“El Golem es una novela fantástica. Es la vertiginosa historia de un sueño…con un estilo admirablemente visual” — Jorge Luis Borges.

 

La vertiginosa historia de  una pesadilla, diríamos nosotros. La más cruel y angustiante pesadilla que proyecta su esencia -desde el momento en que su idea hace aparición en el mundo- hacia un futuro escalofriante que es el resultado  de un presente terrible  y el cual a su vez, es consecuencia de un pasado aterrorizante. 

Porque El Golem constituye lo que a los ojos del hombre común se oculta sobre su realidad cotidiana, sobre su experiencia humana, pero que en su devenir histórico ocupa fundamental sitial; a quien en sus misterios escudriñe en búsqueda de significados, inevitablemente retornará hacia las preguntas que animan la base más esencial -no por ello menos profunda- de la Filosofía Eterna y de la Vida misma: ¿Quién soy? ¿Para qué estoy aquí? ¿Hacia dónde voy? Inevitables tintes ontológicos habrán de teñir el pensamiento y la reflexión, al abordar la idea esencial que subyace en la figura del Golem y sus implicaciones en la existencia misma.

Esto es así y no de otra manera: no es un simple sueño. Es una pesadilla proveniente del pozo de la psique y que ha mutado en realidad, se ha materializado burdamente: es la dominante antítesis que se opone a la tesis para producir una macabra síntesis. Supone el peldaño anterior a la entronización universal del ídolo de barro que como Saturno, habrá de devorar a los hijos de la Última Luz, cuyo destello lucha heroicamente por sobrevivir en medio del océano de herrumbre característico del tiempo presente.

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Proveniente del más antiguo folclor hebreo y sustentado en las fuentes bíblicas y talmúdicas (el Talmud),  el concepto Golem se orienta a definir la sustancia informe (hyle, materia),  potencialmente moldeable; es el no nacido que aspira a ser dotado de vida, valiéndose de un proceso externo a él, llevado a cabo por otro. Circula la creencia según la cual, ocultos en sótanos desprovistos de aire y luz, místicos hebreos del siglo XII se entregaban a toda clase de experimentos secretos tendientes a producir Vida, empleando como base un cúmulo de saberes antiguos, profundamente abstrusos y que hundían sus raíces en los más recónditos vericuetos de la Cábala. Así las cosas, valiéndose de barro o arcilla sobre la cual esculpían una grotesca figura humana, procuraban descifrar las claves que les permitieran insuflar vida a dicha forma, logrando que esta (al menos físicamente) pudiera valerse por sí misma. Obsérvese las espantables dimensiones de ello: vida artificial para un ser hecho de lodo; es inevitable no pensar en el Génesis, cuando Adán fue formado del barro, mediante un procedimiento que dejó como resultado un ser vivo y cuya esencia reside en la chispa divina, sea cual fuere el dios que le haya conferido este don. Visto así, Adán es un Golem, es el primer Golem del que se tiene noticia por vía del sentir hebreo. No se olvide que lo relatado por la religión judía, tan sólo es una parte -y no necesariamente definitiva- de los misterios de la Creación.

Helo pues allí: la idea del Golem es un producto antiguo, un concepto que ya había sido pensado desde tiempos inmemoriales y por medio del cual, algunos pretenden explicar la Vida y el Poder de Dios a través de manos humanas, guiadas por el Conocimiento Oculto del Universo. Una grave crisis ontológica tiene el poder de surgir a la luz, de la mano de este brutal ser de rasgos grotescos y mandíbula desencajada, que hace su aparición cada 33 años en la ventana de una torre sin accesos, al amparo de la más invernal de las noches, en los antiguos guetos de Praga (Gershom Gerhard Scholem, erudito y místico investigador judío, en su obra “La Cábala y su Simbolismo”).

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La leyenda (no se olvide que toda leyenda tiene un sustrato de pasmosa realidad, más aún en este caso) encuentra un punto de inflexión en el siglo XVI, también en la ciudad de Praga, cuando el rabino Yehuda Löw ben Bezaleel (1520-1609), fue sindicado de haber recuperado estas tradiciones, produciendo un Golem en toda regla. Diversas fuentes señalan que este rabino (el más importante de su comunidad) dedicó muchos meses de trabajo a conseguir este objetivo, con el fin de destinar la criatura para que sirviera en los trabajos más pesados que demandaba la comunidad judía del gueto. El Golem, ser dotado de fuerza extraordinaria, sería capaz de llevarlas a cabo todas.

Para dotar de vida a este monstruo de barro, el rabino Löw descubrió (el cómo es intrigante, a la vez que sugestivo) que el secreto para animar a este ser era grabar en su frente la palabra hebrea Emeth, la cual traduce Verdad. Hecho esto, este lodazal humano (semi-humano) sería capaz de valerse por sí mismo, aunque bajo el control de su creador, pero nunca por voluntad propia. El Golem era pues, un ser carente de volición y pensamiento propios, vivo pero sin vida, sin alma. La artificialidad de su vida era la garantía de su mansedumbre a los designios de su amo.

Pero el rabino también señaló el camino para desactivar a este ser. Si de la palabra Emeth (Verdad) que señoreaba su frente, se borraba la inicial E, el vocablo se transformaría en  Meth, que traduce Muerte. Creía así el judío Löw, poder controlar a su monstruo en la totalidad de su funcionalidad robótica más que humana.

Ahora bien: hay quien asegure que  la intención de Löw con esta criatura iba mucho más allá de la inocente intención de proveerse un sirviente para las labores pesadas del gueto. Se cree que este inicial experimento apuntaba a una eventual defensa de la comunidad judía de Praga, expuesta a los avances antisemitas de toda la ciudad. El Golem sería un escudo disuasivo que ampararía a los judíos frente a sus enemigos, por la gracia de Jehová. ¿Rumores o realidad?

Sea como fuere, el experimento no resultó bien. Por alguna terrible razón, el ser dotado de vida artificial por parte de Löw, empezó a desarrollar sentimientos de ira y rencor hacia su monstruosa artificialidad y contra su creador, dejando de ser una mansa y sumisa criatura para convertirse en un violento rebelde con ímpetus de destrucción de todo lo que se encontrara en su camino. Son varias las tradiciones que señalan que bajo su mano murieron varios integrantes de la comunidad judía, quienes además presenciaron como el horripilante hombre de barro destruía sus casas y locales.

¿Qué originó que el Golem, un ser desprovisto de pensamiento, sentimientos, voluntad y alma, pudiese alzarse con un profundo odio, reprochándole a su creador y al mundo su monstruoso nacimiento? Esto resulta un enigma. Lo cierto es que ante esta calamitosa situación, el rabino Löw no tuvo alternativa más que ingeniarse un medio de aproximarse al iracundo ser sin que este le hiriera, a fin de eliminar la letra E de Emeth, y que fuera el término Meth el que suprimiera toda vida de su lodazal figura. La paz retornó al gueto. Löw, junto con sus ayudantes, amortajó la criatura y la depositó (eso dice la leyenda popular) en el desván de la principal sinagoga de Praga, en donde se cree que aún hoy yace en un hermético sarcófago, aunque nadie lo confirme. De encontrarse allí, constituye el secreto mejor guardado del rabinismo en dicha ciudad.

Si tal historia es genuina, ¿qué obscuras motivaciones subyacen a las iniciales y públicas intenciones que justifican la creación de este ser, por parte de un rabino? Y si pudo crear un Golem, ¿qué le impediría perfeccionar el procedimiento para crear Golems en serie? ¿Qué impediría que otro lo hiciera, aún en nuestros tiempos? ¿Con qué fines? Y, ¿quién asegura que no se esté haciendo? Todos estos interrogantes saltan a la luz como un torbellino angustiante. La inquietud se justifica cuando la leyenda del Golem del rabino Löw, establece un paralelo con el posterior Frankenstein de Mary Shelley, los Tulpas de los tibetanos, además del Homúnculo de Paracelso y que incluso Aleister Crowley intentó reproducir. Todos estos seres artificiales, son primos hermanos y descienden de la misma aberrante idea. Si el Golem es el origen de un monstruo, Frankenstein en la proyección a futuro del mismo, con sus implicaciones para la humanidad, máxime si se toman en cuenta las extrañas coordenadas establecidas por Mary Shelley en su impresionante novela, en donde señala lugares, fechas y procedimientos que sugieren sutiles pero evidentes coincidencias con un inmenso tema conspirativo, que empero, no constituye el objeto de este escrito.

El acceso al conocimiento más hermético no es imposible de alcanzar. Sólo se requiere encontrar la llave que abra el pesado portón tras el cual, un Saber aguarda por aquel que le busque. Sólo falta saber si este será usado para Bien o para Mal.

Gustav Meyrink penetró el secreto.

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Gustav Meyrink nació en Viena, el 19 de enero de 1868, de madre muy probablemente judía: Wilhemina Adelheid Meir, quien además se desempeñaba como actriz en papeles secundarios y extras, en escenarios mediocres y de mal gusto. El padre de Gustav era un noble llamado Karl Warnbühler von und zu Hemmingen, el cual, pese a su sonoro nombre y distinguido título de Barón, consumaba su vida en pompas ostentosas y ridículas, además de llevar una doble existencia: mientras se ufanaba de su abolengo, recorría los suburbios vieneses en busca de prostitutas y bebida, abandonándose a la total disgregación de su personalidad. De esta vida disoluta nació Gustav, quien fue rechazado por su padre hasta que su nombre se posicionó como el del brillante escritor que la posteridad ha conocido; entonces le fueron ofrecidos los beneficios de llevar el apellido paterno, cosa que el emocionalmente inestable Gustav  rechazó.

Sin duda el carácter de Meyrink fue fuertemente condicionado por la miseria espiritual que constituyó su origen y que le acompañó en sus primeros años de vida. El auge de las grandes ciudades, dominadas por intereses mercantilistas y luchas sociales con reivindicaciones políticas protagonizadas por ideologías  opuestas, además del efecto producido por un creciente industrialismo y un aberrante materialismo que no veía en el hombre nada distinto a una herramienta productora, también contribuyeron a la formación de su personalidad angustiada y existencialista, que busca su sentido sin hallarlo por ninguna parte. Sin duda, fue hermano espiritual de Franz Kafka (1883-1924), sintiéndose ambos como miserables insectos, productos de una sociedad corrupta y putrefacta.

Pese a ello, Meyrink procuró ganarse la vida en trabajos de reconocimiento público, por lo cual llegó a ejercer como banquero. Sus tentativas de ascenso social y respetabilidad se vieron truncadas cuando tras un bochornoso incidente, Meyrink fue acusado de fraude financiero en 1881, yendo a dar a la cárcel de donde tiempo después se vio libre, más no de sí mismo: padeció un colapso nervioso que arruinó aún más su precaria estructura mental, por lo que flirteó con el suicidio. Decidido a poner fin a sus días, se encerró en su modesto departamento dispuesto a pegarse un tiro en la cabeza. Sin embargo, cuando estaba a punto de hacerlo, alguien deslizó bajo su puerta un folleto de contenido Rosacruz, que Meyrink leyó ávidamente.

Considerando este hecho como un claro mensaje proveniente un poder superior el cual le impidió consumar su suicidio, Meyrink tomó fuerte interés por las ciencias ocultas y el esoterismo, beneficiado en sus nuevas inquietudes por un entorno que constituía un auténtico hervidero de doctrinas místicas. Inició sus investigaciones en este campo, fundando una secta denominada Orden Teosófica de la Estrella Azul, como una clara evocación de la Sociedad Teosófica de Madame H. P. Blavatsky, a la cual perteneció y cuya obra (La Doctrina Secreta), fue ampliamente estudiada por nuestro escritor. Mantuvo estrecha amistad con Annie Bessant y Rudolf Steiner; a medida que sus conocimientos aumentaban, se dedicó a la práctica de procedimientos alquímicos y mediúmnicos, sin descuidar otras ramas del esoterismo que tanto le apasionaba. Sin más  ni menos, procuró descubrir el secreto de todos los Adeptos: encontrar la Piedra Filosofal, por lo que leyó a Paracelso y buscó reproducir sus escritos, experimentando con los pútridos excrementos vaporosos de las cloacas de Praga. Por último, es sabido que Meyrink también se afilió a la Orden de la Golden Dawn, donde es posible que haya tenido contacto con el Frater Perdurabo, Aleister Crowley.

La obra capital de Meyrink es precisamente El Golem, obra escrita en 1915 y que además es su primer libro. Allí -como en todas sus novelas posteriores- se encuentran presentes poderosas claves de su sentir esotérico, el cual tiñe toda su obra y le confiere sentido y razón ontológica.

Intentar un resumen de esta su primera pieza escrita es sumamente difícil, en razón de la complejidad de la línea narrativa que la atraviesa. Sin embargo, debe decirse que El Golem de Meyrink es una auténtica pesadilla transcurrida en el gueto de Praga. Basa su argumento en la leyenda del rabino Löw, quien trajera al mundo al espeluznante ser que desde hace siglos no es visto, pero cuya sombra aún amenaza a los lugareños, quienes temen su inminente aparición. Todos conocen su existencia pero nadie se atreve a hablar de ello en voz alta.

La historia gira alrededor de Athanasius Pernath, un pobre diablo que ahoga su vida en visiones confusas sobe su propia existencia y que basa su vida en una total carencia de valor intrínseco, un insoportable nihilismo que constituye el sino de su paso por el mundo. Este hombre deambula por el gueto de Praga en medio de experiencias y personajes antagónicos, casi irreales: a través de las páginas del libro, vemos desfilar personajes de pesadilla que visten harapos, al lado de otros muy bien vestidos, cuyas exageradas características rayan en lo ridículo y en lo grotesco. Todos ellos son como piezas claves de  un hilo conductor que echa mano de coordenadas fundamentales, las cuales ambientan el onirismo dominante de la secuencia: un crimen misterioso, la mujer de mujeres que es la Novia Primera (la Lilith), aquella que se desea ardientemente más nunca se alcanza, la constante presencia de títeres y sus titiriteros (evocación del monstruo de barro mediante muñecos sin vida y que sólo la obtienen merced a otro), la presencia del Hermafrodita, el antiguo Libro de misterio indescifrable,  el Tarot, la Cábala, la Sinagoga, los asesinos, las sombras de la fría noche…Bajo la tutela de lo anterior quedan condicionados todos los personajes: Jaromir el sordomudo, Wassertrum el herrero, Zwahk el titiritero, la prostituta Rosina, el judío cabalista Hillel y el propio protagonista  Athanasius Pernath, quien vaga por los vericuetos de su mente bajo el sopor de una profunda amnesia. Intenta recordar a través de sus pobres sentimientos, pero sin éxito.

Pero la clave de todo ello, es la omnipresente influencia del Golem. Meyrink sitúa un extraño inmueble en una de las angostas y húmedas calles del gueto, una especie de torre que carece de puertas de acceso, al menos visibles. En lo alto, como si de un piso más elevado se tratara, hay tan sólo una ventana. La inexplicable figura es el objeto central de la leyenda que asusta a los pobladores: no hay cómo ingresar, a nadie se ha visto jamás asomado en dicha ventana, y sin embargo alguien habita el misterioso lugar: el propio Golem. Entretanto no hay nadie. Athanasius Pernath es quizás el único que logra ingresar al profundo habitáculo, deslizándose por extraños vericuetos a los cuales ni él mismo sabe cómo entró. Al encontrarse adentro, ignora lo que asiste: ve pero a la vez no ve nada. Se encuentra ante una monstruosidad, pero…no hay nada. Todo esto le conduce a un colapso nervioso y en sus múltiples delirios, se ve perseguido por turbas furiosas que desean lincharle: “Un segundo más tarde, la jauría pasó a la carrera vociferando, agitando sus palos y con sus bocas desencajadas”.

Obsérvese cómo la novela es rica en situaciones y escenas dominadas por un halo sobrenatural de difícil interpretación. Como es obvio, Meyrink tradujo en brillante prosa, a sí mismo y las vivencias de su propia vida: cada elemento presente en El Golem, es un componente que configura la existencia de su autor, su psique y los sentimientos encontrados que le atormentaron siempre. Pero más aún, y esto es expresado bajo una gran brillantez simbólica, en la cual el personaje de Athanasius Pernath al final resulta siendo el doppelgänger del Golem, la narración establece un paralelo entre lo humano y lo monstruoso.

El desenlace de la novela concluye con la horripilante visión de Pernath como siendo él mismo el Golem; dominado por una fuerte amnesia y un confuso desorden mental, aquel y este terminan siendo el mismo personaje, existiendo entre ellos una relación como la existente entre el Dr. Jekill y Mr. Hyde. Esto es fundamental en la intencionalidad de Meyrink, quien se ha retratado a sí mismo en la figura de Pernath-Golem: Meyrink es el auténtico doppelgänger de su propio Golem, su propio Yo que es un verdadero demonio de pesimismo existencial, aquel que años atrás le llevó a la idea del suicidio.

A los más obscuros pozos de la miseria humana nos conduce Meyrink con esta confesión simbólica autobiográfica. En ella campea una fuerte dosis de angustia y bajeza, las mismas que hacen de esta obra una de las más grandes novelas de la literatura universal, digna de ser leída y estudiada para mayor comprensión del complejo espíritu humano.

El atormentado espíritu de Gustav Meyrink supuso una felicidad absoluta para las letras y el conocimiento. Sus obras posteriores (Das Grüne Gesicht, 1916 y Walpurgisnacht de 1917, por citar solo dos), no desdibujaron en lo más mínimo el espíritu existencialista e inquisitivo de su autor, instaurado en El Golem; con su pluma genial ha desafiado el entendimiento de los principios filosóficos y ontológicos del Ser Humano, así como su moralidad misma y la de sus acciones.

En 1934 el hijo de Meyrink, Harro Fortunat, cometió suicidio a la edad de 24 años, la misma en la que su padre intentó suicidarse. Casualidad o designio el destino, Gustav Meyrink falleció cuatro meses después, el cuatro de diciembre del mismo año.

La Batuta rinde un humilde homenaje a este Gigante de las Letras y al conocimiento por Él legado.