con su majestuosidad indiscutible.

***

Desde la Edad Media se hizo consuetudinario -especialmente en los países germánicos- que la Semana Santa fuese celebrada por los creyentes con relatos y representaciones musicales y teatrales de la Pasión de Cristo. Tal costumbre conoció un auge nunca antes visto durante el Renacimiento, gracias a las traducciones de los textos litúrgicos por parte de Martín Lutero, quien llevó al pueblo devoto el conocimiento de la Biblia, al traducirla del latín al alemán. Pero fue en el Medioevo cuando nació la frecuente práctica de desarrollar las llamadas Pasiones-Responso, en donde el Evangelio  era cantado por un bajo en el papel de Cristo, un barítono fungía como el evangelista y un tenor desempeñaba roles diversos en la narración cantada de la Pasión. Esto se hacía bajo la aún dominante forma del Canto Gregoriano, única forma musical permitida para el servicio religioso medieval.

Como se dijo, el advenimiento del Renacimiento y con este la Polifonía en la Música, además de la Reforma Protestante, abrió un nuevo horizonte a las Pasiones cantadas, cuando al grupo inicial de cantores se incorporó ya un Coro que entonaba la referida forma polifónica tan cara a compositores como Pergolesi, en el desarrollo del canto. De esta manera se evolucionó a la Pasión-Motete. Es así como surge la primera gran Pasión “nueva”, compuesta por Johann Walter en el siglo XVI.

Poco a poco las Pasiones musicales de Semana Santa fueron evolucionando hasta encontrar un modelo básico en las composiciones de Heinrich Schütz. A partir de Él, los compositores que abordaron esta forma musical siguieron empleando como punto de partida vocal los Evangelios mismos, pero incorporando entre los versículos algunos fragmentos de poesía libre, generalmente encomendados a los Corales y cuyo fin es expresar piadosamente los sentimientos que evoca el relato bíblico frente a una situación determinada, bien en sus protagonistas o en un auditorio indeterminado, pero ciertamente universal.

***

Johann Sebastian Bach compuso cinco Pasiones. Dos de ellas se han perdido por completo (hay quien asegure que aún existían durante la Segunda Guerra Mundial); la Pasión según San Marcos ha sido recientemente reconstruida según el criterio de Ton Koopman, pero de ella sólo se conservaba el texto. Únicamente han sobrevivido íntegramente La Pasión según San Juan BWV 245 -frecuentemente interpretada y muy admirada- y La Pasión según San Mateo BWV 244, obra colosal, repleta de madurez y arropada por todo el sentimiento religioso-musical de su autor, además de su Genio inconmensurable.

Compleja partitura que incorpora la forma Cantata con coros, corales, recitativos y arias, interpretadas por un contingente orquestal y coral enorme, inusual para las obras del período Barroco. El coro es mixto y se apoya con uno de niños; los efectivos orquestales suman dos orquestas barrocas (donde a los acostumbrados instrumentos se suman las flautas dulces y traveseras, oboes, oboes d’amore, oboes da caccia, fagots y un grupo de cuerdas más numeroso que el habitual), además de un órgano; y por si fuera poco, el texto exige la presencia de siete solistas entre los que hay una soprano, una contralto, dos tenores y tres bajos.

El texto de La Pasión según San Mateo (Parte 1 y Parte 2) se basa en su totalidad en los capítulos 26 y 27 del Evangelio, acompañándose de textos de Picander. La obra se estrenó el Viernes Santo 15 de abril de 1729, exactamente 100 años antes del reestreno debido a Mendelssohn. Como dato importante, además del aparato musical requerido para la interpretación, debe señalarse el hecho concebido por Bach, de hacer que las palabras de Cristo sean siempre acompañadas por un suave murmullo de la cuerda, elevando su Voz a un estado de casi total beatitud y santidad. Tal cosa nunca había sido hecha antes y constituye uno de los máximos valores que hacen de esta gigantesca obra, una de las máximas expresiones del Arte Musical Religioso.

***

El Director de Orquesta Karl Richter ha pasado a la Historia como uno de los mayores intérpretes de Bach. Sin especular sobre si es el mejor o no, lo cierto es que es un verdadero especialista en la Música del Genio de Eisenach. Frente a sus Münchener Bach-Chor, Münchener Chorknaben y Münchener Bach-Orchester, ha dejado para la posteridad un maravilloso legado de grabaciones, las cuales nunca resultan repetitivas ni anquilosadas en un caduco modelo interpretativo. Su maestría lleva al oyente a descubrir siempre a un nuevo Bach con sus insondables e interminables misterios.

Sirva nuestro homenaje a esta maravilla única de la Historia de la Música (su mensaje universal) y a su compositor: Johann Sebastian Bach.

***

Corolario: La Pasión de Cristo es teatralmente representada cada diez años en Oberammergau, pequeña población bávara sita en la región alpina. Circundada por majestuosas cumbres nevadas, el teatro de esta ciudad es el escenario donde una impresionante representación de las últimas horas de Cristo tiene lugar. El primer montaje ocurrió en el año de 1634, como acción de gracias a Dios luego del triunfo de los lugareños sobre la peste negra. Este espectáculo religioso y teatral es sin duda alguna, el más imponente y brillante en toda Europa. Tan tradicional resulta desde hace siglos, que incluso en los archivos de sus asistentes puede encontrarse la firma del Führer Adolf Hitler, quien acudió a una de sus puestas en escena.

La última escenificación de La Pasión de Cristo de Oberammergau, tuvo lugar en 2010.

Después de algunos compases de introducción, el clarinete y el oboe comienzan al unísono un dulce canto sobre el suave murmullo de los violines. Una exclamación en voz baja recorre la sala: ¡Schubert!” — Eduard Hanslick.

 

“Canta celeste Musa la primera desobediencia del hombre”; tal es el anhelo del gran poeta inglés, que en su Visión Inmortal contempló cifrada en las estrellas esa Luz Primera que aún lejana, ilumina diáfana y silenciosa, silencio tan sutil que encierra en Sí los pasos de los Dioses, aquellos  que otrora caminaron sobre la Tierra en los tiempos idos, áureos, regidos por Sophia.

Porque vino La Caída. Como si de un ciclo fatal se tratase, como si una pesada voluntad ajena hubiese tomado el lugar que antes fuera ocupada por los luminosos eones, los hijos del Primer Amor ignoraron la Patria Primigenia y de su ser fue borrada la Ley que les hacía a imagen y semejanza de Aquel. Sólo palabras vacías son hoy la evocación de lo que una vez fuese realidad y Voluntad Divina. Nada de ello quedó, a no ser la impenetrable y fría bruma tras la cual, la Noche de los Tiempos cual abismo insondable, aún domina con su negro hálito.

Nostalgia. Una minúscula llama que aún se obstina en brillar en algún rincón del Universo, invade el corazón de sus Elegidos y siembra allí el deseo por el inminente Retorno. Los Peregrinos del Ansia experimentan en las profundidades de su Ser, un extraño recuerdo de lo que alguna vez fue en otro tiempo, en un no tiempo ya lejano aunque a la vez tan cercano: el Guerrero así forjado, sabe pero no sabe, pues pese a residir en Él la Nostalgia, la pesantez del Demiurgo cubre con su manto de abominaciones el destello heroico vencido. El Hijo de la Aurora se torna entonces el Eterno Buscador. Su deseo alquímico es tornar a su condición original, traduciéndose una vez más como microcosmos del Infinito: ¿Acaso no sabéis que sois Dioses?

Es en estos planos donde surge entonces La Pirámide, como símbolo supremo de la Transmutación que obliga como Ley Universal. Ya desde el Antiguo Egipto era conocida la Voluntad Eterna, merced a la cual todo habrá de volver a ser como en el Principio. Vastas culturas alrededor del Orbe compartieron y vivieron ese deseo irrefrenable por el Retorno de los Dioses. Por ello, la forma piramidal es la forma del Hombre mismo y de su anhelo espiritual. Parte de su base, sujeta y clavada a la Tierra: desde las profundidades muerde el polvo que le cubre, ahogando su respiración, nublando su vista y suprimiendo su entendimiento. El sufrimiento es insoportable. Pero su Voluntad es UNA con el Supremo Querer y por ello, domeña su primaria naturaleza, sojuzga la primitiva y básica fuerza rectora del Kali-Yuga, e inicia un lento ascenso por las cuatro caras de la Mística Pirámide que es el Guerrero mismo. Así ha iniciado su propio Opus Alchimicum, mediante el cual cada batalla vencida, es el anuncio de su propio triunfo y de la inminente Era de la Iluminación: pronto habrá de contemplar nuevamente el Rostro más Bello, en lo alto del Firmamento. La Pirámide es más angosta cuanto más alto asciende por sus cuatro escarpadas caras. El objetivo está a la vista: la brillante punta es el Portal que conduce, en medio de un rayo irresistible, a la Hiperbórea Perdida, la Otra Tierra, el Edén primigenio donde reinaba la Sabiduría inmutable.

De pronto, todo es oscuridad y algo hace falta. El ápice de la Pirámide no está. El ascenso ha sido truncado. Es imposible llegar a la cúspide. ¿Habrá desaparecido para siempre el Conocimiento Eterno?

No. Los Antiguos Misterios se han protegido a sí mismos. El Hombre deberá luchar sin tregua antes de acceder nuevamente a su pasado glorioso, antes de volver a ser Dios. Su Karma deberá ser cumplido, en el umbral del triunfo final. Una profunda melodía amortajada por el misterio y un fragante rocío oriundo de las Mansiones Doradas, anuncia que la Sinfonía aún está Inconclusa. El descubrimiento del secreto de la Música de las Esferas será el extenuante deber que inspirará la sublime composición del Final Sinfónico, cuando el vértice ocupe una vez más su lugar e irradie su Divina Púrpura a los más recónditos rincones de la Creación.

***

¿Qué podría decirse de la Octava Sinfonía en Sí menor, D. 759 de Franz Schubert, que no haya sido dicho ya? El Genio incontenible del único Gran Compositor nacido en Viena se vio también truncado por su prematura muerte, acaecida en 1828.  Su Sinfonía está Inconclusa, porque Él mismo fue símbolo de lo Inconcluso como expresión de las Verdades Eternas.

Fue sólo hasta 1865 que partitura fue dada a conocer al mundo, cuando el Director Johann Herbeck la descubrió en un baúl de la casa de Anselm Hütenbrenner, estrenándola posteriormente en la Ciudad Imperial a orillas del Danubio. Y como muchas de las  obras de Schubert que quedaron inacabadas,  mucho se ha especulado por los motivos que llevaron al compositor a no escribir jamás los dos restantes movimientos, y que seguramente van mucho más allá de su conocida inconstancia. Brigitte Massin asegura que Schubert, en razón de su nombramiento como Miembro de Honor de la Sociedad Musical de Estiria, prometió honrar tal distinción con una Gran Sinfonía, sin aclarar si ya venía componiéndola, o si proyectaba hacerlo. Tal parece que para entonces ya había compuesto los dos primeros movimientos y había escrito la primera frase del tercero, cuando decidió entregar la partitura a Josef, hermano de Anselm, a fin de hacerle llegar un adelanto de la obra. Luego se olvidó de la obra, tal vez porque fue incapaz de encontrar motivos musicales suficientes que igualaran en grandeza a lo ya compuesto.

La “Inconclusa” se caracteriza de principio a fin por su filosófica dulzura y serenidad. Rasgos que empero traducen extrema vitalidad y sabiduría, la cima de todo mensaje de la Era del Espíritu. Desde el suave murmullo de los violoncelos y contrabajos que inician el Primer movimiento, y que oboes y clarinetes subrayan con una frase de suprema trascendencia,

 

se abre todo un universo de meditación ontológica, repleta de Sentido. La Música se desarrolla a partir de esta idea, con atmosférica majestuosidad y permitiendo el sutil encuentro de lo material con su par espiritual. Obstinado el tema inicial, es entonces el encargado de cerrar el Primer movimiento para dar paso al Segundo,

apacible y melancólico, nostálgico cual sublime anhelo. Brilla en todo el desarrollo de este tiempo, una amorosa evocación repleta de pureza y admiración por la belleza que yace en toda la Creación, como manifestación  de la Verdad Única que en algún rincón habita a la espera de ser encontrada. La extrema placidez poco a poco se extingue con un suave canto de la flauta que evoca el primer tema, llevando a esta, una de las más bellas Obras jamás compuestas, a su Inconclusión: la composición de su órfico final, será el anuncio de la Nueva Era de la Luz, que una vez más habrá de reinar sobre la Tierra. Tal es el sentido de la “Inconclusa”; tal es el sentido de Franz Schubert.

Dedicado a mi buen Amigo y Hermano el Maestro Otto Cázares, hercúleo Ser cuya razón humana transmuta día a día hacia el Áureo Existir.

***

Hubo un tiempo lejano en que los Dioses caminaron sobre la Tierra.  De ello son testigos los Mitos de la Antigüedad Clásica, los cuales, más que intentos por explicar aquello que es incomprensible para el hombre como simplistamente se les ha definido, son manifestaciones arquetípicas que reflejan la inmensidad del Todo y se erigen en la remembranza nostálgica de la Edad Solar, aquella cuyos destellos irradian aún en los ferruginosos tiempos de la decadencia existencial.

Diversas son las culturas, a lo largo y ancho del Orbe, que refieren la existencia de tiempos inmemoriales en donde la consciencia humana era una con los misterios del Universo, iluminando cual fuente divina las bellezas de la Creación, surgida del rocío emanado de aquel Principio no abarcable con la mente y el entendimiento, infinita en toda la infinitud y allende a los límites de toda conceptualización. Por su virtud -si nos es permitido emplear este término, necesariamente limitante- los emisarios de la Luz descendieron a la Tierra para traer el fuego prometeico que iluminaría el sendero de la Humanidad, aquella que aún en sus etapas cíclicas de inevitable descenso, permanecería en lo profundo del Ansia a fin de tornar su reinado sobre el Hombre, llevándole toda su Sabiduría inmortal.

Desde las regiones Hiperbóreas hacia Grecia, Egipto, Sumeria, la India…del uno al otro confín, los Dioses caminaron y convivieron con los Hombres: estos absorbieron su Saber y, como culto al Unus Mundi, erigieron el gigantesco Templo de la Cultura y la Civilización que aún hoy inspira las mentes preclaras de los herederos de esta Apoteosis, es su deseo sumo de regreso al Arquetipo, la Idea de Platón.

***

La Antigua Grecia es una de las legatarias de este áureo universo. Faro luminoso de cultura, bien sea por el culto a las Artes y las Letras en la forma de la más pura Filosofía -Atenas- o por alabanza a la marcialidad recia, disciplinada y a la valentía invencible en el fiero combate y en la guerra -Esparta-, la Hélade constituye fuente impoluta en donde siempre acudimos a beber las aguas cristalinas del Mito Solar.

El núcleo vital de desarrollo social era la Polis. Estas eran auténticas ciudades-estado, único emplazamiento donde los Hombres entendían que podían vivir una vida digna y proyectar su existencia por medio del Saber; para ellas y por ellas, escribieron los grandes pensadores de la Antigüedad, en todos los órdenes del Conocimiento, especialmente el Divino Platón y su más prodigioso discípulo, Aristóteles. Las instituciones de gobierno y los centros de enseñanza surgieron merced a esta gran idea y a ella se le debe, en mayor medida, todo el esplendor que hoy nos es conocido.

Sin embargo, el antiguo hombre griego conocía que, allende a los muros que protegían la Polis, se alzaba el Mundo Natural y su encantamiento que sólo podía provenir del querer de los habitantes del Olimpo. En la Naturaleza residía una fuerza tan sumamente vital para la ontología, como en la ciudad-estado se desarrollaba la social y política. Por ello, y aunque esto sea muy poco destacado por la intelectualidad científica, las largas caminatas y exploraciones al mundo natural, constituían para el griego una necesidad que le abría las puertas hacia la observación fenomenológica y, de ahí, a la introspección y el encuentro con el Sí Mismo, favoreciendo estados superiores de consciencia que conectaban el cuerpo con el espíritu y este, con la Idea. El Ser griego era mucho más místico que lo que hoy nos atrevemos a aceptar.

En medio de este escenario florecían los Mitos y Leyendas, los cuales robustecían su esencia partiendo de hechos que muy posiblemente, eran reales: en todo Mito, además de la remembranza por un tiempo perdido en las brumas del tiempo y un deseo de cantar el sentimiento y la Visión de Mundo propia de los antiguos, hay un sustrato histórico que viene en auxilio de la Idea, dándole forma a un relato que no es más que un Himno a la Nostalgia, cántico entonado por los Peregrinos del Ansia.

En este inmenso tejido mitológico, hilan su fabulosa existencia los principios vitales que dieron forma a la Creación, los Dioses pre-olímpicos, Titanes, Cíclopes, Dioses Olímpicos, Héroes y criaturas que representan todos ellos, en sí mismos, a la Naturaleza misma y su flujo irresistible. En medio de historias y hazañas transmitidas merced a la Tradición Oral: los Mitos Griegos, que representan todo el modelo de vida de la Hélade, su idiosincrasia y noción del mundo intangible; en ellos yace un simbolismo profundo y eterno, que revela además la esencia del Conocimiento Universal.

***

Una de estas narraciones de extremo significado y simbolismo, conocida como parte de los Ciclos de los Héroes, es la historia de Heracles (Hércules) y los Doce Trabajos que desempeñó como penitencia por un infame crimen. Heracles o Hércules, (mitad mortal, mitad divino) es la personificación mitológica del Ser que desde lo más ínfimo de su existencia, asciende gradualmente a la cumbre de la divinización, mediante duras pruebas que una vez superadas suponen el cumplimiento de la Gran Obra; hay claras consonancias alquímicas de este Mito, con las ocultas labores desempeñadas desde tiempos inmemoriales por los llamados Adeptos, quienes encontraron en Nicolás Flamel, Paracelso,  Michel Servet y Sir Isaac Newton, apenas unos cuántos cultores de este arcano Saber. La proyección del Conocimiento en todos los tiempos y lugares es inevitable.

Hércules supone un Arquetipo, a la vez que a Él se subordina: es un Héroe, lo que implica que uno de sus progenitores es un Dios: en este caso, su padre no es otro que el Tonante Zeus, que porta la Égida; pese a ello, Hércules debe conquistar su status en el aro de la divinidad, mediante su propio esfuerzo y valentía, no librándose de los obstáculos y las trampas que por doquier le serán puestas deliberada y egoístamente, incluso por otros Olímpicos.

El mensaje es claro: Heracles deberá morir simbólicamente a su condición plomiza, para resucitar áureo y divinizado de pleno derecho, elevándose gradualmente al rango de los Dioses, por encima de los simples mortales. Sólo así habrá ganado su Inmortalidad.

LA BATUTA se aproxima hoy a la Clásica Biblioteca: allí reposa el Olímpico Libro de los Ciclos de Héroes y Dioses, donde se narra la saga de este personaje conocido en todas las Edades, a la vez que tan poco comprendido su Sentido. Sirva nuestro humilde homenaje a la Grandeza Inmortal del Mito.

***

Los Doce Trabajos de Heracles (Hércules).

El origen de Heracles es intrincado. Su nombre real era Alcides, pero recibió el nombre de Heracles de parte del  propio Apolo, en el momento de su nacimiento, a fin de hacerlo un servidor de la Diosa Hera (lo cual no aplacaría la furia de la Diosa en su contra). Heracles de hecho significa “la Gloria de Hera”.

Pertenece Heracles a la raza perséica: sus abuelos (lo fueron por el hecho de ser Heracles considerado hijo adoptivo de Anfitrión), Alceo y Electrión, eran hijos de Andrómeda y Perseo, el Héroe que mató a Medusa. Y fue justamente en Argos, donde la Parca dio rienda suelta a su rueca, para que la Fortuna hiciera su juego en la vida de este semi-dios.

Anfitrión, en razón de un homicidio accidental en el cual se vio involucrado, debió abandonar la Argólida y marchar en expedición en contra de los teleboenos, a fin de permitir que el tiempo pasara y se olvidara tan incómodo asunto. En su ausencia, Zeus Tonante, el que porta la Égida, tomó la forma de Anfitrión para yacer por una noche con Alcmena, la madre de Heracles. A la mañana siguiente regresó Anfitrión, quien también se introdujo en el lecho de la mujer, dejando su simiente en ella: Alcmena quedó embarazada doblemente. De ella nacería Íficles, hijo de Anfitrión, y Heracles, hijo de Zeus.

La Diosa Hera montó en cólera por una traición más de su marido, el Señor del Olimpo. Para arruinar el fruto de las infidelidades del Padre de los Dioses, se las arregló para domeñar la voluntad de este. Zeus había proclamado -pensando en su hijo Heracles- que “el niño de ha de nacer, de la raza de los perseidas, reinará sobre Argos”. Astutamente, Hera retrasó el nacimiento de Heracles, haciendo que antes que él naciese Euristeo, otro descendiente de Perseo; así las cosas, la palabra de Zeus era irreversible: Euristeo nació primero y se constituyó en el heredero de Argos, enseñoreándose sobre Heracles.

***

Cuando Heracles tenía ocho meses, Hera envió dos serpientes venenosas a su cuna, a fin de deshacerse  definitivamente de él. Fue entonces cuando el primer prodigio de este ser privilegiado tuvo lugar: una esclava entró en la habitación justo cuando los ofidios se disponían a clavarle sus colmillos ponzoñosos al niño, por lo que salió profiriendo gritos de auxilio. Cuando todos acudieron para comprobar la tragedia, una escena sorprendente tuvo lugar ante ellos. El robusto Heracles había tomado las serpientes por la garganta, estrangulándolas en el acto. Era la manifestación primera de la sobrenaturalidad del pequeño.

De cualquier modo, Heracles fue criado como todos los niños. Fue adiestrado en diversas actividades militares, además de las Letras y la Música. Linos fue el tutor de este joven, rebelde e indisciplinado, que experimentaba en su interior una especie de predestinación. Fue así como un día, al ser reprendido por Lineo, Heracles le golpeó en la cabeza con un taburete, dándole muerte por accidente. Ante esta situación, el mancebo fue enviado al campo en las afueras de Tebas, donde se hizo pastor. Un escita llamado Teutatos, seguro de las habilidades de Heracles, le enseñó el manejo del arco y la flecha, actividades en la que este se mostró como un alumno aventajado.

En estas mundanas actividades, el joven Heracles fue creciendo. Sorprendía a todos el colosal tamaño y la atlética musculatura que llegó a desarrollar, las cuales sumadas a sus habilidades en la lucha cuerpo a cuerpo o con armas, le hacían un peleador temible. Sin embargo Heracles era un joven bondadoso: en su corazón y su mente no germinaban más que sentimientos nobles hacia sus semejantes. Por ello era muy apreciado por quienes le rodeaban, fueran hombres, mujeres o niños. Y la oportunidad de demostrar su valentía ante ellos, no se haría esperar.

Al cumplir dieciocho años, corrió el rumor que un agresivo león asolaba la región del Citerón. Armado de valor y astucia (y una que otra flecha), Heracles se dirigió a estas tierras, a fin de cazar a la criatura. El combate fue mortal, pero con sagacidad y arrojo, Heracles libró a la población de tan incómodo huésped. El Rey Tespio, en agradecimiento por su noble hazaña, le envió sus cincuenta hijas, a fin de tener nietos de tan extraordinario ser, de quien ya se cantaban himnos y alabanzas en cada rincón del mundo conocido. Con cada una de ellas, Heracles tuvo un hijo, es decir, cincuenta en total. Fueron estos vástagos, llamados Tespíadas, quienes más tarde colonizarían la Cerdeña.

Tiempo después, cuando Heracles retornaba a Tebas de su periplo, tuvo un desagradable encuentro con los esbirros del Rey Ergino, de la tierra de Orcómenes, quienes ahogaban a los habitantes de la región, con toda clase de tributos insoportables y que luego pagaban a su codicioso monarca.  Indignado ante este atropello soportado por las personas que le apreciaban y que él tenía en alta estima, se enfrentó ferozmente contra los emisarios del Rey, derrotando a cada uno y cortándoles salvajemente sus narices y orejas.

Ergino envió pues un contingente mayor, a fin de sojuzgar a los tebanos y eliminar de una vez por todas a Heracles. Para ello entonces acudió al favor de Hera, quien le prestó su ayuda incondicional. Esto de nada sirvió. El incontrolable Heracles, multiplicando su fuerza por mil, arrasó con el ejército real, infligiéndoles la derrota más vergonzosa que pueda sufrir escuadra alguna: ser vencida por un solo hombre. Las hazañas de Heracles eran ya conocidas por todo el mundo civilizado.

Creón Rey de Tebas, en agradecimiento a Heracles por su defensa del pueblo tebano, le ofreció a su hija Megara en matrimonio, el cual se celebró suntuosamente en los palacios de la ciudad. De estos esponsales nacerían cinco hijos.

Y los años fueron pasando.

***

Pero la Diosa Hera no permitiría que el hijo de Zeus fuera feliz; en su inveterado odio hacia el Héroe que empero, llevaba su nombre, la Señora del Olimpo infundió un estado de locura y alucinación en Heracles. Una noche, mientras dormían, este despertó con una fuerte niebla en su mente. En su delirio, creyó ver en sus hijos demonios que ascendían del Inframundo para atormentar su espíritu. Heracles, presa de desespero, dio muerte a todos ellos.

El escándalo recorrió las calles de Tebas. El infame crimen debía ser castigado. Fue así como Hera descendió de su áurea morada, y dictaminó que Heracles era un vasallo del Rey Euristeo de Argos, por lo que allí debía marchar, a fin de servir a su amo natural y expiar su horrendo crimen. De lo contrario debería vivir por siempre como un proscrito.

Allí se dirigió Heracles. El otrora admirado y alabado, ahora era objeto de abucheos, murmuraciones y acusaciones. Euristeo, un perfecto pusilánime, no era más que un peón en el juego de la  Diosa Hera, por lo que aconsejado por Ella, ideó un catálogo de pruebas para someter al Héroe, y que ningún ser viviente sería capaz de superar: si Heracles lo lograba -el Rey estaba seguro que no sería así-, podría reincorporarse al seno de la sociedad, aunque viviendo siempre como un ser jerárquicamente inferior, un vasallo con delirios de grandeza nunca satisfechos. Heracles aceptó el reto.

Y así se inician los 12 trabajos de Heracles.

***

Primer Trabajo – El León de Nemea

El primer desafío de Heracles, fue dar muerte a una prodigiosa criatura conocida como El León de Nemea. Este formidable felino de tamaño descomunal, dientes y garras filosísimas, era hijo de Ortros y hermano de la Esfinge de Tebas. El salvaje animal habitaba en lo alto de una montaña, al interior de una caverna de dos salidas.

La astucia de Heracles le permitió hacer frente al monstruo: taponó una de las salidas y se introdujo sigilosamente por la otra. Cautelosamente avanzaba para rastrear al animal, cuando este saltó repentinamente sobre Él, profiriendo un aterrador rugido. El león atacaba siempre de frente con sus poderosas y afiladas garras, pero Heracles, apelando a su agilidad innata, daba saltos para ponerse a salvo. En uno de estos saltos, fue a dar justamente en el lomo de la bestia. Con sus ciclópeos brazos rodeó el cuello del animal y de esta manera, le estranguló hasta la muerte.

Valiéndose de los restos del animal, que desolló, Heracles fabricó un magnífico abrigo con la piel del monstruo, así como un casco. Con las garras, produjo unos guantes que le servirían para posteriores luchas. Era su primer trofeo. Aprovechando el momento, fundó los llamados juegos de Nemea.

Segundo Trabajo – La Hidra de Lerna

Un horrendo ser esperaba por Heracles en su segundo trabajo: La Hidra de Lerna, colosal serpiente ponzoñosa de cien cabezas, hija de Equidna y de aterrador Tifón, habitante del Tártaro. La hidra, por otra parte, había sido criada por Hera lo cual suponía un enconado rival para formidable Héroe.

Heracles, conocedor de este hecho, sabía que debía cuidarse de los golpes traicioneros del reptil, que exhalaba un aliento pestífero y mortal. Armado con una reluciente espada, acometió el ataque a la hidra.

Cada avance del feroz animal le permitía a Heracles cortarle sus cabezas con la espada. Por desgracia para Él, por cada cabeza cortada, surgían otras dos.

De esta manera, jamás lograría vencer a la hidra: sería Él el derrotado, merced al agotamiento por el inútil esfuerzo. Pero para este segundo trabajo, Heracles era acompañado por su sobrino Ioalos, quien al ver el extraño fenómeno, experimentó temor por su tío. De repente tuvo una gran idea: cuando Heracles decepaba una de las cabezas, Él avanzaba rápidamente y cauterizaba la herida con un tizón ardiente, de modo que no pudiese nacer nada de ella. De esa manera, Heracles cortó hasta vencer al gigantesco reptil.

Exhausto pero vencedor, Heracles tomó el arsenal de flechas de que disponía, mojándolas en la venenosa sangre de la hidra. De esta manera logró hacerse con un arma fatal.

Tercer Trabajo – El Jabalí de Erimanto

Desafiado por Euristeo (quien no soportaba comprobar los triunfos de Heracles, y albergaba la esperanza que pronto sucumbiera), el Héroe ascendió al monte Erimanto, donde habitaba un monstruoso jabalí, el más grande conocido hasta entonces: veinte hombres no le habrían podido atrapar, tal era su tamaño y ferocidad. A semejante animal debía dar caza.

Conocedor de la naturaleza de este ser, Heracles sólo se puso a la vista del mismo, gesticulando y bramando a fin de hacerlo salir de su madriguera. Enfurecido, el jabalí salió en pos del Héroe, quien con hábiles movimientos y saltos, se mantenía siempre fuera del alcance del animal, mientras lo obligaba a correr por sobre la nieve espesa.

Finalmente el monstruo cayó agotado, sin poder atrapar a su presa. Heracles lo amarró y se lo cargó a la espalda, llevándoselo vivo a Euristeo. Al entrar con semejante carga al Palacio, el apocado rey sintió tanto miedo, que corrió a ocultarse al interior de una tinaja. Las carcajadas y mofas de la multitud que presenció el hecho, fueron incontenibles.

Cuarto Trabajo – La Cierva de Cerinio

En Enoe, a los pies del monte Cerinio, existía una cierva de colosal tamaño que corría libre por los campos y praderas. A diferencia de los anteriores, este era un bello y noble animal, consagrado a la Diosa Artemisa, y era tenido por símbolo de los bosques, así como de la bondad y la majestad de la Madre Naturaleza. Su único problema, era que consumía como alimento, los cultivos de los habitantes del lugar. Sin embargo tocarla o hacerle daño, era una impiedad.

Euristeo exigió que Heracles disparara una de sus flechas en contra del luminoso animal, creyendo así que esto produciría heridas en la cierva, y quizás su muerte, con lo que el Héroe definitivamente sellaría su desgracia con un nuevo crimen. Pero Heracles fue astuto, evitando caer en esa trampa. Durante un año entero corrió tras el ágil animal, sin intentar detenerlo con armas o trampas. Al cabo de ese año, cuando ambos estaban sumamente cansados de tanto correr, Heracles disparó una flecha contra ella: esta atravesó su pierna por entre los huesos y los tendones, sin causar daño a la cierva, la cual ni siquiera sangró o sintió dolor. Así las cosas, el semi-dios la tomó suavemente entre sus poderosos brazos y la llevó en su espalda, no sin antes retirar la flecha de su pierna.

Al pasar por Arcadia, salieron al paso el Dios Apolo y la Diosa Artemisa, quienes acusaron a Heracles de intentar matar al animal sagrado. Este les tranquilizó, explicándoles la situación, las condiciones en que la había atrapado e indicando que, si en algún caso debía hablarse de impiedad, esta debería pesar sobre Euristeo, quien le había ordenado hacer esto. Apolo y Artemisa comprendieron el hecho, ayudando a Heracles a presentarse en Palacio con el bello animal, que luego fue liberado.

Quinto Trabajo – Los Pájaros del Lago Estínfalo

Tras la delicada y bella cierva, Heracles debió enfrentarse nuevamente a seres desagradables y monstruosos. Por orden de Euristeo, se dirigió a la región del pantanoso lago Estínfalo, donde pájaros espantosos tenían sus nidos y volaban a espera del paso de los incautos, para cazarlos y devorarlos.

Heracles se proveyó de unas castañuelas de bronce fabricados por Hefestos, y que le entregó Atenea la de Níveos Brazos. Con ellos, el Héroe produjo un sonido que hizo que los pajarracos salieron a campo abierto, donde Heracles les disparó sus flechas, matándolos uno por uno.

Hay quienes aseguren que estos pájaros eran buitres deformes, con plumas de acero que utilizaban como proyectiles en contra de los hombres, para traspasarlos. Sea como fuere, Heracles acabó con esta plaga.

Sexto Trabajo – Los Establos de Augías

En la región de Elis, bordeando el Peloponeso, reinaba un ser llamado Augías, quien era por todos considerado Hijo del Sol. El luminoso ser era propietario de numerosos rebaños  que guardaba celosamente en gigantescos establos, los cuales empero, descuidaba en su higiene. Tales lugares apestaban y el hedor era reconocible a muchas leguas de distancia.

Heracles fue encargado de la limpieza de estos fétidos lugares, en cumplimiento de una labor más para expiar su culpa. Pero antes de hacerlo, acordó con Augías que este le pagaría una bolsa de oro, si lograba dejar impecables los establos en tan sólo un día. El pacto fue sellado y para cumplirlo, Heracles se valió de su fenomenal fuerza: con sus poderosos brazos, desvió el curso de los ríos Alfeo y Peneo hacia los establos. Las violentas aguas arrastraron con toda la suciedad que allí había, quedando todo reluciente como los marmóreos suelos del Olimpo mismo.

Heracles había cumplido su cometido. Pero Augías, influenciado por Hera, rehusó pagarle lo acordado y le desterró de sus dominios. El Héroe se marchó sin proferí palabra.

Séptimo Trabajo – El Toro de Creta

Cual si el Designio Superior determinara la convergencia del Mito con el Mito mismo, el Arquetipo con el Arquetipo se une para dar sentido al Símbolo y su profundo mensaje de transmutación solar. Es así como para el sétimo trabajo, Heracles debió desplazarse a la enigmática isla de Creta, donde sus campos y viñedos se veían asolados por un toro monstruoso que se había tornado furioso y muy agresivo. ¿Reminiscencia del Minotauro? ¿Hijo de la forma que Zeus había adoptado para seducir a Europa? ¿El amor de Pasifae? ¿El sacrificio que el Rey Minos había dejado de hacer al Poderoso Poseidón que sacude la Tierra? Heracles no lo sabía y no le interesaba saberlo. Debía atrapar al salvaje animal y llevarlo vivo a Euristeo (cosa que el grotesco monarca dudaba fuera posible, deseando vehementemente el fracaso del Héroe). Apelando a su entrenamiento deportivo, Heracles permitió que el toro corriese a toda velocidad por los campos, mientras Él le perseguía en alucinante carrera. En momento justo, el poderoso guerrero saltó al lomo del animal y lo sujetó fuertemente, maniatándole y controlando su brutal fuerza.

De esa manera lo llevó a Euristeo, quien no tuvo más remedio que aceptarlo y ofrendárselo a la Diosa Hera, quien empero lo rechazó, liberándolo nuevamente. Se cree que este bravío animal fue más tarde abatido por Teseo.

Octavo Trabajo – La Yeguas de Diomedes

El poco confiable Rey de Tracia, Diomedes, era dueño de cuatro yeguas que vagaban libres por los bosques. Estos animales tenían la particularidad que la base de su alimentación era la carne humana. Muchos incautos habían caído bajo el salvaje apetito de estos inusuales animales, sin que Diomedes hiciese nada por remediarlo.

Heracles partió decidido a darles caza, atrapándolas mediante trampas colocadas en el suelo. Cuidándose de no ser mordido, el Héroe las llevó ante su dueño y allí las liberó, haciendo con que estas devorasen al propio Diomedes, en castigo por su negligencia.

Noveno Trabajo – El Cinturón de Hipólita

La caprichosa hija de Euristeo, Admete, deseó hacerse con el cinturón de la guerrera Amazona Hipólita, quien además era la líder de esta feroz tribu de mujeres indomables. Fue Ares, Señor de la Guerra, quien obsequió el cinturón a Hipólita.

Ningún hombre que hubiese enfrentado a las Amazonas había salido vivo, por lo que pocas eran las opciones de Heracles frente a ella. En su misión, llevó un ejército de aguerridos guerreros, a fin de enfrentar a estas legendarias batalladoras. A llegar a sus dominios, ocurrió lo impensable: Hipólita, reconociendo los dones y la valía de Heracles, accedió a obsequiarle su cinturón. A continuación, hombres y mujeres departieron alegremente en festín.

Pero Hera infundió la semilla de la discordia entre ellos, por lo que las Amazonas decidieron atacar a los hombres de Heracles. La lucha se hizo violenta. El Héroe, creyéndose traicionado, asesinó a Hipólita y el triunfo se inclinó hacia sus hombres.

***

Para los últimos tres trabajos, Heracles debió abandonar el mundo conocido por los hombres. Viajando allende las fronteras del mundo humano, el Héroe se interna en un área metafísica inexpugnable, lo que sin duda refleja ya un ascenso en su Ser, cumpliendo con la transmutación alquímica que ya empieza a hacer su labor en Él.

***

Décimo Trabajo – Los Bueyes de Gerión

En la isla de Eritria, bajo custodia de Euritión quien a su vez era ayudado por el perro Ostros, se encontraban los Bueyes de Gerión, hijo de Crisaor.

Dicha isla se encontraba en el Extremo Occidente, más allá del Océano. Obligado a navegar por lo desconocido, Heracles tomó prestada La Copa del Sol, embarcación de la cual se valía el Astro luminoso para regresar a su reino cuando sobrevenía el crepúsculo.

Para evitar ser sacudido por el Océano, Heracles debió intimidarle con sus fechas envenenadas por la sangre de la Hidra de Lerna. Cuando al fin llegó a la misteriosa isla, sin demora asesinó a Ortros de un golpe de maza, ató de manos y pies a Euritión y acabó con la vida del gigante Gerión, quien había acudido en auxilio de sus vasallos vencidos.

Heracles tomó los formidables Bueyes y emprendió el camino de regreso, desembarcando primero en Tartesos. Allí elevó dos inmensas columnas que señorean las entradas al Océano: se conocen como Las Columnas de Hércules.

Heracles atravesó España y Galia, como primeros países antes de llegar a Grecia. En el camino debió enfrentarse a toda clase de bandidos, especialmente en la Liguria. Allí debió aplastar a sus enemigos con rocas gigantes enviadas por Zeus y que Él mismo lanzaba; aún hoy pueden verse estas en la región.  En Roma hubo de vencer a Caco, el insolente bandido del Aventino. Cuando finalmente arribó a Argos, Heracles sacrificó los Bueyes de Gerión en honor de Hera, a quien por supuesto, no le hizo ninguna gracia ver un nuevo triunfo del Héroe.

Décimo Primer Trabajo – Cerbero

Para su décimo primer trabajo, Heracles debió transponer la frontera entre la Vida y la Muerte, descendiendo al país que le es negado a todos aquellos que aún no han cruzado el umbral de la desencarnación: el Hades. Su meta era capturar (por orden siempre de Euristeo) al fabuloso perro de tres cabezas que custodiaba las lúgubres regiones: Cerbero.

Antes de partir a esta travesía, el Héroe se hizo iniciar en los Misterios de Eleusis, los cuales le brindaron el conocimiento suficiente para encontrar la ruta al Inframundo, la manera de entrar y sobretodo, de salir.

Una vez hubo completado su formación, cruzó “La Boca del Infierno”, en donde algunas sombras intentaron cerrarle el paso, especialmente el espíritu de Medusa, la Gorgona, aunque inútilmente. Con denuedo, Heracles se presentó ante el mismísimo Dios Hades, quien al escucharle consintió en concederle a Cerbero, bajo una condición: debía dominar al feroz animal con sus propias manos. Sin demora Heracles se abalanzó sobre el irascible perro y le controló con su monumental fuerza. Acto seguido lo arrastró hacia el mundo de los Vivos y allí se lo llevó a Euristeo, quien ante la visión del monstruo, huyó despavorido y salpicado de las burlas de sus súbditos.

No sabiendo qué hacer con Cerbero, Heracles tuvo a bien retornarlo al Hades.

Décimo Segundo Trabajo – Las Manzanas del Jardín de las Hespérides

Heracles había logrado superar todas las pruebas a Él impuestas, pese a que sus enemigos confiaban que en algún momento caería, cosa que en el umbral del último trabajo aún no había ocurrido. Pero el lamentable Euristeo -siempre instigado por Hera- confiaba en que no pasaría del último. Su misión entonces, era viajar a un reino de leyenda y fantasía, a donde sólo acudían los bienaventurados: el Jardín de las Hespérides, donde se cosechaban las manzanas de oro que vivificaban a los Dioses mismos.

Heracles partió y su itinerario fue del todo emocionante. Sabiendo el Héroe que las Ninfas de la Tarde le habían confiando el cuidado de estos frutos a un dragón de cien cabezas, hijo de Tifón y Equidna, su intención era llegar lo más preparado que le fuese posible. Pero primero debía conocer el camino.

En Macedonia encontró a Cicno, hijo de Ares en donde le dio muerte en fiero combate. Luego cruzó la Iliria para acceder a las riberas del Erídano; allí unas dulces ninfas le indicaron que el único ser que conocía el camino hacia las Hespérides era Nereo, Dios marino. Ante Él se presentó Heracles, y como no quisiera enseñarle la ruta, Heracles le encadenó obligándole a hablar.

Una vez hubo conocido la manera de llegar, se puso en camino y vivió increíbles aventuras. Se dirige a Libia, donde se enfrenta al gigante Anteo, hijo de la Tierra, que alimentaba su fuerza mediante el contacto con su elemento térreo vital. Heracles le ahogó elevándolo con sus formidables brazos. Luego cruzó Las Dos Tierras -Egipto- don de le dio muerte a Busiris, un rufián que asesinaba extranjeros por deporte. Pasó a Arabia donde se enfrenta y derrota a Ematión, hijo de Titono. Al llegar al Mar Rojo se embarca una vez más en La Copa del Sol, que le conduce rauda a la región del Cáucaso: allí se encuentra a Prometeo encadenado a la gigantesca piedra, soportando el castigo impuesto por Zeus. Heracles no lo duda: asesina al águila que le devoraba las entrañas y libera al desdichado iluminador. Este en agradecimiento, le enseña a Heracles que jamás podrá tomar Él mismo las manzanas maravillosas aún estando en las Hespérides. Tan sólo Atlas era capaz de hacer eso, por lo que debía Él también ser liberado de su condena, que le imponía cargar el peso del Firmamento en sus hombros.

El Héroe partió y liberando a Atlas, le propuso que fuera al áureo Jardín y tomara las manzanas mientras Él le remplazaba sosteniendo los Cielos. Atlas aceptó y cumplió su objetivo. Al volver le enseñó a Heracles los maravillosos frutos dorados que había tomado; sin embargo, le dijo a Heracles que no tenía intenciones que volver a cargar con el Firmamento, por lo que se iría dejando al Héroe en su remplazo. Astuto, Heracles fingió aceptar, pero engañó a Atlas para aceptara tomar la carga sólo un instante para que Él pudiese acomodarse un cojín en sus hombros que le hiciera menos fatigoso el peso de los Cielos. Atlas volvió a sostener el peso y fue cuando Heracles tomó las manzanas y se marchó, dejando una vez más al condenado soportando su condena, merecida por intentar evadirse de la misma engañando a otro.

Ante la incredulidad de Euristeo y el júbilo de la población, Heracles presentó las doradas manzanas de las Hespérides que posteriormente fueron consagradas a Atenea. Luego, por decisión del Destino, debió retornar los áureos frutos a su lugar de origen, pues las Leyes Eternas prohibían que estos reposaran en un emplazamiento distinto al suyo propio. Así se hizo y el Héroe retornó triunfante.

***

Heracles había cumplido. Sobreponiéndose a la adversidad y a la malquerencia de sus enemigos, expió su pecado y transmutó a una condición mucho más elevada, semejante a los Dioses mismos. Los cielos tronaron anunciando la Gloria de Heracles. Era el mismísimo Zeus Crónida quien enaltecía la condición sobrehumana de su hijo divinizado. A partir de allí, las estrellas brillarían más altas en el Firmamento, para anunciar al Mundo la Gloria de uno de los Símbolos más elevados de la transmutación y ascenso hacia lo Sublime, que el Mito y la Leyenda en su imperecedera Sabiduría, podían legar como ejemplo a los Hombres: HERACLES.

***

En medio de sus duras pruebas, Heracles vivió muchas otras aventuras. Sin embargo su relato, será objeto de otra entrada.

Dormid, dormid ahora: jamás despertaréis de esta aventura onírica…Du mußt Caligari werden…

 

Del género del terror, El Gabinete del Dr. Caligari (Das Cabinet des Dr. Caligari), film alemán de 1920 y dirigido por el director Robert Wiene, es el primer y más elaborado ejemplo del Movimiento Expresionista germano, que durante los años 20 de la pasada centuria, echó sus raíces en el Séptimo Arte, campo fértil que vio nacer un catálogo variado de cintas con contenido profundo y envolvente.

La película que hoy nos ocupa en El Cinematógrafo, jamás ha pasado indiferente a la audiencia.  Cinéfilos o no, neófitos o consumados expertos, el efecto de esta magistral cinta logra un marcado efecto en todo aquel que la visualiza, no sólo por su argumento cargado de suspenso, sino por la concepción visual que la envuelve. Como suprema producción cinematográfica de expresionismo, la libertad artística de sus escenas es notable y llevada a extremos de impacto: de principio a fin, los escenarios que sirven de trasfondo a su trama, están dominados por un surrealismo casi infantil e inmaduro en sus formas y colores, cuyo efecto psicológico toca en lo más profundo del inconsciente humano, tan anguloso, intrincado y laberíntico como los decorados mismos del film. Calles, casas, tejados, puertas…Todo parece diseñado por la particular visión del niño interior, aquel que teme a la oscuridad y soporta un profundo miedo ante seres de facciones y contexturas irreales.

Catalogada como la fantasía personal de su protagonista, para quien esto escribe resulta más bien una increíble experiencia onírica, el sueño que jamás logra olvidarse, y que en muchos casos resulta una pesadilla, habida cuenta las emociones que produce en quienes a ella asisten. Nadie escapa a su angustiante desarrollo.

En cada uno de sus personajes -especialmente los principales- hay un simbolismo que expresa la fragilidad de la condición humana, así como la truculencia de la que el subconsciente es capaz. Profundos temores freudianos asoman angustiosos para recordarle al Hombre, su miseria interna. La permanente sensación de amenaza y opresión mental que gravita en el film, semejante a la más atonal de las partituras, es una característica que jamás se resuelve positivamente: hasta el final de la película, con su sorpresivo desenlace, el torbellino emocional va en aumento y, lejos de desvanecerse, permanece como una advertencia inquietante en la mente del espectador.

Con producción de Rudolf Meinert y Erich Pommer de la UFA, y guión de Hans Janowitz y Carl Mayer, El Gabinete del Dr. Caligari constituye una de las mayores joyas del Cine Mudo y en general, de todo el Séptimo Arte.

***

Argumento: en un apacible jardín se encuentra Francis, en compañía de un amigo a quién pretende relatarle una historia terrible, una experiencia del todo inolvidable que le sucedió en su vida.

Con el inicio de su relato, se produce un flashback, que domina durante casi toda la película. En el pequeño pueblecillo de Holstenwall, Francis y su amigo Alan recorren las ferias que tienen lugar durante las festividades anuales. A una de estas ferias acude un misterioso personaje de aproximadamente 60 años, que se hace llamar Dr. Caligari: se presenta como un místico con poderes sobrenaturales, conocedor de las artes hipnóticas y que ofrece un espectáculo único, empleando una especie de sonámbulo llamado Cesare. Al tiempo que esto sucede, en la pequeña villa empiezan a ocurrir inexplicables homicidios que superan el poder investigativo de los cuerpos policiales.

Una noche, Francis y Alan se aproximan en medio de un grupo de curiosos, para presenciar el espectáculo de sonambulismo hipnótico ofrecido por el Dr.  Caligari: frente a todos hace su aparición Cesare, ser carente de volición, que sólo obedece los dictados de su amo. Ante la sorprendida concurrencia, Cesare enseña su más notoria habilidad: el don de la profecía. Alan, dominado por el interés, se aproxima a Cesare y le pide que profetice el día de su muerte. Con rostro aterrador, este señala que antes del amanecer, Alan estará muerto.

El público se dispersa y todos se retiran a sus casas. Durante la noche, una furtiva sombra ingresa en los aposentos de Alan y le asesina a puñaladas.

A la mañana siguiente la consternación es general. El crimen sencillamente es perfecto: no hay pistas sobre su autor. Francis, que sospecha de la responsabilidad de Caligari, se dedica a observarle cuidadosamente, en compañía de Jane, su novia.

Una noche en que esta no pudo acompañarle, Francis observa durante largo rato a Caligari en su casa, acompañado siempre de Cesare. Sin embargo es un truco: la coartada ha sido montada para que el verdadero Cesare, se introduzca en la habitación de Jane y la asesine. Sin embargo el poder hipnótico no surte el efecto deseado y Cesare es incapaz de cometer el crimen. A cambio de esto, secuestra a la joven y la transporta por techos y muros, en medio de un alboroto general. La policía persigue a Cesare, mientras Francis hace lo propio con Caligari. Su persecución lo lleva hasta el hogar psiquiátrico del pueblo, para descubrir horrorizado, que Caligari es en realidad el director de dicho asilo.

Dada su elevada posición, el Dr. es intocable. Francis nada puede contra él, pese a lo evidente de su responsabilidad en los homicidios en los cuales se valió del hipnotizado Cesare. Por ello decide mantener una estricta vigilancia sobre el afamado médico, a fin de desentrañar su misterio.

Una tarde, Francis se introduce subrepticiamente en el despacho del Dr. Caligari y allí descubre sus secretos. Un viejo libro, en donde se refieren las aventuras de un individuo de nombre Caligari, que hipnotizó a un hombre llamado Cesare en el siglo XVIII y le obligó a cometer toda clase de fechorías, es la clave para demostrar la locura del director del asilo y acabar con su juego. Al ser confrontado por los notables del pueblo, este moderno Caligari acepta su responsabilidad: es declarado insano mental y encerrado en el mismo asilo que antes regentaba.

El film retorna al escenario inicial, donde Francis le está relatando esta historia a su interlocutor primero. Al concluir su narración, ambos se levantan y se desplazan hacia el viejo edificio que se alza ante ellos. Y es aquí donde tiene lugar una de las pioneras y mayores vueltas de tuerca*  de toda la historia del Cine: la escena, en un giro argumentativo impresionante e inesperado, revela que Francis es en realidad un demente recluido en el manicomio, obsesionado con una fantasía en la que ha involucrado a Jane y a Cesare -otros pacientes del asilo-, tomando la misma como un hecho real y consumado en su vida. Caligari es el médico que atiende al pobre Francis; su esperanza es poder curar a su paciente y borrar de su espíritu la absurda historia que cuenta a todos.

El film concluye con un enigmático primer plano del Dr. Caligari.

***

El Gabinete del Dr. Caligari (1920)

 

Werner Krauss es el Doctor Caligari;

Conrad Veidt es Cesare;

Friedrich Feher es Francis;

Lili Dagover es Jane;

Hans Heinrich von Twardowski es Alan.

Dirigida por Robert Wiene. Producida por UFA

(La restauración de este Film, ha conducido a que los créditos que acompañan a toda película muda, hayan sido traducidos del alemán al inglés).

Para acceder al portal de enlace -donde OPENFLIX ha subido el film- pincha AQUÍ

***

LA BATUTA rinde su reconocimiento a esta gran producción cinematográfica.

***

* En el Séptimo Arte, se conoce como Vuelta de Tuerca a aquel abrupto e inesperado giro argumentativo, que modifica sustancialmente el desenlace de la historia y el rol de cada uno de los personajes en el libreto.

-Ha pasado como un soplo la estirpe de los Dioses y el mundo ha quedado nuevamente sin Señor-: parafraseando un poco un antiguo pensamiento wagneriano, que el Genio de Bayreuth pretendía utilizar en algún instante de su monumental Tetralogía, creo haber hallado un breve diagnóstico, corto pero tétricamente veraz, sobre el estado actual de cosas en el mundo en que vivimos.

Lejos, en la bruma de un utópico tiempo, han quedado los modelos ideales de una sociedad humana regida por el orden y la armonía, como rectoras del sentido común y que cual seres inteligentes estamos llamados a cultivar y practicar, como deber sumo. Difuminados por un insoportable sortilegio venido de fuera y que así lo ha decidido, los más altos valores del Hombre son sistemáticamente ignorados por el hombre mismo (esta vez en minúscula), lo que le conduce en un descenso irresistible en la espiral de la disgregación de su naturaleza, otrora Divina y Luminosa, si hemos de atender aquel viejo y simbólico refrán que dice “Faciamus hominem ad imaginem et similitudinem nostram”.

Es así como uno de los conceptos más bellos germinados en lo profundo de la inteligencia, la Justicia, luce como un cuento de hadas: hermoso pero irreal.  Y con la Justicia, la idea de autoridad y el respeto por ella, además del recto y diamantino proceder de los hombres en sociedad, como convicción tan natural que ni siquiera necesita ser probado o explicado, se evapora y desaparece irremediablemente en etéreo elemento.

La corrupción se ha apoderado de las mentes. Ningún hombre teme hoy a la labor de las autoridades, cuando ha cometido una falta que atenta contra el orden social o natural. Cínicamente se burla de ella, mostrándose orgulloso de su torcido proceder. Esto es así por cuando aquellos llamados a representar a la Diosa Dike, – los otrora emisarios del Orden- olvidan sus mandatos y se entregan en brazos de un sistema anárquico, en donde todos se ayudan mutuamente para pisotear el más elemental Deber del hombre en sociedad, cual es el de la honorabilidad a toda prueba.

Así las cosas, los funcionarios de la institucionalidad y las buenas costumbres, se confunden inevitablemente con los criminales. Estos ya no le temen a nada: saben que todo pueden podrirlo. De ahí que la Justicia llora y las gentes honestas, son las que deben temer.

Este es el espantoso panorama de las sociedades modernas a lo largo y ancho del globo, en donde autoridades uniformadas, jueces y funcionarios públicos gubernamentales, pisotean el Orden que debe reinar en todo grupo humano, favoreciendo el crimen y la bajeza, con lo que alimentan día tras día ese horrendo Leviatán de la corrupción.

***

Vuelvo entonces a los tiempos idos de mi niñez, cuando con rosada mirada contemplaba un mundo ideal, en donde los bandidos temían a la autoridad impoluta de los dignos hombres de Leyes (dignos en verdad: hoy sólo fantasmas de incultura y grosería), así como se espantaban ante la mano de los ejecutores de las mismas. Un delincuente, al ser descubierto, procuraba huir; al ser atrapado, bajaba la cabeza como muestra de vergüenza y arrepentimiento. ¿Qué sucedió con todo eso? ¿Nunca ha sido verdad como de niño creía? ¿Por qué el cinismo más descarado, amante del corrupto sistema, es el que domina hoy, haciendo de la Justicia un objeto de total burla? Es algo que no puedo comprender, mucho menos aceptar.

Entonces retornan a mi mente las palabras de mi Maestra de infancia; ella, con su maternal Voz, reflejo de las enseñanzas más pulcras, leyó para mí esta bella historia que extraigo de las amarillentas páginas del viejo libro, y cuyo mensaje es empero, inmortal:

***

“Ambos mienten”

 

Hace muchos años, según cuenta la leyenda, cada animal debía cazar en su propio territorio y respetar lo ajeno. Todos los habitantes de la selva cumplían por convicción esta Ley, grabada en los troncos de los árboles por el Tigre, el Lobo, la Danta y el Jabalí. Nadie se atrevía a desafiar tan terribles Jueces.

Sin embargo, el gato montés,- que es un gran ladrón- penetró en la madriguera del borugo, guagua o lapa- como quiera llamársele- y robó lo que este previsivo animal tenía.

¿Quién había violado la Ley? La lapa descubrió que el responsable era el gato montés. Acudió ante el jefe, el temido Tigre, y le informó lo sucedido.

El Tigre envió al Lobo con órdenes de investigar el hecho y notificar al ladrón sobre la denuncia, para que se presentara ante él. Al conocer esto, el gato montés tembló. Sabía que si se comprobaba su delito, recibiría el abrazo de la Danta, es decir, un abrazo mortal.

Iré – respondió. -Pero llevaré a mi testigo para demostrar que la lapa miente.

Y empezó a meditar a quién pediría el favor de servirle de testigo. ¿Al mono? ¡No! El mono tiene fama de ser muy mentiroso… ¿Al zorro? ¡Menos aún! El zorro es pícaro… ¿Al armadillo quizás? Tampoco. Al armadillo es difícil hacerlo hablar. ¿Al oso hormiguero? ¡Buen testigo! -pensó- y salió a buscarlo.

-No -respondió el oso hormiguero. -Yo no te he visto robar, pero tampoco te he visto no robar.

-Sálvame la vida -suplicó el gato montés gimoteando: -si no llevo un testigo, nadie me creerá y me abrazará la Danta… Ay, ya siento crujir mis huesos…Sálvame…Por favor…

Tanto suplicó, que el oso hormiguero aceptó el encargo de declarar en su defensa.

Ya ante el Tribunal conformado por El Tigre, el Lobo, el Puma, la Danta y el Jabalí, compareció el sindicado.

-La lapa te acusa que te apoderaste de lo que ella tenía en su madriguera -rugió el Tigre.

-No niego haber penetrado en su cueva -replicó el gato montés.

Un murmullo de indignación recorrió la sala. Los cuadrúpedos y pájaros que presenciaban el Juicio exclamaron:

-¡Canalla! ¡Violó la Ley! ¡Que le abrace la Danta! ¡Que el Jabalí le hiera con sus dientes!

-¡Un momento! -gritó el gato montés. -Yo entré en la cueva de la lapa porque alguien me venía siguiendo en la noche.

-¿Quién te perseguía? -preguntó el Puma.

-Me perseguía un hombre…

-Oh -exclamaron casi todos lo animales. -¡Eso es terrible! Tuvo razón el gato montés. No había más remedio que meterse a la cueva de la lapa.

El astuto animal, satisfecho de su mentira, la reforzó diciendo:

-Y quien me perseguía no era un hombre como cualquiera. ¡Había que verlo! Tenía…dos largos y puntiagudos cuernos…

-¿Y quién más vio a ese monstruo con “dos largos y puntiagudos cuernos”? -preguntó el Jabalí.

-Tengo un testigo -afirmó el gato montés.

-Sí, es cierto, yo también vi a ese hombre que perseguía al gato montés -aseguró el oso hormiguero.

La causa parecía ganada. Pero el Lobo, sospechando algo extraño, aulló:

-Responda oso hormiguero: ¿cuántos cuernos tenía ese hombre?

-Tres cuernos.

El gato montés acababa de asegurar que dos.

-¿Quién le está mintiendo al Tribunal? -preguntó indignado el Puma.

-Lo que ocurre es que ese hombre llevaba un fusil -aseguró el gato montés -y el oso confunde el fusil con otro cuerno.

El Tribunal empezó a dudar. Se miraban unos a otros cuando el señorial y respetable Búho dijo:

-¡Ambos mienten! Miente el gato montés y miente el oso hormiguero, testigo falso. Yo no he visto a ningún hombre con cuernos y menos con un fusil en nuestra selva. Desde las copas de los árboles todo lo observo. El gato montés asegura además que ese hombre lo perseguía de noche y los hombres no ven de noche. ¡Ambos mienten!

-¡Culpable! -rugió el Juez Tigre. -Abraza al gato montés -ordenó este a la Danta; -Tú Jabalí, acaricia al oso hormiguero con tus colmillos.

La sentencia iba a ser cumplida, cuando gritó el conejo -¡Un momento! Perdonémosles la vida.

-De ninguna manera -gritó el Puma. Violaron la Ley y deben ser castigados conforme a ella.

-La Ley -contestó el gorila – tiene sus excepciones según el caso. Depende de la habilidad de los defensores y a veces, hasta de los mismos jueces.

-De acuerdo -asintieron los presentes.

-¡Sí, pero que se le castigue -intervino la lora.-Yo propongo que al gato montés lo cuelguen de un árbol durante dos semanas, con la siguiente leyenda:

Miren al gato montés.

Está aquí maniatado

Por pícaro, bribón

Y sinvergüenza ladrón.

-Y en cuanto al otro, debe permanecer diez días con el hocico amarrado a una piedra con esta explicación:

Observen este oso hormiguero;

Es un estúpido majadero, que del audaz gato montés

Instrucciones aceptó

Y como falso testigo declaró.

Todos aprobaron la sentencia.

***

Escrito por Álvaro Yunque. Recuperado por LA BATUTA

 

 

 

“Tomaré al destino por su cuello; no me doblegará ni me aplastará a su antojo” — Ludwig van Beethoven.

Hacia 1799 -muy poco después de su definitivo traslado a la ciudad de Viena-  y cuando el prestigio de Beethoven como compositor y virtuoso del piano empezaba a hacerle famoso en los más exigentes círculos musicales de la Ciudad Imperial, los primeros síntomas de sordera hicieron su preocupante aparición en la vida del Músico. En un primer momento los atribuyó a males pasajeros, producto de su naturaleza física débil y muy propensa a las enfermedades, cosa a la que estaba acostumbrado desde sus años de niñez en Bonn; por ello dejó pasar el hecho como algo sin mayor importancia, evitando hablar de ello con sus amigos y conocidos. Sin embargo, con el paso de los meses su audición se vio evidentemente disminuida, por lo que Beethoven se convenció que, en definitiva, algo malo estaba pasando.

Para 1801 el problema llegó a ser alarmante. Sumamente inquieto, Beethoven se sintió en la necesidad de manifestar este problema a un círculo muy reducido de fieles amigos, quizás con la esperanza de obtener una voz de esperanza en la forma de sugerencias y recomendaciones, pero sobretodo, rogando que el silencio fuese rector de toda la situación. En este punto, se inicia el alejamiento de Beethoven, de toda vida social cordial y amable. Una de las confesiones epistolares redactadas por el Genio, tiene fecha del 29 de junio de 1801 y va dirigida a Franz Wegeler, amigo, médico de confianza y esposo de Eleonore von Breuning, el primer amor de infancia de Beethoven. Dice esta:

“Me has preguntado por mi situación actual; pues bien, debo decirte que esta no es mala en el aspecto profesional. Desde el año pasado, Lichnowsky -que increíblemente ha sido siempre y aún es mi amigo, pese a que ha habido algunos desacuerdos entre nosotros que empero han fortalecido nuestro vínculo- me ha hecho llegar una comisión de 600 florines, la cual me garantiza un modo de vida satisfactorio; mis composiciones me producen mucho dinero y tengo varios encargos aún pendientes para ser iniciados. Aún más, para cada obra nueva tengo la demanda de seis o siete editores -incluso más-, entre los que elijo según convenga más a mis intereses; no necesito firmar contrato alguno con ellos: expongo mis condiciones y me pagan de inmediato”.

“Pero ahora, ese demonio envidioso que es mi mala salud, me ha jugado una mala pasada. En los últimos tres años, mi sentido del oído se ha debilitado progresivamente y se me ha dicho que la causa primordial pueden ser mis intestinos, lo cuales ya sabes cuántos problemas me han ocasionado en el pasado. Mi condición intestinal empeoró desde mi arribo a Viena, he padecido constantes diarreas que me han postrado a una situación de extrema debilidad. El pasado invierno fue terrible para mí. Hasta hace cuatro semanas acudí a ver a Werig, quien ha conseguido detener esta violenta diarrea y me ha ordenado tomar baños en el Danubio, a lo cual debo añadir algunas botellas de tónico. Al principio no me prescribió ninguna medicina, pero hace cuatro días me ordenó tomar unas píldoras para el estómago, además de unos lavados de oído. Esto ha dejado como resultado que la fuerza retorne a mi cuerpo y la salud mejore…excepto por mis oídos que no dejan de dolerme día y noche”.

“Ahora llevo una vida de ermitaño, pues durante casi dos años he procurado evitar toda compañía, dado que no puedo decirle a nadie que estoy sordo. Si tuviera otra ocupación todo sería más sencillo, pero en mi trabajo esta situación es terrible. Y en cuanto a mis enemigos, que te consta que no son pocos, ¿qué dirían si supieran de esto?”

“Si me encuentro a cierta distancia de los instrumentistas o los cantantes, me es imposible oír las notas más agudas; en las conversaciones, me asombro que aún haya gente que no note mi problema; habitualmente simulo estar mentalmente ausente, lo que justifica mi silencio con las personas. Aún más: debo decirte que apenas puedo escuchar a alguien si habla a media voz, es decir, puedo escuchar el timbre de su voz pero no distingo las palabras; por otro lado, si esa persona grita, el ruido se me hace insoportable. Lo que ocurrirá después de esto, sólo Dios lo sabe. Werig dice que tiene que haber una mejora, tal vez una completa recuperación”.

“En los últimos tiempos he maldecido mi vida a menudo. Plutarco me ha enseñado la resignación. Debo afrontar mi destino, aunque en ocasiones me sienta como la más infeliz de las criaturas de Dios. ¡Resignación!, ¡resignación! ¡Qué miserable refugio es el que me queda!

El desesperado tono en que Beethoven escribió esta carta, fue apenas el preludio de la que constituiría la mayor tragedia de su vida: la sordera. Ciertamente no se equivocaba al expresar su aprehensión sobre la posibilidad que los insidiosos conociesen su afección: habría sido su fin como Músico. Sólo el paso de los años, con los cuales vino su reconocimiento como uno de los Grandes Compositores de la Eterna Viena, le libró del peso del silencio frente al público, no así de sí mismo.

 ***

Para el verano de 1802, Beethoven se retiró a una apacible localidad en las cercanías de Viena, llamada Heiligenstadt. Fue allí, en medio del fragante aroma del campo y la suave brisa estival, que operó una profunda transformación en el Músico, quien bajo el efecto de una revelación, comprendió su misión para con la Humanidad y la Historia, madurando como Hombre y Ser por encima del común de sus contemporáneos.

En este escenario, fue que Beethoven redactó el que sería conocido como “Testamento de Heiligenstadt”, una suerte de misiva dirigida a sus hermanos Kaspar y Johann, pero cuya intención era que fuese conocida por todo el género humano. Algunos de sus apartes dicen así:

“A mis queridos hermanos Kaspar y Johann van Beethoven:

¡Oh, vosotros que me consideráis y declaráis hostil, obstinado o misántropo, cuán injustos sois conmigo! No conocéis las causas secretas que me hacen aparecer así. Mi corazón y mi mente, desde mi niñez, me instaban a los tiernos sentimientos del cariño y el afecto. Siempre me sentí llamado a realizar grandes obras; pero pensad, solamente, que durante los últimos seis años me he visto atacado por un mal incurable, agravado por la ineptitud de los médicos, defraudándome año tras año en vanas esperanzas de mejoría, obligado finalmente a admitir la potencia de mi mal”

“En ocasiones he tratado de olvidarlo todo; ¡cuán cruelmente sin embargo he sido repelido por la dolorosa experiencia de mi oído defectuoso! Y no me era posible decirle a la gente, ¡hablad más alto, gritad, porque soy sordo! Ay, ¿cómo podía yo proclamar la carencia de un sentido que debería poseer en más alto grado que ningún otro, un sentido que en tiempos poseí con más agudeza que cualquiera de mis colegas? ¡Ciertamente no puedo! Perdonadme entonces si me veis retraído cuando de buena gana estaría con vosotros”.

“Me veo obligado a vivir en un exilio (…) ¡Qué humillante resultaba el que alguien, a mi lado, escuchara el eco distante de una flauta y yo no pudiera distinguirlo, o se me avisara del canto de un pastor y nuevamente me hallara yo privado de sentir sonido alguno! Tales circunstancias me han llevado al borde de la desesperación y poco ha faltado para que ponga fin a mi vida. Sólo mi Arte detuvo mi mano. ¡Ah, me parecía imposible abandonar este mundo hasta no haber producido todo lo que en mi interior sentía que debía realizar!”

“¡Oh Dios! Tú contemplas desde lo alto mi miseria. Tú sabes que va acompañada de amor hacia las demás criaturas y de disposición hacia las buenas obras. ¡Oh hombres! Cuando algún día leáis esto, pensad que habéis sido injustos conmigo…”

“¡Oh Providencia, garantízame al menos un día de sincera alegría! ¡Hace ya tanto tiempo que soy un extraño a los deliciosos sones de la alegría! ¿Cuándo, oh Dios, cuándo sentiré de nuevo esa alegría en el templo de la Naturaleza y de los hombres? ¿Nunca? ¡No, eso sería demasiado duro!”

***

¡Ved pues vosotros, oh hombres, la tragedia de un Ser que en la flor de su vida, ha ascendido a la inmensidad del Templo de la Eterna Sabiduría, de la mano del más indecible de los sufrimientos! Beethoven no será ya un simple humano -aunque sea el más Humano de todos ellos-, ni su nombre habrá de ser ignorado por el Gran Libro de la Inmortalidad. Soportando la más cruda de las pruebas, su Genio ha eclosionado por fin, en el momento justo y de manera definitiva, para volar raudo hacia las Doradas Regiones de la Divinidad, donde la Luz más Bella brilla con mayor fuerza que el Sol mismo. A partir de este duro momento, Beethoven dará Vida a las más altas concepciones del Arte Musical, reflexionando, inspirándose, trabajando, moldeando, construyendo, puliendo…en una sola palabra: Creando. Y su Creación será el reflejo de su constante y épica lucha contra la adversidad, la cual constituirá para Él, un principio vital desde donde habrá de surgir su Sí Mismo, aquel que se eleva de sus propias miserias para alcanzar los niveles sublimes de la existencia, glorificando la Suprema Voluntad por la que fue traída su alma a este Mundo.

Cruel entonces resultará decirlo, pero la sordera de Ludwig van Beethoven resultó en la mayor felicidad para la Música y para todo el género humano, legatario por naturaleza de las más altas creaciones musicales.

***

Es en este contexto, en que nace la Sinfonía n° 2 en Re Mayor, Op. 36. En ella, aunque aún subsisten las influencias del pensamiento Clásico (la Segunda es incluso más próxima al estilo de Joseph Haydn que la predecesora Sinfonía n° 1), ya empieza a despuntar el tradicional Beethoven, aquel que imprime su espíritu de batalla en cada nota compuesta. Desde la imponente primera nota que abre la Sinfonía, se advierte una magnitud rítmica de absoluta solemnidad, la cual confiere impulso inicial a todo el conjunto que habrá de desarrollarse con vivaz estilo en lo sucesivo, sólo apaciguado un poco por el segundo tiempo, pausado y reflexivo, pero no menos beethoveniano en cuanto a su espíritu.

La Segunda Sinfonía es por ello, de un estilo muchísimo más audaz y novedoso que todo lo compuesto hasta entonces, no sólo por Beethoven. Si desde sus Tres Tríos Op. 1, el Genio había sorprendido a una crítica musical aún muy ceñida al estilo Clásico, ahora daba un paso hacia adelante en la expresividad, que habría de erigirse en característica fundamental del Romanticismo que tocaba ya a la puerta. De ahí que dicha crítica, en un primer momento manifestó positiva -aunque tímida- sorpresa por esta intrépida Sinfonía; no tardó empero en hacer ácidos comentarios, especialmente al echar de menos el tradicional Minuet, que Beethoven sustituyó por un Scherzo, a fin de dar coherencia a sus intenciones musicales, y verterlas materialmente en la partitura. En 1804, el Zeitung für die Elegant Welt, de la ciudad de Viena, hizo el siguiente comentario a propósito de la obra que hoy nos ocupa:

“La Segunda Sinfonía de Herr Beethoven en un complejo monstruo, un horrible dragón herido retorciéndose, que se niega a expirar, y que aunque se desangra en el Finale, sigue revolviéndose y dando furiosos coletazos a un lado y otro…”

Aunque el comentario fue hecho con maldad quizás, no es menos cierto que en todo ello está descrito el pensamiento de Beethoven, aunque no comprendido: el espíritu de lucha.

El primer Movimiento – Adagio – Allegro con brio, se abre con un solemne y dominante tema introductorio que se desarrolla en si bemol mayor, el cual adquiere un carácter adusto que concluye en un acorde en fortissimo, el cual da paso a una susurro de las cuerdas que sólo disipa la flauta en su camino hacia la sección más vivaz y marcial de todo el primer movimiento, el cual brota optimista recordando las Sinfonías de Haydn (aunque bajo un lenguaje novedoso) y conduce decidido todo el desarrollo del movimiento, hasta su término, en la rutilante coda.

El segundo movimiento – Larghetto, es el momento de mayor reflexión filosófica de la obra. Inspirado más en el estilo de Mozart, su característica fundamental es el estilo melódico y cantábile que se apodera de toda la secuencia. Constituye un suave remanso de pensamiento y cadencioso baile entre los instrumentos de la Orquesta, que discurre libre y filosófico hasta su final. Tal cosa se verificará de diversas maneras en los sucesivos tiempos lentos de las Sinfonías beethovenianas: quizás en la Sexta y en la Novena se encuentre la mayor similitud, aunque aquí, el tributo a Mozart está dado por el momento musical del Genio sordo.

El tercer movimiento – Scherzo. Allegro, es una de las mayores innovaciones del Sinfonismo beethoveniano. Acorde con su tradicional voluntarismo y carácter indomable, Beethoven no duda en desechar la forma del Minuet, sustituyéndola por un Scherzo de brillantes contrastes dinámicos y armónicos. El tempo de este movimiento es impositivo y autoritario, más no déspota: hay en él un profundo intento de comunicar idea con idea: tal como en la Sinfonía predecesora, Beethoven establece un puente de comunicación entre los dos primeros movimientos y el último, haciendo en este tercero, un diálogo entre los diversos acordes orquestales, y un obstinado tema subrayado por los instrumentos de viento que hace su irrupción, para luego verse nuevamente dominado por el dominante acorde inicial, que encamina el movimiento hacia un ascendente final que presagia la música por iniciarse a continuación.

El cuarto movimiento – Finale – Allegro molto, es la irrupción de Beethoven en el campo de batalla contra sus propias limitaciones humanas, a las cuales no está dispuesto a doblegarse. Animado quizás por una vana ilusión de domeñar su dolencia física, vierte en la partitura el torbellino de sus emociones mediante un exigente dominio de las cuerdas, reales protagonistas del movimiento, a las cuales se suman los instrumentos de viento para dotar al conjunto de la expresividad beethoveniana, portadora de la más recia Voluntad. Beethoven grita al mundo que no estará dispuesto a hacer concesiones de ningún tipo, ni a claudicar ante las adversidades. Con paso decidido y firme, el movimiento encamina la Sinfonía hacia su fulgurante final.

***

La Sinfonía n° 2 en Re Mayor, Op. 36 de Ludwig van Beethoven, fue compuesta entre 1800 y 1802, especialmente en la localidad de Heiligenstadt, para ser dedicada al Príncipe Carl von Lichnowsky. Fue estrenada el día 05 de abril de 1803 en el Theater an der Wien, en Viena, bajo la Dirección del propio Beethoven. Su orquestación es la siguiente: 02 flautas, 02 oboes, 02 clarinetes, 02 fagots, 02 trompas, 02 trombones, timbales y conjunto de cuerdas (violines, viola, violoncelos y contrabajos).

***

Hans Knappertsbusch, frente a la  Bremer Philharmonisches Staatsorchester (12. 12.1952) y Otto Klemperer, dirigiendo a la New Philharmonia Orchestra en 1970, son hoy los encargados de dar vida a esta magnífica belleza beethoveniana. Los vídeos son obra de ProHabsburg y DieSonneSinkt, respectivamente.

La Batuta rinde su reconocimiento a esta Segunda Sinfonía de BeethovenSegunda Gran Maravilla de uno de los tesoros musicales más altos de los tiempos idos y los venideros y más allá de todo tiempo — auténtico Patrimonio de la Humanidad: las Nueve Sinfonías de Ludwig van Beethoven.

Los misterios de la Creación son inefables y se hallan protegidos por el Velo de Isis, a fin de custodiar sus secretos a través de los surcos del Tiempo. Empero, merced a ellos la Vida es posible, ese sublime milagro que en sí mismo es el mayor y más bello enigma; no podemos darle una explicación desde la racionalidad o el entendimiento científico. Sólo debemos regocijarnos ante el Don mágico que nos ha sido otorgado y experimentar una profunda sensación de felicidad ante su fragante rocío, que perfuma los espacios y habla a nuestros oídos con la más dulce de las voces.

Esa Voz está presente aún en la vibración etérea que  mueve la existencia. Introduzcámonos en la voluminosa obra de H. P. Blavatsky, “La Doctrina Secreta”: allí la sabia mujer llama nuestra atención al indicarnos que todos los seres de la Creación (absolutamente todos), sean animados o inanimados y en su propio plano de existencia, están dotados de consciencia. Desde el más infinitesimal grano de arena que tiñe la dorada playa, hasta el más evolucionado de los Seres vivos, todos disponen de consciencia, como consecuencia inevitable de la Vida misma.

Tal es entonces la depositaria de las voces secretas de la luminosa Naturaleza y desde allí irradia su benevolente energía a todos los rincones de nuestro entorno y a nosotros mismos. Como partícipes de este inmenso escenario, también los Hombres nos comunicamos involuntariamente mediante este lenguaje sutil que hace del superior plano de la consciencia, el Unus Mundus, la totalidad que rige el Todo, aunque compuesta de la multiplicidad: E Pluribus Unum.

Para quien esto escribe, esta realidad es aún más evidente en las cumbres nevadas de los majestuosos Alpes, justamente en la frontera que separa Baviera de Austria: allí el tiempo se detiene y la consciencia se eleva hasta hacerse Una con la de las orgullosas elevaciones que allí dominan, comunicando las Verdades Eternas que componen la inmensa Sinfonía de la Creación: he ahí los misterios, he ahí el enigma, arropando el escenario natural que es la respuesta inevitable de ese Supremo Bien cuyo dulcísimo rocío, resulta tan inefable como mágico.

***

Richard Strauss (1864-1949) no fue ajeno a la grandiosidad de este Centro Vital del Mundo. Como heredero del lenguaje musical wagneriano, trovador de la Superior Visión del Universo, el Maestro muniqués expresó con suma fidelidad la realidad descrita, en su monumental Sinfonía Alpina Op. 64.

Es la última de sus grandilocuentes composiciones para Orquesta: Strauss paulatinamente fue abandonando el campo del Poema Sinfónico para abordar con mayor interés la Ópera: de su pluma ya habían sido compuestas Salomé, Elektra, El Caballero de la Rosa y Ariadne en Naxos, cuando entre finales de 1914 y comienzos de 1915, el Maestro concluyó el que sería por él considerado, su mejor trabajo orquestal.

La Sinfonía Alpina es uno de los más puros y notables ejercicios de Música Descriptiva que haya sido producida en todas las épocas. Haciendo uso del leitmotiv (herencia wagneriana una vez más), Strauss logra comunicar al oyente los sentimientos que produce la visión de un paisaje alpino: la obra es en sí misma, un constante ejercicio descriptivo, en el que se narra una excursión en la cual se asciende a la cumbre de una montaña en el sur de Alemania. Así la música, con timbres y modulaciones de cada instrumento, se encarga de reflejar cada momento y elemento presente en este vasto escenario.

La obra inicia lenta y sombría, con un acorde en mi bemol que describe la noche, momento en el cual se inicia el camino hacia la montaña. Lentamente la música conduce al oyente hasta la apoteósica aparición del Sol, subrayada sonoramente por la orquesta y desencadenando una sensación de optimismo y agradecimiento por los benevolentes rayos dorados.  

El caminante continúa su peregrinaje mientras al fondo las trompas anuncian la presencia de los cazadores. A su paso, las verdes praderas, espigados árboles y sonoras cascadas dan la bienvenida al visitante que aborda lo más sublime que otorga la naturaleza. Al internarse aún más en la espesura del bosque, el indefinido protagonista del ascenso (quizás el compositor mismo transmitiendo sus impresiones al oyente), alcanza un blanco glaciar y tras él, corona la altitud nevada de la majestuosa montaña iluminada por el Astro Rey, momento sublimado por la orquesta con una inspiradora melodía; el Sol y la Cumbre son exaltados como la exaltación misma que en ellos subyace.

Lentamente oscuros nubarrones envuelven la escena: se desata una tormenta que obliga al inmediato camino de vuelta. Al retornar la calma luego del temporal, los diversos elementos que componen la sublime travesía se hacen presentes.  El Sol se pone en el horizonte y retorna la noche, el la cual el cansancio vence al alpinista. La paz domina la conclusión de la inmensa Sinfonía.

Considerada como la más titánica obra para orquesta de Strauss, en razón del enorme contingente que exige (unos 150 profesores), fue estrenada el 28 de octubre de 1915 con la Orquesta de la Dresdner Hofkapelle, bajo la batuta del propio Strauss.

Los 22 episodios de la obra, interpretados a lo largo de 50 ininterrumpidos minutos de Música, son lo siguientes:

 1. Noche

2. Salida del sol

3. El ascenso

4. Al entrar en el bosque

5. Camino junto al arroyo

6. Por la cascada

7. Aparición

8. En los prados floridos

9. En los pastos

10. Perdido en la espesura y la maleza

11. En el glaciar

12. Instantes de peligro

13. En la cumbre

14. Visión

15. Niebla

16. El sol se oscurece lentamente

17. Elegía

18. Calma antes de la tormenta

19. Temporal y tormenta, descenso

20. Puesta del sol

21. Epílogo

22. Noche

La versión que hoy nos acompaña (además de los enlaces que evocan a Herbert von Karajan y Rudolf Kempe) corresponde a una lectura hecha por André Previn frente a la Orquesta Filarmónica de Viena.

 

Ninguna palabra más debe ser proferida: que sea la Música de Strauss la que irradie la divina púrpura de esta Voz Eterna, como la Voz de la más Alta Gloria de las Mujeres, custodia de los Misterios que encierra la Naturaleza.

Eine deutsche Volkssage

 

El Movimiento Expresionista en el Cine, constituye un período en el cual las producciones cinematográficas hicieron eco (un poco tardíamente) del Expresionismo como tal, lenguaje artístico nacido en la Alemania de principios del Siglo XX, en el cual prima un criterio de total subjetividad del artista, quien se aparta de una riguroso modelo exterior a él a la hora de dar a luz su obra, para adentrarse en su propia visión y entendimiento del entorno, obedeciendo más a la intuición y a su particular forma de concebir y comprender el mundo.  El Expresionismo ha sido definido por muchos como una “deformación de la realidad”, en tanto se abstrae de la misma para manifestar, lo que el sujeto comprende por tal, más allá de lo que el mundo fenoménico le indica que es. Así las cosas, el movimiento expresionista presenta idealizaciones que en muchos casos parecen caricaturizar más que representar. Su influencia fue notable en diversas formas de producción artística, siendo la pictórica una de las que más abrevó de la nueva tendencia.

El Séptimo Arte no fue ajeno a esta concepción. El florecimiento de grandes producciones fílmicas en los años 20 del pasado siglo, constituyeron empero una reacción tardía a la misma. Sin embargo, para la naciente industria cinematográfica resultó un paso adelante hacia la evolución del Cine que , en razón de  sus escasos treinta años desde que los hermanos Lumiere presentaron al mundo el Cinematógrafo, aún luchaba por ganar un lenguaje propio y su total independencia frente a otras formas de comunicación de las ideas.

Fue así como el Cine inició un ascenso, con producciones como “El Gabinete del Dr. Caligari” de 1919, quizás la más expresionista de todas las cintas de este género, pionera en su tipo y de la cual hablaremos próximamente. Actores y directores de se lanzaron hacia la libertad de expresión que tanto anhelaban y por la cual dieron vida a nuevos modos de manifestación cultural, llevando al público – en muchas ocasiones- a los grandes Clásicos de la Literatura Universal, como el Fausto de Goethe, película de 1926 que hoy nos ocupa.

Dicho film es un auténtico resumen de la enorme obra del gran Goethe. En ella se funden las dos partes de la historia de Fausto, aquel hombre que en su sed de conocimiento, descendió -merced a Mefistófeles- a lo más profundo de la pasión humana para luego ascender luminoso hacia la contemplación empírea de las Doradas Mansiones Celestes. No existe en toda la película una secuencia fiel al texto Goethiano, no sólo por la conocida imposibilidad de reproducir fílmicamente la línea argumentativa de cualquier texto escrito, sino también en razón de la influencia expresionista bajo la cual fue concebida esta cinta.

No son los escenarios de la película (ciertamente expresionistas) los que más se ciñen a esta concepción, sino el libreto mismo el cual, se repite, absorbe las dos partes del Fausto de Goethe y los mezcla a fin de lograr coherencia en el desarrollo de las escenas. Es así como vemos a un rejuvenecido Fausto que vuela por los aires, para deleitarse en orgías y bacanales en diversos palacios del mundo, conquistando mujeres y tomando parte en conflictos mundanos antes de tener sus escarceos amorosos con la bella Gretchen. ¿Es acaso esto, un desconocimiento de lo escrito por Goethe? No. Se le puede entender más bien como un homenaje, en donde la literalidad de la obra es servida por la libertad expresionista del libreto, que pugna por no dejar fuera ningún aspecto de la enorme filosofía que encierra el Fausto, esa catedralicia idea del pensamiento occidental.

Director de esta película fue Friedrich Wilhelm Murnau (su verdadero nombre era Friedrich Wilhelm Plumpe), nacido en Bielefeld – Westfalia, en el año de 1888. Antes de dedicarse al Cine, pasó por la eximia Universidad de Heidelberg, en donde cursó estudios de filosofía, arte y música, lo que sin duda le concedió un bagaje cultural no pequeño, el cual puso al servicio de lo que más tarde sería toda su vida. Dominado por el influjo expresionista, se reveló como un notable genio escenográfico, imprimiendo en cada decorado su intención de manifestar lo más profundo de la psique humana, cosa que conllevó a la creación de escenarios y personajes repletos de sentido y símbolo, capaces dar auténtica vida a todos los niveles de percepción humana del mundo y la naturaleza.

Su ascenso como director cinematográfico despuntó en su Alemania natal, en donde dirigió sus más famosas películas como Nosferatu (1922), Phantom (considerara completamente perdida, pero reencontrada en 2002), Der Letzte Mann (1924) y por supuesto, Fausto de 1926, última cinta de Murnau antes de emigrar a los Estados Unidos, donde trabajaría hasta su muerte, acaecida en 1931.

Es entonces Fausto, eine deutsche Volkssage, una de las obras maestras de este legendario hombre de cine. El valor de este film clásico es inmenso y constituye una de las joyas más apreciadas por los coleccionistas. Participan en la cinta Gösta Ekmannen el papel de Fausto, Emil Jannings como Mefistófeles (gran y notable actuación, con una concepción del todo magistral del mito fáustico) y la bellísima Camila Horn como Gretchen. Año de 1926, cine mudo. Espectacular banda sonora y efectos especiales.

 

Ha sido apehodet, quien ha brindado la película completa en el portal de Youtube, para su cabal visualización. LA BATUTA se complace en presentar es joya del Cine antiguo, como un homenaje a la obra que viaja hacia las regiones De lo Humano en lo Divino y hacia lo Divino, concebidas hace siglos por el gran J.W.v.Goethe y traducidas a imágenes por F.W. Murnau.

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.