“El Golem es una novela fantástica. Es la vertiginosa historia de un sueño…con un estilo admirablemente visual” — Jorge Luis Borges.
La vertiginosa historia de una pesadilla, diríamos nosotros. La más cruel y angustiante pesadilla que proyecta su esencia -desde el momento en que su idea hace aparición en el mundo- hacia un futuro escalofriante que es el resultado de un presente terrible y el cual a su vez, es consecuencia de un pasado aterrorizante.
Porque El Golem constituye lo que a los ojos del hombre común se oculta sobre su realidad cotidiana, sobre su experiencia humana, pero que en su devenir histórico ocupa fundamental sitial; a quien en sus misterios escudriñe en búsqueda de significados, inevitablemente retornará hacia las preguntas que animan la base más esencial -no por ello menos profunda- de la Filosofía Eterna y de la Vida misma: ¿Quién soy? ¿Para qué estoy aquí? ¿Hacia dónde voy? Inevitables tintes ontológicos habrán de teñir el pensamiento y la reflexión, al abordar la idea esencial que subyace en la figura del Golem y sus implicaciones en la existencia misma.
Esto es así y no de otra manera: no es un simple sueño. Es una pesadilla proveniente del pozo de la psique y que ha mutado en realidad, se ha materializado burdamente: es la dominante antítesis que se opone a la tesis para producir una macabra síntesis. Supone el peldaño anterior a la entronización universal del ídolo de barro que como Saturno, habrá de devorar a los hijos de la Última Luz, cuyo destello lucha heroicamente por sobrevivir en medio del océano de herrumbre característico del tiempo presente.
***
Proveniente del más antiguo folclor hebreo y sustentado en las fuentes bíblicas y talmúdicas (el Talmud), el concepto Golem se orienta a definir la sustancia informe (hyle, materia), potencialmente moldeable; es el no nacido que aspira a ser dotado de vida, valiéndose de un proceso externo a él, llevado a cabo por otro. Circula la creencia según la cual, ocultos en sótanos desprovistos de aire y luz, místicos hebreos del siglo XII se entregaban a toda clase de experimentos secretos tendientes a producir Vida, empleando como base un cúmulo de saberes antiguos, profundamente abstrusos y que hundían sus raíces en los más recónditos vericuetos de la Cábala. Así las cosas, valiéndose de barro o arcilla sobre la cual esculpían una grotesca figura humana, procuraban descifrar las claves que les permitieran insuflar vida a dicha forma, logrando que esta (al menos físicamente) pudiera valerse por sí misma. Obsérvese las espantables dimensiones de ello: vida artificial para un ser hecho de lodo; es inevitable no pensar en el Génesis, cuando Adán fue formado del barro, mediante un procedimiento que dejó como resultado un ser vivo y cuya esencia reside en la chispa divina, sea cual fuere el dios que le haya conferido este don. Visto así, Adán es un Golem, es el primer Golem del que se tiene noticia por vía del sentir hebreo. No se olvide que lo relatado por la religión judía, tan sólo es una parte -y no necesariamente definitiva- de los misterios de la Creación.
Helo pues allí: la idea del Golem es un producto antiguo, un concepto que ya había sido pensado desde tiempos inmemoriales y por medio del cual, algunos pretenden explicar la Vida y el Poder de Dios a través de manos humanas, guiadas por el Conocimiento Oculto del Universo. Una grave crisis ontológica tiene el poder de surgir a la luz, de la mano de este brutal ser de rasgos grotescos y mandíbula desencajada, que hace su aparición cada 33 años en la ventana de una torre sin accesos, al amparo de la más invernal de las noches, en los antiguos guetos de Praga (Gershom Gerhard Scholem, erudito y místico investigador judío, en su obra “La Cábala y su Simbolismo”).
***
La leyenda (no se olvide que toda leyenda tiene un sustrato de pasmosa realidad, más aún en este caso) encuentra un punto de inflexión en el siglo XVI, también en la ciudad de Praga, cuando el rabino Yehuda Löw ben Bezaleel (1520-1609), fue sindicado de haber recuperado estas tradiciones, produciendo un Golem en toda regla. Diversas fuentes señalan que este rabino (el más importante de su comunidad) dedicó muchos meses de trabajo a conseguir este objetivo, con el fin de destinar la criatura para que sirviera en los trabajos más pesados que demandaba la comunidad judía del gueto. El Golem, ser dotado de fuerza extraordinaria, sería capaz de llevarlas a cabo todas.
Para dotar de vida a este monstruo de barro, el rabino Löw descubrió (el cómo es intrigante, a la vez que sugestivo) que el secreto para animar a este ser era grabar en su frente la palabra hebrea Emeth, la cual traduce Verdad. Hecho esto, este lodazal humano (semi-humano) sería capaz de valerse por sí mismo, aunque bajo el control de su creador, pero nunca por voluntad propia. El Golem era pues, un ser carente de volición y pensamiento propios, vivo pero sin vida, sin alma. La artificialidad de su vida era la garantía de su mansedumbre a los designios de su amo.
Pero el rabino también señaló el camino para desactivar a este ser. Si de la palabra Emeth (Verdad) que señoreaba su frente, se borraba la inicial E, el vocablo se transformaría en Meth, que traduce Muerte. Creía así el judío Löw, poder controlar a su monstruo en la totalidad de su funcionalidad robótica más que humana.
Ahora bien: hay quien asegure que la intención de Löw con esta criatura iba mucho más allá de la inocente intención de proveerse un sirviente para las labores pesadas del gueto. Se cree que este inicial experimento apuntaba a una eventual defensa de la comunidad judía de Praga, expuesta a los avances antisemitas de toda la ciudad. El Golem sería un escudo disuasivo que ampararía a los judíos frente a sus enemigos, por la gracia de Jehová. ¿Rumores o realidad?
Sea como fuere, el experimento no resultó bien. Por alguna terrible razón, el ser dotado de vida artificial por parte de Löw, empezó a desarrollar sentimientos de ira y rencor hacia su monstruosa artificialidad y contra su creador, dejando de ser una mansa y sumisa criatura para convertirse en un violento rebelde con ímpetus de destrucción de todo lo que se encontrara en su camino. Son varias las tradiciones que señalan que bajo su mano murieron varios integrantes de la comunidad judía, quienes además presenciaron como el horripilante hombre de barro destruía sus casas y locales.
¿Qué originó que el Golem, un ser desprovisto de pensamiento, sentimientos, voluntad y alma, pudiese alzarse con un profundo odio, reprochándole a su creador y al mundo su monstruoso nacimiento? Esto resulta un enigma. Lo cierto es que ante esta calamitosa situación, el rabino Löw no tuvo alternativa más que ingeniarse un medio de aproximarse al iracundo ser sin que este le hiriera, a fin de eliminar la letra E de Emeth, y que fuera el término Meth el que suprimiera toda vida de su lodazal figura. La paz retornó al gueto. Löw, junto con sus ayudantes, amortajó la criatura y la depositó (eso dice la leyenda popular) en el desván de la principal sinagoga de Praga, en donde se cree que aún hoy yace en un hermético sarcófago, aunque nadie lo confirme. De encontrarse allí, constituye el secreto mejor guardado del rabinismo en dicha ciudad.
Si tal historia es genuina, ¿qué obscuras motivaciones subyacen a las iniciales y públicas intenciones que justifican la creación de este ser, por parte de un rabino? Y si pudo crear un Golem, ¿qué le impediría perfeccionar el procedimiento para crear Golems en serie? ¿Qué impediría que otro lo hiciera, aún en nuestros tiempos? ¿Con qué fines? Y, ¿quién asegura que no se esté haciendo? Todos estos interrogantes saltan a la luz como un torbellino angustiante. La inquietud se justifica cuando la leyenda del Golem del rabino Löw, establece un paralelo con el posterior Frankenstein de Mary Shelley, los Tulpas de los tibetanos, además del Homúnculo de Paracelso y que incluso Aleister Crowley intentó reproducir. Todos estos seres artificiales, son primos hermanos y descienden de la misma aberrante idea. Si el Golem es el origen de un monstruo, Frankenstein en la proyección a futuro del mismo, con sus implicaciones para la humanidad, máxime si se toman en cuenta las extrañas coordenadas establecidas por Mary Shelley en su impresionante novela, en donde señala lugares, fechas y procedimientos que sugieren sutiles pero evidentes coincidencias con un inmenso tema conspirativo, que empero, no constituye el objeto de este escrito.
El acceso al conocimiento más hermético no es imposible de alcanzar. Sólo se requiere encontrar la llave que abra el pesado portón tras el cual, un Saber aguarda por aquel que le busque. Sólo falta saber si este será usado para Bien o para Mal.
Gustav Meyrink penetró el secreto.
***
Gustav Meyrink nació en Viena, el 19 de enero de 1868, de madre muy probablemente judía: Wilhemina Adelheid Meir, quien además se desempeñaba como actriz en papeles secundarios y extras, en escenarios mediocres y de mal gusto. El padre de Gustav era un noble llamado Karl Warnbühler von und zu Hemmingen, el cual, pese a su sonoro nombre y distinguido título de Barón, consumaba su vida en pompas ostentosas y ridículas, además de llevar una doble existencia: mientras se ufanaba de su abolengo, recorría los suburbios vieneses en busca de prostitutas y bebida, abandonándose a la total disgregación de su personalidad. De esta vida disoluta nació Gustav, quien fue rechazado por su padre hasta que su nombre se posicionó como el del brillante escritor que la posteridad ha conocido; entonces le fueron ofrecidos los beneficios de llevar el apellido paterno, cosa que el emocionalmente inestable Gustav rechazó.
Sin duda el carácter de Meyrink fue fuertemente condicionado por la miseria espiritual que constituyó su origen y que le acompañó en sus primeros años de vida. El auge de las grandes ciudades, dominadas por intereses mercantilistas y luchas sociales con reivindicaciones políticas protagonizadas por ideologías opuestas, además del efecto producido por un creciente industrialismo y un aberrante materialismo que no veía en el hombre nada distinto a una herramienta productora, también contribuyeron a la formación de su personalidad angustiada y existencialista, que busca su sentido sin hallarlo por ninguna parte. Sin duda, fue hermano espiritual de Franz Kafka (1883-1924), sintiéndose ambos como miserables insectos, productos de una sociedad corrupta y putrefacta.
Pese a ello, Meyrink procuró ganarse la vida en trabajos de reconocimiento público, por lo cual llegó a ejercer como banquero. Sus tentativas de ascenso social y respetabilidad se vieron truncadas cuando tras un bochornoso incidente, Meyrink fue acusado de fraude financiero en 1881, yendo a dar a la cárcel de donde tiempo después se vio libre, más no de sí mismo: padeció un colapso nervioso que arruinó aún más su precaria estructura mental, por lo que flirteó con el suicidio. Decidido a poner fin a sus días, se encerró en su modesto departamento dispuesto a pegarse un tiro en la cabeza. Sin embargo, cuando estaba a punto de hacerlo, alguien deslizó bajo su puerta un folleto de contenido Rosacruz, que Meyrink leyó ávidamente.
Considerando este hecho como un claro mensaje proveniente un poder superior el cual le impidió consumar su suicidio, Meyrink tomó fuerte interés por las ciencias ocultas y el esoterismo, beneficiado en sus nuevas inquietudes por un entorno que constituía un auténtico hervidero de doctrinas místicas. Inició sus investigaciones en este campo, fundando una secta denominada Orden Teosófica de la Estrella Azul, como una clara evocación de la Sociedad Teosófica de Madame H. P. Blavatsky, a la cual perteneció y cuya obra (La Doctrina Secreta), fue ampliamente estudiada por nuestro escritor. Mantuvo estrecha amistad con Annie Bessant y Rudolf Steiner; a medida que sus conocimientos aumentaban, se dedicó a la práctica de procedimientos alquímicos y mediúmnicos, sin descuidar otras ramas del esoterismo que tanto le apasionaba. Sin más ni menos, procuró descubrir el secreto de todos los Adeptos: encontrar la Piedra Filosofal, por lo que leyó a Paracelso y buscó reproducir sus escritos, experimentando con los pútridos excrementos vaporosos de las cloacas de Praga. Por último, es sabido que Meyrink también se afilió a la Orden de la Golden Dawn, donde es posible que haya tenido contacto con el Frater Perdurabo, Aleister Crowley.
La obra capital de Meyrink es precisamente El Golem, obra escrita en 1915 y que además es su primer libro. Allí -como en todas sus novelas posteriores- se encuentran presentes poderosas claves de su sentir esotérico, el cual tiñe toda su obra y le confiere sentido y razón ontológica.
Intentar un resumen de esta su primera pieza escrita es sumamente difícil, en razón de la complejidad de la línea narrativa que la atraviesa. Sin embargo, debe decirse que El Golem de Meyrink es una auténtica pesadilla transcurrida en el gueto de Praga. Basa su argumento en la leyenda del rabino Löw, quien trajera al mundo al espeluznante ser que desde hace siglos no es visto, pero cuya sombra aún amenaza a los lugareños, quienes temen su inminente aparición. Todos conocen su existencia pero nadie se atreve a hablar de ello en voz alta.
La historia gira alrededor de Athanasius Pernath, un pobre diablo que ahoga su vida en visiones confusas sobe su propia existencia y que basa su vida en una total carencia de valor intrínseco, un insoportable nihilismo que constituye el sino de su paso por el mundo. Este hombre deambula por el gueto de Praga en medio de experiencias y personajes antagónicos, casi irreales: a través de las páginas del libro, vemos desfilar personajes de pesadilla que visten harapos, al lado de otros muy bien vestidos, cuyas exageradas características rayan en lo ridículo y en lo grotesco. Todos ellos son como piezas claves de un hilo conductor que echa mano de coordenadas fundamentales, las cuales ambientan el onirismo dominante de la secuencia: un crimen misterioso, la mujer de mujeres que es la Novia Primera (la Lilith), aquella que se desea ardientemente más nunca se alcanza, la constante presencia de títeres y sus titiriteros (evocación del monstruo de barro mediante muñecos sin vida y que sólo la obtienen merced a otro), la presencia del Hermafrodita, el antiguo Libro de misterio indescifrable, el Tarot, la Cábala, la Sinagoga, los asesinos, las sombras de la fría noche…Bajo la tutela de lo anterior quedan condicionados todos los personajes: Jaromir el sordomudo, Wassertrum el herrero, Zwahk el titiritero, la prostituta Rosina, el judío cabalista Hillel y el propio protagonista Athanasius Pernath, quien vaga por los vericuetos de su mente bajo el sopor de una profunda amnesia. Intenta recordar a través de sus pobres sentimientos, pero sin éxito.
Pero la clave de todo ello, es la omnipresente influencia del Golem. Meyrink sitúa un extraño inmueble en una de las angostas y húmedas calles del gueto, una especie de torre que carece de puertas de acceso, al menos visibles. En lo alto, como si de un piso más elevado se tratara, hay tan sólo una ventana. La inexplicable figura es el objeto central de la leyenda que asusta a los pobladores: no hay cómo ingresar, a nadie se ha visto jamás asomado en dicha ventana, y sin embargo alguien habita el misterioso lugar: el propio Golem. Entretanto no hay nadie. Athanasius Pernath es quizás el único que logra ingresar al profundo habitáculo, deslizándose por extraños vericuetos a los cuales ni él mismo sabe cómo entró. Al encontrarse adentro, ignora lo que asiste: ve pero a la vez no ve nada. Se encuentra ante una monstruosidad, pero…no hay nada. Todo esto le conduce a un colapso nervioso y en sus múltiples delirios, se ve perseguido por turbas furiosas que desean lincharle: “Un segundo más tarde, la jauría pasó a la carrera vociferando, agitando sus palos y con sus bocas desencajadas”.
Obsérvese cómo la novela es rica en situaciones y escenas dominadas por un halo sobrenatural de difícil interpretación. Como es obvio, Meyrink tradujo en brillante prosa, a sí mismo y las vivencias de su propia vida: cada elemento presente en El Golem, es un componente que configura la existencia de su autor, su psique y los sentimientos encontrados que le atormentaron siempre. Pero más aún, y esto es expresado bajo una gran brillantez simbólica, en la cual el personaje de Athanasius Pernath al final resulta siendo el doppelgänger del Golem, la narración establece un paralelo entre lo humano y lo monstruoso.
El desenlace de la novela concluye con la horripilante visión de Pernath como siendo él mismo el Golem; dominado por una fuerte amnesia y un confuso desorden mental, aquel y este terminan siendo el mismo personaje, existiendo entre ellos una relación como la existente entre el Dr. Jekill y Mr. Hyde. Esto es fundamental en la intencionalidad de Meyrink, quien se ha retratado a sí mismo en la figura de Pernath-Golem: Meyrink es el auténtico doppelgänger de su propio Golem, su propio Yo que es un verdadero demonio de pesimismo existencial, aquel que años atrás le llevó a la idea del suicidio.
A los más obscuros pozos de la miseria humana nos conduce Meyrink con esta confesión simbólica autobiográfica. En ella campea una fuerte dosis de angustia y bajeza, las mismas que hacen de esta obra una de las más grandes novelas de la literatura universal, digna de ser leída y estudiada para mayor comprensión del complejo espíritu humano.
El atormentado espíritu de Gustav Meyrink supuso una felicidad absoluta para las letras y el conocimiento. Sus obras posteriores (Das Grüne Gesicht, 1916 y Walpurgisnacht de 1917, por citar solo dos), no desdibujaron en lo más mínimo el espíritu existencialista e inquisitivo de su autor, instaurado en El Golem; con su pluma genial ha desafiado el entendimiento de los principios filosóficos y ontológicos del Ser Humano, así como su moralidad misma y la de sus acciones.
En 1934 el hijo de Meyrink, Harro Fortunat, cometió suicidio a la edad de 24 años, la misma en la que su padre intentó suicidarse. Casualidad o designio el destino, Gustav Meyrink falleció cuatro meses después, el cuatro de diciembre del mismo año.
La Batuta rinde un humilde homenaje a este Gigante de las Letras y al conocimiento por Él legado.


6 comentarios
Feed de los comentarios de este artículo
diciembre 13, 2011 a 14:51
Leiter
“hacia un futuro escalofriante que es el resultado de un presente terrible y el cual a su vez, es consecuencia de un pasado aterrorizante. ”
Impecable síntesis.
Resulta que conocí a un entrañable alemán durante un mini viaje a Praga desde Viena, Herr Wuestemann, quien me llevó a una sinagoga y me dijo: Ahí lo tienes. Después de leer este relato, me he conmovido un poco.
Tengo la novela de Meyrink por ahí. A ver si durante este fin de semana me meto un poco con ella.
Interesantísima entrada, profesor Paixao. Aunque inquietante del todo
Mi abrazo, amigo y hermano Iván
diciembre 15, 2011 a 21:35
ivpaixao
Praga es una ciudad que embruja desde todos los puntos de vista. Como una de las más bellas capitales europeas, tiene un cierto aire que atrapa pero que es difícil de describir.
Y ni que decir tiene que en esas tardes otoñales, cuando todas las siluetas arquitectónicas apenas se divisan tras la bruma envolvente y misteriosa, Praga se convierte en el enigma más atrayente para quien en ella se encuentra. !Tantas historias se han desarrollado en sus calles desde tiempos antiguos, que si las paredes hablaran, sin duda estariamos todos muy atentos a sus palabras!
En algún lugar leí que alguien intentó descubrir el misterio del Golem, oculto en el desván de la vieja sinagoga. No salió muy bien librado, parece haber sufrido un “casual” accidente. Lo que sea que se oculte allí -si es que así es- debe ser de una magnitud escalofriante: ardo en deseos de husmear por allí algún día; !Quién sabe me es dado descifrar el macabro hallazgo!
Mi sentir se ajusta al tuyo: es muy inquietante pensar que algo como el Golem no sea simple ficción; hombres como Meyrink no escribían por el simple y vano placer efímero de hacerlo. Insisto en que mucho más subyace a esta leyenda y por ello, estamos en la obligación de leer entre líneas, informarnos, reflexionar y formar un criterio propio, que conlleve a conclusiones importantes.
Perdona amigo y hermano Leiter el haberte respondido sólo hasta el día de hoy. El torbellino de actividades inaplazables ahogó mi tiempo y mi paz de los últimos días, atípicos desde todo punto de vista. Imploro a los Superiores Desconocidos que me brinden las respuestas que necesito, aún en la penumbra de mis aposentos.
Tuyo afectísimo, mi buen amigo y hermano Leiter.
diciembre 17, 2011 a 20:31
Jean François Mounielou
Tuve la suerte de visitar Praga muy poco después de la caida del muro, o sea en este caso la apertura de las fronteras. El hecho es que llegué a una ciudad que parecía medio muerta, y pude pasearme largo y tendido por sus calles, de día y de noche, calles en las cuales, simplemente, no había absolutamente nadie. Esto hoy en día es algo impensable y me quedo con esta memoria increible, como un gran privilegio en mi vida. Creo que todas las grandes ciudades europeas encierran unos secretos que sobrepasan totalmente nuestra imaginación, son como fantasmas que deambulan desde otras dimensiones de la realidad. Y sin ninguna duda los hombres que vivieron el desarrollo del esoterismo a finales del XIX y principios del XX, que conocieron por un lado las revelaciones de mediums tan alucinantes como madame Blavatsky y por otro lado las experiencias espiritistas que eran tan frecuentes en esta misma época, estas personas pudieron acercarse a más de un misterio con carácter escalofriante. También es cierto que era el inicio de la percepción del Yo con su componente o aspecto “sombra”, the shadow….Los esoteristas de este momento tan peculiar no lo tuvieron facil, simplemente porque las fuerzas oscuras reflejadas en la psyche humana seguían muy presentes y a la vez violentas. El trasfondo de magia que proviene de los siglos oscuros es, simplemente, tremendo. En fin, otra bellísima entrada, profunda y facil de leer, con un estilo impeccable. Mi saludo y toda mi admiración, profesor !
diciembre 18, 2011 a 10:16
ivpaixao
Los círculos esotéricos han sido una constante desde las etapas primordiales de la Humanidad, quizás por algún registro mental que reside en la memoria y que impulsa a algunos hombres a tratar de descubrir el sendero que conduce de lo tangible a lo intangible. Como quedó escrito al comienzo de la entrada, la más básica -pero muy profunda- misión del Ser Humano es el encuentro consigo mismo, de cara a poder auto explicarse. Es inevitable, todos lo hacemos aunque por vías y medios distintos. Quienes no lo hacen caen en un círculo vicioso insoportable; de ahí que vemos con tristeza una juventud en muchos casos carente de ideales y propósitos fijos. Ellos son los más vulnerables al veneno de la disgregación psíquica, esto es un cuadro macabro de presenciar.
Finales del siglo XIX y comienzos del XX, fue una época en donde el interés por lo oculto conoció un auge tremendo; especialmente Alemania y Austria constituyeron auténticos hervideros de esoterismo: en Viena, Múnich o Berlín, las sectas y sociedades secretas cobraban cada vez más fuerza. Es apasionante abordar lecturas sobre este tema, constituyen un torbellino de saber muy interesante que no puede dejarse de lado, claro está, tomando la debida distancia y formando el criterio propio, sin caer en vanas repeticiones que sólo reflejan mala comprensión de los temas.
Y que no se crea que el esoterismo hoy día no está presente en las sociedades del mundo: lo está y con gran fuerza. Pero sucede que el término “esotérico” ha caído en serio desprestigio, gracias a la inmensa masa de charlatanes y babosos que se autoproclaman dueños de un saber oculto, con el cual pretenden ganar dinero a costa de la torpeza de los incautos. Un auténtico místico permanece silencioso y discreto, a la espera de sus iguales.
Realmente siento envidia de la posibilidad de contemplar Praga desprovista de gente en sus inefables calles. Ese silencio es el mejor consejero para la mente. En Londres, en la capilla de los Templarios me sucedió igual: había allí una presencia inexplicable del espíritu de los insignes Caballeros medievales, pero el bullicio de los visitantes contrastaba fuertemente con ese etéreo ser, además de la música que provenía del órgano. Sin embargo fue una experiencia inigualable para mí; y ni qué decir tiene la atmósfera inmensa y misteriosa de la Catedral de Notre-Dame en París! Me sentía abrumado y apocado en medio de sus mágicos muros. Qué fuerza la que impregna ese lugar y cuánta sabiduría encierran sus obscuras y silenciosas bóvedas. Junto con Le Louvre, Note-Dame es para mí, uno de los enclaves más sagrados de mi idolatrada París, empero siempre bajo el golpeteo de los miles de visitantes que profanan el sentido que en tales monumentos se encierra.
Mi fuerte abrazo para Usted, admirado Monielou: me complace infinitamente que la entrada sea de su agrado. Salut!
diciembre 18, 2011 a 23:51
ottocazares
¡Espeluznante! ¡espeluznante más allá de toda medida! Es el mismo hálito con que fueron insuflados de vida el ‘Testapluma’ de Hawthorne –un risible espantapájaros animado–, el nuevo Prometeo del Doctor Frankenstein y Roy Batty, ese bello e iracundo ‘replicante’ de ‘Bladerunner’ que afirma haber ‘visto cosas que Ustedes nunca creerían’ cerca de la puerta de Tannhäuser: ‘todas esos momentos’ –afirma la blonda criatura rebelde– “desaparecerán en el tiempo… como lágrimas en la lluvia”.
Sí, todas estas criaturas detestan a sus creadores. Roy Batty le asesina, incluso: sumerge las órbitas de los ojos al cerebro de su creador. Yo no sé de ninguna otras historia o leyenda en que la criatura se presente ante su creador para asesinarle (como no sean, desde luego, Orestes y otras historias parricidas). Y es que todos ellos, monstruos citados, fueron convocados a la existencia en contra de su voluntad. Arrojados al mundo con una cesura trágica en el pecho: materia humilde, polvo, grasa, cartílagos, sangre, piel… intuición. ¿Por qué designio? ¿en nombre de qué amor? ¿de qué misión? Lo verdaderamente monstruoso sería que estas criaturas amaran a su creador. Inevitable preguntar ¿cómo el temor de dios se convirtió en amor de dios? ¿por medio de qué vericuetos psíquicos inexplicables? El dolor de lo creado: la creación odia a su creador. (Apunto esto y cuido que no lean lo que escribo las pinturas sobre los caballetes a mi espalda).
La creación que es convocada desde el mundo con extrema violencia es siempre imperfecta. De modo que si ésta toma consciencia de sí y de su imperfección no podrá por menos que culpar a la impericia del artífice. Entonces la verdadera transgresión es el asesinato ¿cómo explicar a Sade sino como un gran dolorido que se rebela en contra de la Creación? ¿cómo explicar a Léautremont?
Apasionante tema. Apasionante entrada, haz de luz, amigo y hermano.
¡Corro por mi volumen de ‘El Golem’!
diciembre 21, 2011 a 11:20
ivpaixao
Sin embargo siempre permanece fluctuante en el etéreo elemento la fatal pregunta: ¿cuál es ese hálito?
La chispa divina de cuyo poder brota toda vida auténtica, es aún una partícula esquiva incluso a los más doctos y profundos pesquisadores del oculto presente en la Creación. Cuando Mary Shelley describe la tétrica escena en que el Dr. Víctor Frankenstein produce su monstruoso ser, omite indicar el procedimiento exacto empleado para dotar de vida a esta aberración de tejidos y órganos cosidos unos a otros, así como el momento preciso en que la “nueva vida” desciende sobre la criatura. Y esto es así porque esa chispa no está presente allí, ningún método ha dado con ella. Así las cosas el engendro debe su misterio a un artificio que no proviene del Arquetipo donde residen las Ideas, pues él mismo carece de alma: resulta ser pues, maldad cosida a maldad, disgregación plena que no obedece al Primer Amor y sí al abismal odio, el mismo que poco a poco la creación horrenda desarrolla contra su creador.
¿Podrían las pinturas tras de Tí, estar deprovistas de auténtica vida, de chispa divina? No. Ningún vericueto psíquico ha hecho su intromisión en su proceso de nacimiento. Tu mano ha sido guiada por el Arquetipo Superior, de la misma forma que guió a Rembrandt o a Van Gogh. Es por lo tanto, un misterio que permanece incólume y protegiéndose a sí mismo. La vida habla por sí sola y revela su esencia de manera sutil.
Es un misterio.
Te abrazo, amigo y hermano, sumo saber del Primer Amor.